P: En El brillo de los cristales rotos escribes: “Solo quedan las brasas de un fuego lejano/que quemó la infancia” ¿De dónde nace esa imagen tan perturbadora? ¿Que estabas intentando decir sobre tu propia historia?
R: Cuando a una persona en la edad muy temprana, en mi caso a los seis años, la llega la orfandad por la muerte de forma accidental del padre y el mundo afectivo se reduce al cobijo en una madre desamparada en todos los sentidos en unos años difíciles, los años cincuenta del pasado siglo y se abre la única puerta para conseguir una formación básica para el hijo como así fue con el internamiento en el colegio de huérfanos de ferroviarios de Madrid y León con nueve años, el dolor, la nostalgia de lo que un niño deja atrás, desprovisto de todo amor maternal, sujeto a una disciplina, luchando por entender y hablar una lengua distinta (yo solo hablaba catalán), aceptar unas normas rígidas de convivencia, son cosa que marcan y no se olvidan. Yo trato bastante de reflejar aquellos sentimientos en mi poemario, para que no se olviden. No como un reproche, es un reconocimiento a una etapa de mi vida que en mi caso sirvió para hacerme fuerte ante cualquier adversidad.
P: Has publicado cinco poemarios desde 2019. ¿Cómo ha cambiado tu proceso de escritura desde Donde la soledad alcanza hasta este libro? ¿Qué has aprendido sobre cómo escribir un poema?
R: Más importante que escribir, es leer. Aprender de los maestros, Valente, Margarit, Pizarnik, Ángel González y un largo etc. He estudiado técnicas de escritura, en fin, he tratado de mejorar y creo que con este poemario lo he conseguido, aunque esto no quiera decir que no deba seguir aprendiendo y formándome hasta que la edad me lo permita.
P: El libro trabaja mucho con la anáfora: “Cuando vuelvan los días…”, “Cuando en la noche…” “Cuando los días…” ¿Fue una decisión consciente o fue el poema quien te la impuso?
R: Fue una decisión consciente, el cuándo quiere expresar un deseo, una esperanza de futuro, aunque luego la realidad no consigue que el deseo y la esperanza de futuro se materialicen, pero siempre nos quedará la esperanza del futuro del cuándo.
P: Introduces en el libro un término arqueológico mu poco frecuente en poesía: el tell, el montículo de civilizaciones superpuesta. ¿Por qué ese término y no otro?
R: El tell es una realidad. La vida es movimiento. Se entierran personas, costumbres cuando envejecen o se hacen obsoletas. Las generaciones nuevas cubren las viejas, las ignoran. Esto lo descubrí con la novela Crematorio de mi compañero y amigo de orfanato Rafael Chirbes, que, por cierto, fue él uno de los que en su día me animó a escribir y sacar a la luz todo lo que llevaba almacenando en mi memoria.
P: El libro invierte la tradición elegíaca española, donde recordar es una forma de conservar. Aquí recordar parece ser, sobre todo, una forma de comprobar que ya no queda nada que conservar. ¿Es esa tu experiencia real de la memoria?
R: Yo acostumbro a decir que el futuro es imprevisible, que el pasado es irremediable y que el presente ya es pasado, con esta premisa nada queda, solo recordar el pasado, pero lo inmaterial no se puede conservar.
P: Hay un poema, “los octubres que olvidamos”, donde aparecen Kerouac, Gisberg, Cassady. ¿Qué significó esa generación para alguien que creció en la España de los sesenta?
R: Precisamente fueron los años en los que residí por pequeños espacios de tiempo en el extranjero y pude ver que existía otro mundo muy distinto al que yo conocía en España. Me sentía emocionalmente muy cercano a estos personajes que citas, a su forma de vida, al movimiento anterior a los hippies. Me atraía el movimiento beat, un movimiento que no me podía permitir llevar a la práctica por una serie de circunstancias, pero que sí llevé siempre dentro de mí de forma teórica y que ahora he querido rememorar con alguno de mis poemas.
P: ¿Cuál crees que es el lugar de la memoria y la madurez en la conversación poética actual, tan dominada por voces jóvenes y por la poesía de lo cotidiano inmediato?
