Entrevista a David García Lamela: «De entre sonidos»
David García Lamela es autor de De entre sonidos, poemario publicado por Editorial Poesía eres tú. En esta entrevista habla del sonido de un telefonillo que le anunció la muerte de su padre y que está en el origen del libro, de su desconfianza hacia la palabra, de la estructura en tres partes (De la persona, De la sociedad, De la naturaleza) y su homenaje a Mozart, de su diálogo con Machado, Lorca, Szymborska, Vermeer y Van Gogh, y de lo que puede hacer la poesía ante el hambre y los niños muertos en el Mediterráneo.
En «Atrapado en el tiempo» escribe: «Hay sonidos / que jamás vuelven a sonar igual;». ¿Hubo un sonido concreto en el origen de De entre sonidos, uno que le hiciera pensar que había un libro detrás?
En este poema concreto perteneciente a la segunda sección de la primera parte del poemario titulado De la persona, se pudiera decir que sí se podría considerar esa referencia concreta a uno de los mayores detonantes que pudieran dar origen al libro. El poema concluye diciendo la siguiente frase: «hay sonidos que enmudecen una vida entera». Tras la publicación del poemario Cotidianidad engañosa, que me resultó muy desgarrador su escritura y el dar el salto a publicar por primera vez como una especie de tributo y homenaje a mis padres. Pasando por un tránsito intermedio por el poemario Gabinete de curiosidades como una búsqueda de la belleza como soporte y salvavidas para ver la existencia humana en todo su conjunto con sus sombras y luces inseparables y unidas que se retroalimentan y se complementan dando lugar a una concepción globalidad del universo que nos envuelve. Aquella experiencia tan dura de la pérdida de los padres marca enormemente la existencia y aquello queda dentro de uno. Y en mi mente quedó grabado el sonido del telefonillo pulsado por mi hermano en la calle despertándome en la madrugada con la noticia del fallecimiento de mi padre. No hubo palabras y de manera intuitiva me dirigí al balcón sabedor de que algo grave había ocurrido. Allí en la noche signando con gesto mi hermano me informó sin palabras de lo que acababa de acontecer. Y es este suceso uno de los hechos que motivó la vertebración del poemario en torno a la importancia y significado del sonido, el sonido como catalizador de la memoria y cómo las connotaciones y hechos modifican un simple sonido oído miles de veces en nuestra vida; y cómo cambia una experiencia impactante la naturaleza del mismo. La poesía se convierte aquí en el instrumento adecuado para procesar cómo un solo instante puede «enmudecer una vida entera» y cómo el arte ayuda a convivir con ese eco permanente que nos asola la memoria.
El libro empieza con la pregunta de «El alma de las palabras» sobre si la música es un eco que se expande sin necesidad de palabras. ¿Cómo convive esa sospecha sobre la palabra con el hecho de escribir un libro de poemas?
Se trata de una paradoja fascinante que toca la esencia y la raíz de la creación literaria. La palabra como puente hacia el silencio: El poema no busca agotar el significado ni aprisionar la realidad, sino señalar hacia aquello que no se puede nombrar. El poeta escribe para rozar ese límite del lenguaje, usando las palabras precisas como una especie de trampolín para evocar una vibración o un eco —similar al musical, atemperando el sonido, afinando los instrumentos— que resuenen en el lector más allá del sentido literal y los haga suyo.
Al desconfiar de la palabra puramente utilitaria o conceptual, la poesía se refugia en el ritmo, la cadencia, las pausas y los silencios. El libro de poemas se convierte así en un intento de que la palabra deje de ser solo signo y pase a ser sonido puro, transformando el texto en ese mismo eco expandido que se menciona al inicio.
Ello implica y supone un acto de humildad y necesidad. Se asume que el lenguaje es limitado y que nunca atrapará el «alma» por completo de las cosas, pero se insiste en la escritura porque el intento mismo genera una belleza y una verdad que no existirían sin ese esfuerzo creador.
