Gentilhombre y sus viajes, de Mario Miguel Ojeda Ramírez, es un libro de poemas de 100 páginas publicado en 2026 por Editorial Poesía eres tú (ISBN 979-13-87806-48-4).
Mario Miguel Ojeda Ramírez (Miahuatlán, Oaxaca, México, 1959) desarrolló su carrera académica en el área de la Estadística en la Universidad Veracruzana, donde ejerció también la divulgación científica. Desde 2018 trabaja de forma sistemática en la creación literaria, y tras su jubilación decidió dedicarse a ella. Ha publicado novela, narrativa breve y dos libros de poesía anteriores, Instantes y otras colecciones (2025) y Contextos, pretextos e intertextos (2026). Gentilhombre y sus viajes es, por tanto, el libro de un autor que llega a la poesía con una larga práctica de la escritura y que se presenta, en sus propios versos, como alguien que siempre la llevó consigo. La tesis de esta crítica es que el libro construye una figura —el gentilhombre, el poeta como mensajero en camino— y la sostiene mediante una arquitectura de viaje en la que el soneto funciona como página de una libreta. Esa coherencia entre figura, estructura y forma es su principal logro, y también la clave para leer sus irregularidades.
Gentilhombre y sus viajes es un libro de tesis. Su propuesta es una poética explícita: qué es un poeta, para qué escribe, de dónde le viene la voz. La respuesta se articula en una alegoría que el libro despliega desde la primera página. En el liminar, un personaje sin nombre se despierta porque la palabra lo llama: «Un día el poeta se despierta y la palabra le repite “eres poeta”». Prepara la maleta, emprende el camino y entrega su libreta en una primera parada. Lo que busca no es el aplauso: quiere «que haya alguien a quien hable —no él— la palabra».
El cuerpo del libro desarrolla esa poética en poemas que la enuncian directamente. «Certeza», el primero, afirma que «el poeta debe ser un loco»; «Vuelvo» confiesa la rendición a la rima; «Lo declaro» presenta el canto como precepto; «Nada nuevo» asume la tradición sin complejos y declara que el propósito no es innovar, «sino seguir en el canon». La secuencia «Gentilhombre (Seis sonetos)» da nombre al personaje y narra su conversión, y la coda lo acompaña en cuatro estaciones biográficas hasta el regreso a casa.
El proyecto tiene una dimensión religiosa declarada. El gentilhombre es un hombre renacido que reconoce en la palabra poética un eco de la Palabra. El libro no separa ambos planos: el don de escribir y el don de la fe se reciben de la misma manera, por gracia, y se cultivan con el mismo esfuerzo. Esa fusión es la originalidad del proyecto y lo distingue tanto de la poesía religiosa tradicional como de la poesía metapoética al uso.
La voz del libro es asertiva y confesional. Habla en primera persona, argumenta, se interroga y se responde. No busca la ambigüedad: prefiere la declaración. Esa elección tiene una ventaja evidente, que es la claridad, y una exigencia, que es la de sostener el interés sin recurrir al misterio. Ojeda Ramírez lo consigue cuando la voz se permite la contradicción. En «Sincero» el hablante admite que bajo la sonrisa hay otra cosa: «Aunque vean que casi siempre sonrío, / la verdad es que también soy adverso.» En «Fui, y ahora menos» narra su lucha contra la soberbia y termina con una ironía sobre sí mismo.
La voz tiene además una doble altura. Puede hablar como trovador rural, con la sencillez de quien se crio entre animales y cosechas, y puede hablar como hombre culto que cita a Bataille y responde a Vallejo. En la secuencia central, el yo dialoga con una voz que le habla desde fuera y que el poema reproduce entre comillas: «“Ahora tienes la palabra”, oigo, / y con ella ¿qué hago?, yo me digo.» Esa polifonía discreta, en la que el poeta escucha antes de hablar, es coherente con la figura del mensajero.
El soneto es la forma dominante. El autor lo usa con rima consonante, con frecuencia en endecasílabos, aunque se permite medidas variables y asonancias en algunos tercetos. Lo emplea, sobre todo, como estructura argumentativa: los cuartetos plantean y los tercetos concluyen, a menudo con una exclamación. «Vuelvo» termina así: «¡a la rima, para siempre, estoy rendido!».
El rasgo formal más característico es la tematización del soneto. «Leyendo y escribiendo», «A la luz nacen» y «Un trato entre nos» son sonetos que se describen a sí mismos: «Sí, son solamente catorce versos, / pero son una canción que resuena». El procedimiento, de larga tradición en lengua española, se convierte aquí en escaparate del taller: el poeta enseña cómo trabaja.
Junto al soneto, el libro incluye poemas en verso libre con disposición escalonada, canciones de verso breve y piezas en dísticos. «Canción de un tema» cuenta en versos cortos una mañana de composición que termina sin énfasis: «La canción era monótona, / como olas que el viento aplaca.» Ese cierre, deliberadamente bajo, ofrece un contrapunto a la afirmación constante de los sonetos. La rima produce a veces hallazgos y a veces giros sintácticos forzados. Es el precio de una apuesta formal sostenida a lo largo de más de setenta poemas, y el lector atento lo percibirá. El propio autor parece consciente de esa tensión cuando convierte la rareza en programa: «la anomalía es mi cometido».
