Categories

El alma se apaga, Lajos Zilahy

Extraordinario este fragmento de Lazos Zilay que narra uno de los clímax de la novela:  cuando el hijo decide marcharse a América, en busca de  fortuna. Su padre ha muerto y su familia se ha quedado en la miseria, nadie le ofrece trabajo, ni siquiera los antiguos amigos de un padre que ha dilapidado su fortuna. La decisión pesa como una losa y atraviesa los rostros de todas las personas de su entorno, incluso la gente del pueblo, personas con las que no ha tenido ningún tipo de relación salen a despedirlo, le dan palmaditas en la espalda, le estrechan la mano. Para ellos es un héroe, para ellos su aventura es un acto irreprochable de valentía y coraje. Él piensa que quizá no vuelva a verlos nunca, que está estrechando la mano a los fantasmas.

Cuando sube al tren, sólo un pensamiento se yergue en su cabeza y le gustaría pedir socorro; la visión de su madre, destrozada por las lágrimas, traza una línea divisoria entre los seres que le han acompañado y él mismo: no le preocupa lo que sienta su hermana ni su novio, ellos son jóvenes. Sólo piensa en su madre, en su tristeza; es una visión tan dolorosa que no puede articular palabra. Las palabras se mueren antes de ser pronunciadas por sus labios, sólo tiene fuerza para alzar el brazo, mientras el pueblo se extingue poco a poco de su campo de visión hasta que desaparece.

 

Lo que te pedimos es sencillo: queremos que dibujes con palabras una estampa similar.  Es muy importante que el lector escuche la voz del protagonista, es necesario que consigas el tono apropiado, sin grandilocuencia.  Una vez has conseguido  recrear la estampa, puedes cambiar la voz que cuenta los hechos: ahora los vemos con otros ojos; los ojos de una madre rota por la pérdida. También puedes hacer que sea su propia hermana la que nos relate la situación. En cualquier caso huye del patetismo, estira del estilo, pero hazlo con naturalidad.

 

Aghata

 

 

-Dentro de dos años estaré de vuelta… -dije, pero tampoco yo lo creía.

Mi madre no replicó nada a esta declaración.

-Y escribirá cada día- observó Rózsa.

Yo no decía nada, pero estaba convencido de que esto no podría ser de otra manera.

(Entonces aún no sabía que llegarían tiempos en que dejaría de escribir, por pura pereza, durante año y medio, y más.)

Así transcurrió la mañana. Cuando mi madre se ponía a llorar, Rózsa la consolaba, y al desaparecer ésta en su habitación, era mi madre la que iba detrás de ella.

Yo, durante toda la mañana, no vertí ni una sola lágrima. Sin embargo, me sentía tan postrado que apenas tenía fuerzas para hacer mis maletas. Necesité escribir una lista de una serie de cosas, pero mi mano apenas lograba guiar la pluma. Mi cerebro dejaba de funcionar a veces durante minutos enteros. Me sentía como aletargado. Todo me parecía completamente inverosímil. Echaba impacientes miradas al reloj de pared, y ya hubiera querido verme sentado en el tren; estar más allá del momento de la despedida.

Sí, no cabía duda; aquello lo había dispuesto yo muy mal. Más hubiera valido decir que iba a Budapest y que volvería al cabo de dos semanas. Y, desde la capital, me hubiera podido despedir con una sencilla carta.

Hacia mediodía llegó Gyula. Comió con nosotros. Y ¡no teníamos de qué hablar! Como si algo apretase nuestras gargantas. Lo que había en nuestras almas fue incapaz de surgir a la superficie formulado en palabras. El último plato era maíz hervido, como postre. Gyula preguntó tímidamente:

-¿Sabes si en América comen también maíz hervido como postre?

Nadie contestó. Este había sido ya el tercer intento fracasado de Gyula para deslizar, entre las miradas cruzadas, las sonrisas forzadas y los grandes silencios, unas cuantas palabras animadas. Pero las palabras quedaron allí, muertas, suspendidas en el aire.

Después que comimos, me senté en el diván junto a mi madre, y la tuve abrazada, mientras ella lloraba silenciosamente.

Poco después llegó el tío Sámi. Vino para llevar mi equipaje a la estación. Entró en el comedor con un sencillo <<Buenas tardes tengan ustedes>>, y se detuvo en actitud de espera junto a la puerta. Aguardaba que yo le dirigiera unas cuantas preguntas en tono chocarrero,  tal como acostumbraba siempre que transcurría mucho tiempo sin verlo. Pero esta vez ni una sola salió de mi garganta. Sin duda, el tío Sámi se dio cuenta de lo que pasaba, pues, después de unos instantes, echó mano a mi vieja maleta de lona, que ya había servido a mi padre, y nos dejó solos.

Por fin, transcurrido un tiempo que me pareció infinito, llegó el momento de salir, y nos pusimos de camino, a pie, hacia la estación.

Yo iba delante con mi madre. Rózsa y Gyula nos seguían. Al pasar por la calle principal de nuestro pueblo y dirigirnos la palabra todos los conocidos, sentía surgir poco a poco en mi interior una especie de orgullo. Es ahora cuando me daba cuenta de que, en nuestro pequeño pueblo, mi viaje a América adquiría una importancia extraordinaria. Hudák, el carnicero, salió corriendo de su tienda, tal como estaba, con el delantal lleno de manchas de sangre, para alcanzarme.

