Entrevista a David García Gutiérrez: «La Resistencia»
David García Gutiérrez, médico de familia, es autor de La Resistencia, poemario publicado por Editorial Poesía eres tú: sesenta y ocho poemas escritos al ritmo de más de cuatro años de invasión rusa de Ucrania. En esta entrevista habla de la empatía con las víctimas civiles como origen del libro, del vocabulario clínico con que nombra la guerra, de la Z de los blindados rusos inscrita en la palabra paz y del espectador que, ante la pantalla, cambia de canal.
La dedicatoria del libro habla de «las víctimas silenciosas que sufren y mueren asesinadas en el transcurso de una guerra, sea cual sea su origen o justificación». Esa cláusula final amplía el foco mucho más allá del conflicto concreto que el libro documenta. ¿Por qué quiso abrir la obra con una declaración deliberadamente universal antes de entrar en unos hechos tan localizados?
Por empatía. Cuando el 24 de febrero de 2022 vi por televisión, en las noticias, los primeros misiles lanzados desde Rusia sobre ciudades ucranianas en una operación relámpago, impactando violentamente sobre edificios y personas, y al presidente ruso justificando la agresión «para liberar a Ucrania de un gobierno nazi», no pude cambiar de canal buscando entretenimiento. Tampoco mostrar indiferencia; al contrario, sentí una profunda tristeza. Y tuve el mismo sentimiento en los días posteriores, cuando los informativos empezaron a mostrar las imágenes de los primeros heridos, los primeros muertos, los primeros desplazados; las primeras ciudades arrasadas; a los miles y miles de refugiados huyendo de la muerte. Población civil, con vidas como las nuestras: con familias, con hijas, con sus casas, sus proyectos de vida, sus ilusiones, sus trabajos, sus problemas…, totalmente fracturadas y sin posibilidad de detener la hemorragia. Y esa sensibilidad que se materializa «en hechos tan localizados», que no es otra que la de ponerse en el lugar del otro, despertó en mí la necesidad de escribir. No desde la urgencia de un mensaje plano, de una noticia de última hora, en una red social para sentirme conectado a algo o a alguien, sino desde la introspección. Desde la búsqueda y el análisis de mis propios sentimientos; de mis propios miedos y pensamientos. Invocando la palabra que se proclama desde el silencio para denunciar la barbarie apoyándome en la poesía. Y a lo largo de todos estos años, desgraciadamente, los conflictos y las guerras en este mundo globalizado, tan complejo, se fueron acumulando en las noticias; pero también en mi memoria. Nuevas muertes con nombres y apellidos, silenciosas…; nuevas violaciones sistemáticas de los derechos humanos; crímenes de lesa humanidad. Genocidio, como el que acontece en Gaza. ¿Cómo no hacer extensible un sentimiento de empatía por todo aquel que sufre?
El poemario arranca con «LA INVASIÓN Z», donde aparecen ya las palabras «Crimen y castigo», y se cierra con «UNA VENTANA AL FUTURO» y su «una ventana sin dioses.». ¿Ese arco de la invasión a la afirmación civil estaba decidido desde el principio, o surgió al ordenar poemas escritos a lo largo del conflicto?
No. Ni lo decidí desde el principio ni surgió al ordenar poemas escritos. Son los propios acontecimientos durante más de cuatro años los que me han llevado a la conclusión del poemario, en tiempo real; las idas y venidas de los negociadores de paz, las grandes representaciones teatrales de los gobiernos negociando las posibles sanciones y las ayudas; Trump, Putin; la deriva de la invasión rusa relámpago, convertida en un experimento en las ciudades para desarrollar la ciberguerra. La amenaza nuclear, la guerra mundial, la deshumanización. ¿Cómo no dejar una ventana de esperanza abierta al futuro? Por el bien de todos.
En «INVASIÓN Y METÁSTASIS» la guerra se dice con semiología clínica: «Como células tumorales que metastatizan», seguidas del rubor, el dolor, el calor, el tumor y «la impotencia funcional». ¿Qué le permite decir el vocabulario médico sobre una invasión que no le permitía decir el vocabulario político?
