Poema destacado: «El mar que no divide», el Caribe que une en El Hilo Hispanoamericano de Francisco Muñoz-Martín
En la sección Poema del mes rescatamos una de las piezas más breves y más logradas de El Hilo Hispanoamericano: urdimbre de un telar humano (Poesía eres tú, 2026), el volumen con el que Francisco Muñoz-Martín cierra la trilogía iniciada con El Hilo Azul y El Hilo Ibérico.
EL MAR QUE NO DIVIDE (Interludio II, p. 75)
El agua parece distancia.
Nunca lo fue.
Por aquí llegaron
cruces,
cañones,
esclavos,
mercaderes.
Por aquí llegaron también
los tambores.
Y una tarde,
sin pedir permiso,
el dolor aprendió música.
Desde entonces
las islas conversan entre sí
con un idioma de olas,
sal,
y memoria.
Los interludios de El Hilo Hispanoamericano son las piezas más breves del volumen y, probablemente, las mejor resueltas. Este segundo, situado en la página 75 como cierre del bloque antillano, prescinde de todo lo que caracteriza a los poemas nacionales del libro: no hay fechas, ni nombres propios, ni cronología, ni el aparato de datos que sostiene el resto. Diecisiete versos, ninguna estrofa, ningún blanco tipográfico. La desnudez es la decisión.
El poema funciona sobre un mecanismo de dos tiempos que se enuncia en la primera línea y en la segunda: una apariencia y su desmentido. «El agua parece distancia.» propone la lectura común del mar caribeño como separación; «Nunca lo fue.» la anula en tres palabras, sin argumentar. Ese gesto —afirmar y corregir de inmediato— es el motor de todo lo que sigue, y explica por qué el título es una negación y no una imagen.
Lo que viene después es una anáfora deliberadamente desequilibrada. «Por aquí llegaron» encabeza dos enumeraciones de tamaño desigual: la primera baja en vertical a lo largo de cuatro sustantivos —cruces, cañones, esclavos, mercaderes—, cada uno en su propio verso, de modo que la disposición tipográfica reproduce el goteo de una llegada continuada; la segunda, introducida por el mismo giro más el adverbio “también”, se resuelve en un solo elemento, los tambores. Cuatro contra uno. La desproporción es el argumento del poema: la carga menor es la que acaba dando forma a la cultura de las islas.
El eje se sostiene en un verso que es de los más felices del libro: «el dolor aprendió música.» El verbo elegido, aprender, recorre el poemario entero aplicado a naciones que aprenden a caminar o a democracias que aprenden su alfabeto; aquí, por una vez, el sujeto no es un país sino una emoción, y el desplazamiento produce el hallazgo. Antes ha colocado una acotación breve, «sin pedir permiso», que reaparece casi literalmente en el poema de Costa Rica, donde un colibrí atraviesa la tarde sin pedir permiso a la historia: pequeñas rimas internas de este tipo cosen el volumen por debajo de su estructura visible.
El cierre desciende de lo físico a lo inmaterial en tres pasos —olas, sal, memoria—, con la conjunción final aislada al comienzo del último verso para retardar el punto. Lo que el poema abre en el lector no es una tesis sobre el Caribe, sino una operación mental que puede repetirse en cualquier mapa: mirar una frontera de agua y sospechar que nunca separó nada.
Crítica realizada por Ana María Olivares
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