No quisiera morir de Luis de la Rosa Fernández A la sombra del sauce (Ediciones Rilke, 2026)
No quisiera morir
Yo quisiera morir como en otoño el árbol,
y poder revivir florido en primavera,
mostrar mi flor al aire que desde las montañas
viene para impregnarse de aromas en mi huerta.
Quisiera ser la tierra que el duro arado hiere
para que en mí germinen las verdes sementeras,
o la hierba que, mustia, con el paso del tiempo,
nutrida por la fuente, constante se renueva.
No quisiera morir definitivamente.
Sí renacer de nuevo en florida ribera,
y que liben abejas en mis vistosas flores
y ornarme de amapolas, la sangre de la tierra.
No quisiera morir como muere cualquiera
pues soy hombre que vive, que ama, y hasta sueña.
Luis de la Rosa Fernández
A la sombra del sauce (Ediciones Rilke, 2026)
La obstinación de florecer
Hay poemas que no se escriben: se destilan. Lentamente, como el vino que reposa en su oscuridad hasta que tiene algo verdadero que ofrecer al paladar. “No quisiera morir” es uno de esos poemas. Catorce versos que llevan dentro toda la edad del poeta, todo el peso de haber mirado el otoño durante demasiados años como para seguir mirándolo sin decir nada.
Lo primero que sorprende es que De la Rosa no le teme a la muerte porque la ignora. Le teme exactamente porque la conoce. No la nombra como enemiga ni la conjura con metáforas grandilocuentes. La contempla con la misma serenidad con que un labriego mira el cielo antes de decidir si es día de sembrar. Y desde esa serenidad que no es resignación sino lucidez, lanza su deseo al aire: yo quisiera morir como en otoño el árbol. Una frase que en otras manos sería un tópico y que aquí resulta exacta como un instrumento afinado. Porque el árbol no muere: declina. Se desnuda. Guarda su savia en lo más profundo y espera. Esa es la diferencia que el poeta reclama para sí mismo.
Lo que sigue es una de las imágenes más hermosas del libro: quisiera ser la tierra que el duro arado hiere / para que en mí germinen las verdes sementeras. El yo poético no quiere ser la flor que se admira sino la tierra que acepta la herida porque sabe que de esa herida nace algo. Es una imagen de una humildad poética extraordinaria: no pide gloria póstuma ni eternidad literaria. Pide fertilidad. Pide que su desaparición tenga el mismo sentido que tiene la desaparición del surco cuando la semilla lo cubre.
El poema está construido en silva asonantada, con endecasílabos que respiran con la naturalidad de quien lleva décadas sabiendo cuántas sílabas mide el pensamiento. La asonancia en -era —primavera, huerta, sementeras, se renueva, ribera, tierra, cualquiera— no cierra los versos: los mantiene abiertos, como ventanas entornadas. Esa apertura es la del deseo que no ha renunciado.
El giro más sorprendente llega en el noveno verso: No quisiera morir definitivamente. El adverbio es el corazón del poema. No dice “no quiero morir”, que sería cobardía o negación. Dice definitivamente. Acepta que pueda haber una muerte provisional, una muerte de otoño que prepare la floración. Lo que rechaza es el cierre sin retorno, la clausura sin posibilidad de apertura. Es una distinción filosófica de una precisión que la poesía alcanza raramente sin perder la emoción por el camino.
Y entonces las abejas. Y que liben abejas en mis vistosas flores / y ornarme de amapolas, la sangre de la tierra. Las amapolas —que reaparecen después en el poema final del libro marchitas sobre las lanzas— son aquí todavía vivas, todavía rojas, todavía capaces de ser habitadas por el zumbido de las abejas. La imagen es táctil, solar, fragante. Es la vida en su forma más insistente y más breve. Una amapola que abre de madrugada y se cierra al atardecer, y que mientras tanto es el lugar más luminoso del campo.
El final llega como lo mejor de los finales: sin artificios. No quisiera morir como muere cualquiera / pues soy hombre que vive, que ama, y hasta sueña. La conjunción y hasta es la clave de todo el poema. El poeta vive, ama —hasta ahí llegaríamos casi todos— y hasta sueña. Como si el sueño fuera el exceso, el lujo, la prueba irrefutable de que todavía hay algo por lo que resistir. Ese hasta es la declaración de dignidad más pequeña y más enorme que puede hacer un ser humano que se sabe mortal y que decide no importarle demasiado.
Este poema llegó a la final del Certamen Internacional “El mejor poema del mundo” en 2025. No es difícil entender por qué. Hay en él algo que la poesía contemporánea ha perdido con frecuencia en su carrera hacia la originalidad: la capacidad de decir lo verdadero sin disfrazarlo de brillante. Luis de la Rosa Fernández escribe aquí como se escribe cuando ya no se tiene nada que demostrar y sí mucho que ofrecer. Como escribe alguien que ha esperado lo suficiente como para saber que cada palabra que pone sobre el papel puede ser la última, y que eso, lejos de paralizarle, le obliga a que sea la más exacta posible.
Un poema que se planta en la tierra como un árbol. Y que, como los árboles, tiene raíces más profundas de lo que a primera vista se ve.
Ana María Olivares.
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