Como médico de familia me enfrento diariamente al sufrimiento humano desde muy diferentes puntos de vista; tantos como personas y tengo que recoger en las historias clínicas de mis enfermos todo aquello que les angustia, les entristece, los deprime, les da miedo, lo que sienten y lo que piensan, muchas veces de forma subjetiva. Lucho contra las enfermedades en un campo de batalla desigual, en donde los enfermos sufren de forma visceral, somática…; en muchas ocasiones con un profundo dolor terebrante. Y es que el lenguaje médico ayuda, no solo a profundizar en ese sufrimiento y desentrañar el origen, sino también a crecer en la empatía. Para darle un tratamiento y una respuesta más humana: escuchar, acompañar, cuidar y proporcionar alivio. ¿Qué es lo que me permite el vocabulario médico decir sobre una invasión y una metástasis? Ser consciente de la gravedad de los acontecimientos y su mal pronóstico.
El libro nombra los lugares con su nombre real —Mariupol, Bucha, Zaporiyia, Chernigov, Kramatorsk— y en «COMPRAR EL PAN EN CHERNIGOV» esa precisión llega al cuerpo: «las venas y los nervios.». En «CRIMENES DE LESA HUMANIDAD: LA MATANZA DE BUCHA» escribe «Que hablen. Que hablen los muertos.». ¿Qué le exigía usar topónimos verificables en lugar de un escenario poético indeterminado?
Poner voz a quien no puede. Bajar el verso libre, sin ataduras de ningún tipo, a la realidad cotidiana. Al asfalto, a las trincheras. A los escombros y a las zanjas. Sin esconderme. No quería hablar desde un escenario vacío, desierto, a pesar de la distancia que soporta una pantalla de televisión. Mostrar cercanía, solidaridad, acompañamiento; entregando cada verso, a todos esos muertos y a sus familias: los de Mariupol, Bucha, Zaporiyia, Chernigov, Kramatorsk… A todos los refugiados que soportan su propia supervivencia.
El libro renuncia a la rima regular y confía el ritmo a la repetición: la letanía «No soy nada.» en «YO, EL REFUGIADO», el «Amo la paz del milagro.» de «LOS NIÑOS DE LA GUERRA: DE REGRESO A LOS TRENES» y el «Defiendo,» que sostiene el poema final. ¿Cómo eligió la anáfora como armazón rítmico para un material que podría haber pedido una forma más cerrada?
Simplemente me he dejado llevar. Como la corriente de agua de un río que fluye y te conecta con cada nueva orilla, con cada nuevo verso hasta llegar al mar; al sentido último del poema. ¿De dónde le viene al músico el utilizar uno y otro sonido para construir una nueva melodía? ¿De dónde le surge al pintor el utilizar un matiz u otro, en su paleta de colores, cuando se enfrenta a un lienzo en blanco? ¿De dónde le nace al poeta la necesidad de emplear unas herramientas u otras del lenguaje, buscando musicalidad, ritmo, o simplemente enfatizar un pensamiento o una imagen que le surge en la cabeza? La verdad es que la mayor parte de los poemas me han nacido detrás de una noticia, y en mi caso particular, esos poemas me lo pedían. Como cuando preparas en la cocina una comida y ves que lo que estás haciendo necesita más sal, pimienta u otras especias. Al final, el acto creativo se nutre de lo que sabes, de lo que has estudiado, de los recursos que tienes y de la motivación y las ganas que tengas de compartirlo con los demás, aunque en muchas ocasiones no te salga admirable.
La palabra paz aparece varias veces escrita con zeta mayúscula a lo largo del libro: «¿La paZ?», inmediatamente antes de «¿Con esa pistola en la frente?» en «NEGOCIACIONES DE PAZ», y «reescribiría la paZ» dentro de «EL GRAN DICTADOR». ¿Qué debe entender el lector que ve por primera vez esa zeta levantada en mitad de la palabra?