R: La inmediatez rige actualmente en la vida cotidiana, se actúa muchas veces, más de las que se debiera, sin pensar. Las cosas requieren de una contestación instantánea, por ello existe un vacío. La poesía requiere calma, reposo, estudio, conocimientos, experiencia vivida, evocar los recuerdos. Lógico que a los poetas jóvenes actuales les falte pasado y consecuentemente inexperiencia. Será propio de un pensamiento septuagenario en puertas de los ochenta, pero la poesía joven actual yo la encuentro vacía. No es una crítica, es una observación de quién posiblemente está perdiendo el paso.
P: ¿Quién es el lector ideal de El brillo de los cristales rotos?
R: Siendo egoísta diría que cualquier persona desde la juventud hasta la senectud, pero siendo realista diría lo mismo. Para la juventud para que conozca lo que no conoció y para los demás para recordarles lo que quizás el tiempo, los tell de la memoria entierren.
P: Para el lector que nunca ha leído poesía: ¿por qué este libro y no una novela?
R: Toda lectura es beneficiosa, pero la poesía alimenta al alma, ayuda a meditar, agradece la calma que su lectura proporciona, si además la lectura se lee en voz alta produce un efecto especial: el escucharnos a nosotros mismos.
P: Los cristales rotos del título brillan. ¿Qué queda cuando se cierra la última página del libro?
R: La satisfacción de haber caminado por cuatro estados distintos de la vida. Se cierra el libro y se abre un periodo de reflexión, de saborear alguno de los versos de los distintos poemas que quedarán grabados en la memoria.
Reseña de Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande: un poemario de notable cohesión donde la palabra sostiene el vínculo con lo perdido.
Ficha técnica
Título: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) Autora: Isabel Martín Grande Editorial: Poesía eres tú Año: 2026 Páginas: 72 ISBN: 979-13-87806-37-8
Presentación
Isabel Martín Grande llega a la poesía desde un lugar poco habitual: la clínica. Psicóloga formada en psicoterapia e investigación, con años de ejercicio en el sistema sanitario británico, conoce el mapa científico del duelo y, sin embargo, ha elegido el verso para hablar de él. Esa decisión no es menor: revela la convicción —explícita en la nota inicial— de que el saber teórico «se desploma cuando el corazón se desgarra». La tesis de esta crítica es que Caminantes logra precisamente lo que se propone: hacer del poema un espacio habitable donde el vínculo con lo perdido no se clausura, sino que cambia de naturaleza. No estamos ante un debut titubeante, sino ante una obra de notable cohesión.
El proyecto poético
Caminantes es un poemario unitario, más próximo al poema-río que a la colección. Sus treinta y seis textos se ordenan en tres secciones cuyos títulos —«El reconocimiento de la huella (Encuentro)», «La estancia sagrada (Abrazos)» y «La memoria que germina (Despedida)»— componen, leídos en serie, la narración entera del duelo. La autora lo formula como un itinerario que va «desde caos de emociones y sentimientos hasta la construcción de un legado».
El proyecto se apoya en una metáfora rectora, la del camino, que el título declara y los poemas desarrollan: «Antes de ser nosotros / fuimos caminatas perdidas: / dos soledades errantes». El duelo se figura como senda sin mapa, y el lector es invitado a recorrerla en calidad de «compañero de ruta». Esa coherencia entre concepto, estructura e imagen es uno de los mayores logros del libro: nada queda suelto, todo converge en la idea de un trayecto compartido.
La voz poética
La voz de Caminantes es una primera persona en diálogo perpetuo con un tú ausente. Casi cada poema es una apelación que convoca al otro y lo sostiene en el lenguaje: «Todos los surcos de mi rostro / reflejan en eco / tu nombre esculpido». Es una voz que no teme la contradicción emocional —y ahí reside su verdad—: puede ser grito y puede ser plegaria. La hablante se reconoce, además, instrumento de memoria: «soy espejo / para verte entero». Esa conciencia de la propia función —retener al ausente con la palabra— da al libro su gravedad y su unidad de tono.
Recursos formales
Tres procedimientos definen la factura del poemario. El primero es la imagen mineral y sensorial, que convierte la emoción en materia: el amor es «un pulso de sal y cal viva», la soledad un óxido, el recuerdo un cincelado. El segundo es la estructura circular: numerosos poemas abren y cierran con el mismo verso, figurando la recursividad del duelo, como en «En la orilla quieta / del tiempo perdido, / miro, miro y miro». El tercero es el trabajo con el significante, que en «El lenguaje del encuentro» llega a la invención léxica —«Despáceme escribicio»— para fundar un idioma de la intimidad. A ellos se suma la anáfora, motor rítmico de los textos más logrados.
