Ayer en la SER entrevistaron a Rajoy y se pasaron toda la mañana anunciando la entrevista. Para ello, daban información sobre dónde estaba Rubalcaba y dónde iba a estar luego el líder del PP. Todo planteado como un duelo al sol no ya entre dos partidos, sino entre dos púgiles barbudos y, al parecer, tremendamente distintos.
Para lo que no hubo espacio en la SER – como no lo hay en tantos otros medios – es para informar de las propuestas del resto de partidos. Será que, como decía un profesor mío de Opinión Pública, el enfrentamiento vende. Por eso hay que plantear las elecciones como se plantea un Barca-Madrid. Aunque, como ocurría hasta hace no poco en ese mismo partido de fútbol, el resultado del encuentro esté más que cantado y las apuestas sean ya sólo sobre cuántos van a ser los goles de diferencia.
Pero lo que más me indigna de este planteamiento mediático no es sólo que nos presenten las elecciones como un duelo Rubalcaba-Rajoy, sino que nos quieran hacer creer que entre ellos hay diferencias reales y palpables, para lo cual, se han empeñado en agitar como bandera diferenciadora aspectos que en cualquier otro lado sólo distinguirían al ala más moderada de un partido de derechas del ala más radical. Como es el caso del impuesto de patrimonio. Impuesto que, por cierto, ayer Rajoy no se atrevió a decir que fuera a quitar si llega a gobernar.
El caso es que, en lo esencial, las diferencias entre este PSOE derechizado y un PP sumido en la ortodoxia neocapitalista está sólo en las formas, en la aplicación más o menos cicatera de una doctrina que no es tanto económica como política, pero que se revela más hipócrita cuando los que la aplican – como el caso de Esperanza Aguirre en Madrid o Cospedal en La Mancha – juran hacerlo en nombre de la libertad en lugar de reconocer que lo que buscan es favorecer a sus patrocinadores o allegados intelectuales. Todo con el único fin de conservar el poder y aniquilar al rival.
En cualquier caso, y volviendo al terreno de la información, esa exageración de diferencias nimias, ese planteamiento de las elecciones como un duelo presidencialista – como si nuestro sistema electoral fuera el de Estados Unidos -, esa condena al ostracismo de los partidos mal llamados minoritarios (¿cómo puede ser minoritario un grupo de partidos que representan a cinco o seis millones de votantes?), forma parte de un juego que beneficia tanto a los medios – que venden por enésima vez «el partido del siglo» – como a PP y PSOE, que consiguen situarse como únicas alternativas posibles.
En este escenario, el florecer de blogs, redes sociales, asambleas y cuanto método alternativo de información sea posible, debe ser bienvenido por todos aquellos que sigan creyendo – los medios está claro que se han olvidado – que sin información completa, veraz y libre no puede haber una auténtica democracia.