El poemario no contradice esa sospecha, sino que nace de ella: es el intento del lenguaje por alcanzar la condición de la música, aceptando que su mayor triunfo es, precisamente, evocar un eco que las palabras no pueden contener.
El poemario se ordena en tres partes —De la persona, De la sociedad, De la naturaleza— y cada una en tres secciones. ¿En qué momento del proceso apareció esa arquitectura: la tenía antes de escribir o la descubrió al ordenar los poemas?
Desde un primer momento tenía bastante claro que la organización vertebral que sustentaría el poemario recaería en tres apartados diferenciadores pero complementarios para poder transmitir la idea y el mensaje del mismo reflejando un paradigma clásico y cuasifilosófica de la sociedad; pero desterrándolas de concepciones puramente académicas e intelectuales y que pudieran estar asentadas en la propia realidad del ser aquí y ahora. Resultado y consecuencia, historia y memoria vida. Se trataba de realizar un viaje de ida y vuelta; y que dicha incursión conllevara una transformación del sujeto a través de dicha experiencia. No somos islas y cada una de esas dimensiones y aspectos sociales forman la epidermis de la propia persona para bien o para mal, y se necesita una realidad equilibrada, osmótica y una fortaleza intrínseca para poder transitar de una a otra sin que se pueda romper ninguna de ellas al tensionarse demasiado.
Existe igualmente, algo de numerología y de cábala intencionada en la arquitectura numérica del poemario con la elección del número tres y de las subsiguientes subdivisiones de cada una de ellas en tres partes iguales, realizando con ello una especie de viaje iniciativo y transformador. Una especie de juego, homenaje y tributo a Mozart y sus composiciones masónicas con estas concepciones filosóficas.
«Galerías del alma» aparece dos veces, con variaciones de una palabra entre una versión y otra. Algún lector podría pensar que es una repetición. ¿Por qué decidió mantener las dos versiones en lugar de elegir una?
Es cierto que si no se realiza una lectura detenida puede pasar por un pequeño despiste, aunque al tener ya cada una numeración distintiva nos hace desistir de seguir pensando así. Son dos momentos diferenciados: uno antes de dormir y estar en vela ya casi cayendo en los brazos de Orfeo, y el otro ya estamos absolutamente inmersos en esa otra realidad. Y entre ambas situaciones una misma alma que como una mariposa nocturna despliega sus alas para sumergirse en el cosmos y en el alma colectiva del universo que nos circunda.
Machado, Lorca, Szymborska, Vermeer y Van Gogh están presentes en dedicatorias, títulos y versos. ¿Qué lugar ocupa esa conversación con la tradición en un libro que habla también de los niños muertos en el Mediterráneo y del hambre?
Son algunos de los maestros y guías espirituales que nos han podido dejar a través de sus obras y vivencias existenciales sus directrices, compromisos éticos y sus enseñanzas para guiarnos en un dolor y un sufrimiento que no es nuevo; como ya se hiciera referencia en mi anterior poemario Cotidianidad engañosa al experimentar el duelo, pero por ser antiguo no deja de ser una herida que se nos abre a cada uno al sufrirla por primera vez. Lorca experimentó la deshumanización de la gran urbe neoyorquina; Machado el exilio; Van Gogh la miseria y la pobreza; Szymborska la denuncia social a través de la ironía y la empatía; y Vermeer nos ofrece la sacralidad de lo minúsculo en sus pinceladas como el poemario pretende detener el tiempo antes de ser devorado por el estruendo del mundo.
El aula, la tiza y los pupitres vuelven en varios poemas, como en «Lecciones de tiza»: «Hay lecciones / que la tiza no dibuja;». ¿De qué manera su trabajo con personas mayores y menores ha cambiado su forma de escuchar, y por tanto de escribir?