Temas y universo simbólico
El universo simbólico de Caminantes se teje con tres hilos. El camino, emblema del duelo como travesía. El agua y el mar, correlato del fluir y de la pérdida: «el abandono marinero / de un puerto sin faro». Y la materia de la creación —barro, piedra, cincel—, que vincula el dolor con el oficio de modelar lo perdido. Sobre estos tres campos se alza el tema mayor del libro: la palabra como salvación, declarada frente al fracaso del consuelo intelectual —«Las respuestas de los libros… son cenizas y no sirven»— y afirmada en la confianza última: «que, al fin, germina».
Poema comentado
Entre los textos más representativos figura «La caja de Pandora», donde la autora mide el tiempo del duelo en horas que se resisten a pasar:
Estas pocas horas, que se esfumaron, tristes, todas tuyas, desperdiciadas, voy guardándolas en esa caja de Pandora, con tu nombre en lápida gris y piedra tallada.
El poema construye su fuerza sobre la anáfora «Estas pocas horas», que regresa en cada estrofa como una contabilidad obsesiva del tiempo perdido. La imagen de la caja de Pandora se resemantiza: ya no encierra los males del mundo, sino las horas no vividas con el ausente, que la voz atesora aun sabiéndolas dolorosas. El cierre —«con tu nombre / en lápida gris y piedra tallada»— funde el gesto de guardar con el de inscribir en la tumba, de modo que conservar y enterrar se vuelven el mismo acto. Es una muestra precisa del modo en que Martín Grande materializa el tiempo y lo convierte en objeto manipulable por la memoria.
Valoración crítica
Caminantes es un debut de madurez infrecuente. Su cohesión arquitectónica, la solidez de una voz que no se fragmenta pese a recorrer todos los estados del luto y el dominio de una imaginería material que da cuerpo a lo invisible lo sitúan por encima del lugar común. La aportación de Isabel Martín Grande —la mirada de quien sabe del duelo por ciencia y por herida— enriquece la tradición elegíaca con una poesía del cuidado. Quien lo lea encontrará lo que la autora prometió: no un manual, sino una compañía. Y comprobará que, en sus mejores páginas, Caminantes alcanza esa rara verdad que solo da la poesía cuando nombra exactamente aquello que la razón no puede decir.
Hoy vuelves de nuevo:
estruendoso e inevitable.
A quedos pasos de pies desnudos,
convertido en gestos y besos;
en aliento imprescindible,
anhelo de confusa emoción,
y breve ilusión…
instante de llanto y dolor.
Y para no morirte, brindo y bebo.
Hoy vuelves de nuevo:
hermoso y abrazable.
Rescatando versos mudos
que mi trazo libera;
caligrafía de gozo en el retorno
de orquídeas y claveles ilesos,
bombones de licores irreconocibles
con armonía y gallardía.
Y para no morirte, brindo y bebo.
Hoy vuelves de nuevo.
gozoso y amable.
Crecido, erguido…
y me dueles dormido.
Aunque los dos somos sueño,
tú ya no estás despierto.
Y para no morirte, brindo y bebo.
En Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), Isabel Martín Grande explora cómo el recuerdo devuelve, una y otra vez, a quien hemos perdido. La autora, psicóloga clínica antes que poeta, hace de la escritura un modo de sostener el vínculo cuando ya no hay cuerpo al que abrazar. «El brindis del retorno» pertenece a la sección final del libro, la de la despedida, y muestra ese regreso intermitente del ausente en la memoria: una visita que es a la vez gozo y herida. Es uno de esos poemas que invitan a entrar en el conjunto y a quedarse, porque condensa el pulso entero de la obra.
El poema se organiza en tres movimientos encabezados por la misma fórmula —«Hoy vuelves de nuevo»— y rematados por un estribillo que crece en sentido a cada repetición: «Y para no morirte, brindo y bebo». El brindis, gesto de celebración, se convierte aquí en ritual privado contra el olvido: beber es recordar, y recordar es impedir la segunda muerte, la del olvido. La progresión de los adjetivos —de «estruendoso e inevitable» a «gozoso y amable»— traza el ablandamiento del duelo, mientras el verso «y me dueles dormido» nombra con exactitud la paradoja del recuerdo feliz que sigue hiriendo. Al cerrar, el poema deja en el lector la certeza de que celebrar a quien se fue es también una forma de seguir queriéndolo.