Si los posibles lectores han seguido las noticias de la invasión de Ucrania desde febrero de 2022, recordarán ver la letra Z en los blindados y tanques rusos traspasando la frontera, no solo respondiendo a unos objetivos tácticos, sino también propagandísticos, de apoyo a la ofensiva. Y recordarán también que algunas autoridades alemanas consideraron aquella letra Z un símbolo del «fascismo de Putin» que debía ser combatido. El poemario comienza con la primera vez que vi a esos tanques avanzar hacia sus objetivos militares y civiles en la invasión Z…, y cómo la paz de una cena en familia, de los niños en los colegios o jugando en las calles con los amigos; la paz de salir a comprar el pan, de ir al teatro o a una fiesta de fin de curso, fue violentamente quebrantada. Esa es la paz en minúscula. La que no necesita pronunciarse frente a la paZ impuesta por la fuerza. La paZ del agresor en «su ciclo de la violencia, incontrolable», con «una pistola en la frente», en las negociaciones.
«EL GRAN DICTADOR» es el poema más extenso del libro y se articula sobre tres invocaciones: «Si Fiodor Dostoievski», luego Tolstói y por último Kandinsky. Convoca, por tanto, a tres nombres de la propia cultura rusa para juzgar al dictador, y el poema termina apelando a la ciencia, la investigación y las artes universales. ¿Por qué esa elección y no la de voces ajenas al país agresor?
Porque diferencio la cultura, las ciencias, la investigación y las artes universales rusas de sus gobernantes. «La Resistencia» no pretende ser un manifiesto contra Rusia ni contra los rusos, que bien podrían ser considerados también víctimas de ese Gran Dictador, megalomaníaco, «que se lo juega todo en la ruleta», en su delirio expansionista. Porque no podemos obviar que, de la gran ofensiva rusa, surge la contraofensiva ucraniana, alimentada por los propios intereses de la guerra, provocando muertes; también en los civiles rusos…, silenciados en «La otra Rusia». Y es que crecí con Tolstói y Dostoievski. Con Tchaikovsky, Kandinsky y Nuréyev. Ojalá compartiéramos más el lenguaje constructivo, vivo de una novela, de una sinfonía, de una poesía, de una danza rusa…, y menos, el lenguaje vacío de los cementerios.
Las fábulas y los cuentos infantiles atraviesan el libro: la granja de «GEOPOLÍTICA EN LA GRANJA» con su «En esta granja de cerdos,», el cíclope y el Nadie de Ulises en «NADIE ANTE LOS TEATROS DEL MUNDO: EL CONCILIO DE LOS DIOSES», el «Hacia el País de Nunca Jamás.» de «TATUADO EN LA ESPALDA» y el camino «de baldosas amarillas,» de «EL ALTO EL FUEGO: EL MARAVILLOSO MUNDO DE FANTASÍA». ¿Qué gana un crimen documentado al ser contado con la gramática de un cuento para niños?
Para no quedarse solo en la superficie y trabajar en la empatía, todo el poemario debería leerse desde la mirada de una niña o un niño «que no juega con sus juguetes, castigado», cuya niñez es «secuestrada» repentinamente por «la invasión Z» y la sobrecogedora imagen de «las criaturas monstruosas» —segundo poema—, que se aproximan «por el cielo y por el suelo, para salir huyendo del laberinto, en mitad de la noche…», hacia «El país de Nunca Jamás». Un país fracturado que nunca volverá a ser el mismo. Con las secuelas físicas y psicológicas «tatuadas en la espalda» y la esperanza de regresar de las deportaciones, a «su maravilloso mundo de fantasía», tras un alto el fuego que no llega por sus negociadores y «esa paz robada». Es una mirada que busco intencionadamente. Y no es ningún cuento que se cuenta para los niños. Porque son más de 460 millones los que viven atrapados en países en conflictos violentos. Niñas y niños mutilados, huérfanos, refugiados, obligados a «no ser nada, no tener nada, no representar nada, no ser nadie», buscando unos ojos que los acojan «en su desnudez».