El universo simbólico del libro se organiza en torno al camino. Senda, vereda, maleta, equipaje, puerto, pasaporte: el vocabulario del viaje recorre los poemas y da unidad a temas muy distintos. El caminante no conoce su destino, como dice «Nos vamos»: «Nos vamos, día a día, por la vereda, / subiendo, siempre subiendo, / aunque, hay que decirlo, no sabemos adónde.» Pero confía en el trayecto.
El segundo núcleo simbólico es la palabra como presencia viva. Despierta, canta, ordena, consuela. En la secuencia central adquiere poder transformador: «La palabra tiene poder, descubro, / que me infunde paz, quita delirio». La palabra poética y la Palabra religiosa comparten mayúscula en varios pasajes, y el libro no aclara del todo dónde termina una y empieza la otra.
El tercer núcleo es la casa. Todos los viajes terminan en el hogar, donde espera la amada, y en el recuerdo del padre, que labraba y cantaba. «Andando y cantando» une ambos símbolos: el consejo del padre que acompañaba la siembra se revela como anuncio de la vocación. La coda culmina con el regreso a casa, el abrazo de la familia y un último viaje en sueños: «Ya en su lecho, ahora va a viajar, a viajar.»
Junto a esos tres núcleos, el libro deja espacio a la interrogación. «¿Quién soy?» y «Mi ser cautelado» forman un díptico sobre la identidad en el que la seguridad del mensajero se resquebraja: «¿Quién soy? Esta pregunta te resuena.» La respuesta no es una certeza, sino una actitud: «lo único que cabe es la cautela». Estos poemas equilibran el tono afirmativo del conjunto y recuerdan que el gentilhombre, antes de recibir su nombre, fue un hombre que dudaba. La duda no desaparece con la fe; se integra en ella y la vuelve más humana. Es en estos momentos, cuando la voz se pregunta en lugar de declarar, donde el libro encuentra algunos de sus pasajes más intensos.
El viaje
Cual embajador con su mejor traje
y con el corazón tan henchido
de sentimiento —profundo y fluido—
que hasta he olvidado mi equipaje.
Tomando timón y listo al viraje,
sin esperar ya nada del olvido,
busco encontrar el cabal sentido
para este vital peregrinaje.
No me importa tanto cuál es el destino,
—pues ya sé que habrá algún buen puerto—
sino disfrutar, sí, todo el camino.
Quiero declarar que éste es mi acierto:
traigo un pasaporte que es divino
y eso me evita lo que es incierto.
«El viaje» resume en catorce versos la poética del libro. El soneto se abre con una comparación que fija la identidad del viajero: es un embajador, es decir, alguien que representa a otro y lleva un mensaje que no es suyo. Viste su mejor traje, pero ha olvidado el equipaje, porque lo que lleva va en el corazón henchido. El inciso entre rayas, profundo y fluido, prolonga el verso y le da la respiración de quien habla con emoción contenida. El segundo cuarteto introduce el movimiento: el timón, el viraje, el peregrinaje. La búsqueda del cabal sentido convierte el viaje físico en viaje existencial. Es un rasgo constante del libro: los desplazamientos concretos se cargan de sentido espiritual sin abandonar del todo su materialidad.
Los tercetos formulan la tesis que el libro repite en distintas formas: el destino importa menos que el camino. El inciso del primer terceto, de nuevo entre rayas, contiene una certeza tranquila —habrá algún buen puerto— que permite disfrutar el trayecto. El último terceto declara la fuente de esa certeza: un pasaporte divino que evita lo incierto. La rima consonante (traje, equipaje, viraje, peregrinaje; destino, camino, divino) une al viajero, al camino y a lo divino en una misma serie sonora. El poema muestra las virtudes del autor: claridad argumentativa, uso del soneto como estructura de razonamiento, una imagen inicial que sostiene todo el desarrollo. Muestra también su manera de cerrar: no con una pregunta, sino con una afirmación de fe. Para el lector que no comparta esa fe, el poema conserva su valor como retrato de una disposición ante la vida, la de quien disfruta el camino porque ha dejado de temer el final.
Gentilhombre y sus viajes es un libro coherente con su propuesta. Mario Miguel Ojeda Ramírez ha construido una figura —el gentilhombre— y la ha sostenido con una arquitectura en tres tiempos que da sentido al conjunto: un liminar que prepara el viaje, una libreta de poemas que lo recorre y una coda que lo cuenta y lo cierra. La decisión de enmarcar los sonetos en una narración en prosa es acertada, porque convierte la acumulación en itinerario. El libro tiene una voz reconocible, franca hasta la confesión, que une la raíz campesina, el oficio del soneto y la experiencia religiosa. Su diálogo con la tradición es explícito y meditado, como muestran las notas finales sobre Vallejo, Storni, Bataille y Paz. La apuesta por la rima consonante produce momentos de sonoridad lograda y otros en los que la forma impone su ley a la sintaxis; ambas cosas forman parte de un proyecto que asume el canon como horizonte. Quien busque una poesía de la duda y la fractura encontrará aquí otra cosa: una poesía de la afirmación y la gratitud, escrita desde la madurez. En ese terreno, Gentilhombre y sus viajes cumple lo que promete y ofrece al lector la libreta completa de un viaje que su autor ha decidido compartir.
Crítica realizada por Ana María Olivares
Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira