Alberto Gomez Vaquero en Club de poeía

Unamuno antes y después del Paraninfo: una agonía narrada

No sé como salió el tema una noche, pero hablando con Félix Grande sobre el papel de algunos intelectuales en la Guerra Civil llegamos al tema de Unamuno y salió a la palestra, como es natural, la famosa escena del Paraninfo. Aquella de “vencer no es convencer”. Una de los momentos claves de la mitología unamuniana. “Lo que no se sabe”, me dijo Félix, “es que en un primer momento Unamuno se adhirió al levantamiento militar sin ninguna duda”. Y me dijo que había un libro que lo contaba muy bien: “Agonizar en Salamanca”, de Luciano G. Egido. Al acabar la noche, cuando ya me iba a casa, me prestó el libro, que ayer mismo he terminado de leer.
Y sí, Unamuno se adhirió en julio del 36 al levantamiento militar. De hecho, el libro es la narración de un desencanto, de cómo poco a poco, Unamuno se va dando cuenta de que aquella “no es una guerra contra el bolchevismo, sino contra el liberalismo”. Al comienzo, el escritor vasco se une al pronunciamiento porque, visto desde su óptica decimonónica, no era sino un intento de paliar los excesos de la República. Se trataba, según su pensamiento, de salvar la República y la Guerra Civil no era sino una lucha por “por salvar la civilización occidental y cristiana”.
Enfrentado con Azaña – no menos que con Mola –, disgustado por un Frente Popular que en su giro hacia el marxismo atacaba su modus vivendi burgués y, lo que para él era peor, su modo de entender el mundo y las relaciones sociales, Unamuno confió en los militares y, sobre todo, en Franco a quien llamaría, durante todos aquellos meses, “el pobre hombre”, creyendo que los desmanes del bando nacional se debían a que Franco no conseguía imponer su disciplina cuartelaría.
Poco a poco, sin embargo, Unamuno fue alejándose de su primera postura. La muerte de amigos, de Lorca en Granada, de compañeros de universidad le situó ante la realidad: aquella guerra no sólo era contra los desmanes del Frente Popular, sino contra el liberalismo y también, y esto acaso le hería más, contra la intelectualidad. Y él no había sido otra cosa en su vida que un intelectual. Por eso, cuando le invitaron a sustituir a Franco en el acto por el día de la Raza en el Paraninfo, dijo que no. Un gesto casi tan heroico como las palabras que dijo después. Y dijo que no – con toda la carga simbólica de ese no – porque, en sus propias palabras, “se conocía” y temía que se le desatara la lengua.
Sin embargo, finalmente, tuvo que aceptar y presidir el acto. Allí, tuvo que escuchar ataques contra los vascos, contra los catalanes, y gritos de “muera la inteligencia” provenientes del que él calificaría de fantoche “Millán Astray”. Por eso, en el reverso de una carta firmada por una mujer que suplicaba su intervención para salvar a su marido – un pastor protestante, amigo de Unamuno, de la muerte a la que estaba condenado por Masón – fue escribiendo algunas ideas que a partir de entonces orientarían su pensamiento sobre la guerra: vencer no es convencer; conquistar no es convertir; la guerra es incivil.
La herida y humillación causada por aquellas palabras lo mantuvo encarcelado en su propia casa. Con un guardia a la puerta y sin querer salir ni a pasear – por las miradas hoscas con las que se tropezaba –, se entretuvo añadiendo poemas cada vez más nihilistas a su “cancionero” y reflexiones a su libro sobre la guerra que, contra su propia biografía, había titulado “el resentimiento trágico de la vida”. Y es que otra de las constantes de aquel tiempo en su pensamiento fue la de atribuir la guerra a una frenopatía social, a un resentimiento exacerbado nacido de la falta de creencias del pueblo. Aunque el concepto de pueblo fue uno de los muchos que se vio obligado a revisar. Como el de España o el de Dios. Él que había escrito tanto sobre la patria, sobre la fe, sobre el pueblo, se veía ahora sin esos conceptos nucleares en su pensamiento, aferrado a ellos sólo por la costumbre, por la incapacidad de dar ya con otros, pero sin creer en ellos.
Amargado, llega a diciembre. Le visita un falangista –Aragón – que le habla de cómo falange trata de defender a la intelectualidad, de cómo se trata de salvar a España. Demente, con sus últimas fuerzas, Unamuno exclama: “No, Dios no puede volverle la espalda a España. ¡España se salvará porque tiene que salvarse!”. Después baja la cabeza hasta el pecho y entra en lo que parece un ligero sueño. Se estaba muriendo. Había muerto.
Esa historia, aquí resumida, es la que con magnífica prosa, gran despliegue de detalles y de hemeroteca y multitud de datos bien traídos, es la que narra el libro “agonizar en Salamanca”, un relato a mitad de camino entre la biografía y la novelización que nos deja entrar en la intimidad, las dudas y el remordimiento de uno de los autores intelectuales más grandes del siglo XX español, creador, a través de su pensamiento, de buena aparte de la mitología castellana y española – usada después con gran despliegue por la dictadura – y héroe del Paraninfo al jugarse el pellejo por decir, como siempre había hecho, lo que creía que tenía que decir.