«FAKE NEWS: LA GRAN GUERRA POR LA DESINFORMACIÓN» sitúa al lector «En la caverna solitaria de Platón.», «LA CIBERGUERRA» advierte de «A la descarga de algoritmos,» y del riesgo de «Dejar de ser humanos.», y en «ÚLTIMA HORA: CUATRO AÑOS DE INVASIÓN, EN DIRECTO» el testigo simplemente «cambio de canal». ¿Considera que el espectador cómodo es un personaje más del libro, al mismo nivel que el agresor y la víctima?
Es una pregunta muy interesante. Como médico de familia, no solo me dedico a la prevención, seguridad del paciente, diagnóstico y tratamiento de enfermedades, seguimiento de enfermos crónicos, paliativos, salud mental, acompañando a mis pacientes en su biografía desde los 14 años hasta certificar su muerte. Abordamos la adolescencia, los problemas específicos de la mujer, del adulto, del anciano frágil, las conductas de riesgo, pero también, de forma muy temprana, detectamos a las víctimas de la violencia de género o del acoso escolar, trabajando multidisciplinarmente con ellas. Y soy consciente, por mi experiencia, de que tanto el agresor como la víctima, como actores principales, se ven influenciados por el entorno; por esos testigos/espectadores que, o bien defienden y protegen a la víctima ayudándola empáticamente a salir del ciclo de la violencia impuesto por el agresor, o refuerzan esa misma violencia a través de la indiferencia y el miedo, manifestando una actitud pasiva. En este mundo global de las nuevas tecnologías, de redes interconectadas y pantallas, todos somos espectadores, más o menos informados. Por supuesto que nuestra actitud y determinación influyen en la continuidad de la violencia que se ejerce en cualquier parte del mundo. Podemos despersonalizarnos todo lo que queramos, justificando que es la pantalla y la distancia emocional la que nos separa de todo sufrimiento ajeno, el motivo de nuestra inacción. Pero respondiendo a la pregunta formulada…, ¿considero que el espectador cómodo es un personaje más del libro, al mismo nivel que el agresor y la víctima? Que se juzgue cada uno a sí mismo. ¿Qué pensaríamos si esas niñas y niños que sufren en el transcurso de una guerra, y que vemos diariamente a través de una pantalla de televisión, fueran nuestras hijas e hijos? ¿Qué pasaría si fuésemos nosotros los invadidos, sintiendo la fractura biográfica de nuestras vidas rutinarias? ¿Cambiaríamos de canal? Esa es la mirada de un poeta que busca resistir a la deshumanización. Porque yo mismo, al ver en la televisión: «cuatro años de invasión en directo…», he tenido la tentación de cambiar de canal.
Los últimos poemas abren un espacio distinto: «LA ESPERANZA», el condicional insistente de «PRISIONEROS DE LA ALEGRÍA» con sus campos que «se llenen de trigo.», y el voto civil de «EL REFERENDUM POR LA PAZ». Sin embargo, «¿PAZ O PAZ?» deja la pregunta abierta: «¿Quién cederá primero?». ¿Ese tramo final es una conclusión a la que llegó escribiendo, o una apuesta que el libro deja deliberadamente sin resolver?
La verdadera resistencia va unida a la esperanza. Esperanza en vencer una enfermedad grave con un mal pronóstico. Esperanza en un alto el fuego indefinido en la guerra. Esperanza en que «prisioneros de la alegría…, se llenen de trigo los campos». En muchos casos es una ilusión pasajera, desgraciadamente para muchas personas, pero necesaria para dar sentido a la vida. Por nosotros mismos. Por nuestras hijas e hijos. Por nuestro futuro. Podemos, con nuestra actitud y compromiso con la dignidad humana, la justicia y los derechos humanos, influir en el agresor y la víctima. Inclinar la balanza por la paz. Pero no podemos decidir por ellos. No somos los actores principales, ni los negociadores. ¿Quién cederá primero? ¿El agresor, la víctima o nosotros mismos como espectadores…, en nuestra conciencia colectiva?
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