No sabría decirlo si realmente sucediera así. Antes de tener una profesión yo ya era una persona que tenía una cierta mirada poética y los poemas llegaron a mi vida mucho antes que mi vocación profesional se viera consolidado. Tal vez, pudiera ser un camino inverso, ya que mi manera de percibir el mundo y de escribir me hubiera podido llevar a decantarme por dicha profesión al saber escuchar de manera empática el reverso del lenguaje en los colectivos vulnerables con los que he podido trabajar.
«Oda por los niños muertos» y «¿Cuál es el sonido del hambre?» son poemas de denuncia explícita. ¿Qué puede hacer hoy la poesía frente a esas realidades, cuando el propio poema dice que hay «tanta cultura que hoy no sirve / para nada.»?
Se trata de uno de los dilemas morales que nos podemos plantear toda persona creadora; no ya al pastiche del superado arte por el arte por encima de todo. El artista, en nuestro caso el poeta, debe de rescatar las azucenas enfangadas en el barrizal que le llegan a la cintura y elevarlas por encima de su cabeza. Vivimos unos momentos de empobrecimiento cultural y de valores democráticos donde el neoliberalismo y la globalización nos va comiendo terreno e identidad y hasta la propia cultura adolece de resistencia ética frente a la barbarie que se nos presenta. Si la cultura y la sociedad actual mira de soslayo a la realidad el olvido gana. Estos poemas pretenden ser un acta de acusación lírica, un registro de que no todos fuimos cómplices con nuestro silencio. Aunque un verso no salvará una vida, será al menos testimonio de que esa vida no pueda ser borrada sin dejar rastro.
¿Quién es el lector ideal de De entre sonidos? ¿Lo imagina leyendo en silencio o en voz alta?
Se trataría de un lector sensible, atento, inteligente y buscador de espacios sutiles capaz de empatizar con las heridas de la existencia humana que busca saber escuchar atento el alma de las palabras más allá de los signos y del lenguaje en una comunión perfecta donde el silencio absoluto de su lectura empuje a alzar la voz, para comprobar cómo vibran en su propio cuerpo como una caja de resonancia y que ese eco se pueda expandir y completar en esa transformación personal de la que hemos estado hablando.
Para alguien que nunca ha leído poesía contemporánea, ¿por qué De entre sonidos podría ser una buena puerta de entrada?
Pese a tener una concepción aparentemente ensayística se trata de un poemario cercano que solo pide tener una escucha atenta y una sensibilidad hacia la vida que nos circunda. De lo contrario podríamos caer en la desgracia de ser un mero espejismo de nuestra existencia y de no disfrutar de la belleza de estar y de ser ahora. El poemario nos ayuda en dicho tránsito ya que es una guía y tiene un orden un recorrido que transitar y que recorrer juntos desde la intimidad de cada persona en su vida cotidiana hasta la inmensidad de la naturaleza, sin dejar de lado la denuncia de las injusticias y barbaridades del mundo actual. Igualmente, podrá descubrir que la cultura no es aburrida y no es exclusiva de las elites y que es una herramienta, un salvavidas que nos rescatará del barro enfangado y cenagoso que nos pretenden atar a las garras de la ignorancia para no dejar a flote las rescatadas azucenas blancas.
El libro termina con un verso que pide ser oído: «¡Escuchad mi voz!, que se apaga…» ¿Qué le gustaría que el lector escuchara después de cerrar el libro?
Es un grito desgarrador, un silencio trasformador que deja la voz del poeta en el eco interior del que lo ha leído y que espera que descubra sus propios silencios, sus pérdidas no nombradas y su propia intimidad interior. Aquí juega un papel importante la propia estructura del libro donde se le pasa el testigo al lector para que esa voz que se apaga arda en la conciencia del que lee y que el mundo natural habla, aunque con otras palabras menos pretensiosas, mercantilistas y egoístas que las nuestras.
Ha sido un verdadero placer. Muchas gracias a ti y a todos los lectores.
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