-¡Déjeme estrecharle la mano antes de emprender tan gran viaje!

Mi mano quedó toda cubierta de grasa en aquel apretón cordial. Y no podré olvidar nunca que los ojos de Hudák quedaban velados por una lágrima, aunque en verdad no mediaba entre nosotros relación alguna.

En las esquinas había grupos de conocidos y desconocidos que esperaban nuestro paso, pues sabían en qué tren me iba. Querían ver cómo era cuando el sino lo separa a uno de la monótona vida de un pueblo de provincias. Los presidiarios condenados a cadena perpetua puede que acompañen con tales miradas al afortunado que se acerca al abierto rastrillo, entre su doble fila. O acaso me miraban como el globo lleno de gas que, en la feria, se ha soltado de la cuerda que lo sujetaba y desaparece lentamente entre las nubes.

Fueron muchas las personas que me hablaron en esta ocasión por primera vez en su vida. Las breves palabras que llegué a cambiar con ellas, y aquellas fugaces amistades trabadas a última hora, me parecían como niños recién nacidos que abriesen los ojos, mirasen en torno suyo y muriesen en seguida. Yo me encontraba en medio de la gente, confuso y emocionado. Daba vueltas con la cabeza, sin saber a quién debía prestar atención, pues todos hablaban a la vez:

<<Cuando vuelva, dentro de unos años, comprará hasta la fábrica de harina…>> <<Adiós, hijo, mucha suerte, muchas felicidades…>> <<Tengo  un sobrino en Chicago, se llama Sándor Kurda, si por casualidad os encontráis…>> <<¿Cuántos días dura la travesía por mar?…>> <<Bueno, no le entretengamos, porque va a perder el tren…>> <<Pues, hijo, es una gran resolución, un acto de valentía…>> <<Yo, en su lugar, no me iría>>… <<Déjale estar, Ilka, no te metas en lo que no te importa…>> <<Anoche, conversamos de usted hasta las dos de la madrugada…>> <<Yo… lo repito: es un acto de heroísmo…>>

Sí, también yo lo sentía así: un acto. Las personas que conocen el instante helado de la decisión, ganan enteros en la opinión de todo el mundo.

Diez años, diez años… Latían en mi interior, continuamente, estas dos palabras, como el latido del corazón. No sé por qué razón pero me había imaginado que volvería a los diez años. Y, en aquellos instantes de despedida, intentaba mirar a todos desde la perspectiva de aquellos diez años, sobre todo a los viejos. Sí, estos, dentro de diez años, ya no vivirían… El tío Karády, el doctor Vendliczky, la vieja señora de Ezentesi, el señor Saroglya, pintor de brocha gorda, ni la tía Blanca, que ya ni siquiera camina y se limita a tenderme la mano desde su ventana de la planta baja, por entre los tiestos de geranios… Yo, ahora, estrecho las manos de unos difuntos.

El tío Lebschütz me espera en la puerta de la farmacia con un paquetito preparado de antemano.

-Ten, hijo; es un botiquín de viaje: aspirina, tintura de yodo, gotas tonificantes para el estómago y otras cosillas… En cada una aparece escrito para lo que sirve. Sales para un largo viaje; te podrá servir algún día.

También el tío Lebschütz habrá muerto. También él. ¿Voy a echar sobre él aún una mirada retrospectiva? << ¿Qué sí, que sí.>> Nos hacemos señas con la mano.

Por fin, la estación. Mi madre llora ruidosamente. También Rózsa. Se apoyan una a cada lado de mis hombros. Gyula ha palidecido visiblemente. Nos queda muy poco tiempo pues el rápido ya no se detiene en nuestro pueblo más que un solo minuto.

Desde la ventanilla miro a mi madre. Sólo la miro a ella, con una mirada fija, violenta. Rózsa y Gyula no me interesan. No les toca ni el más mínimo pestañeo de mis ojos. Ellos son jóvenes.

Mi madre ladea un poco la cabeza; las comisuras de sus labios se contraen; su rostro está trabajado por el llanto. Tal como está allí, sin que se interponga el brillo de sus gafas, veo directa y profundamente en el fondo de sus ojos.

El tren arranca, se pone en marcha. Me inclino por la ventanilla y grito algo con todas mis fuerzas a mi madre. Mi voz suena como si pidiera auxilio.

Agito mi pañuelo por la ventanilla; mas no me quedan fuerzas para moverlo. No veo nada, mirada está velada. Me quito las lentes y me froto los párpados; aún les vislumbro por última vez. Rózsa y Gyula conducen a mi madre, sosteniéndola cada uno por un brazo, avanzan con paso lento. Ella, como si estuviera a punto de desplomarse. La había visto de la misma manera en el entierro de mi padre, cuando la obligaron a retirarse de la tumba.

Medio minuto más tarde, el tren traquetea ya por el puente de hierro del río. Y desaparecen la torre del pueblo y la chimenea de la fábrica de harinas.

El alma se apaga, Lajos Zilahy.

Ed. Círculo de lectores

Leer El alma se apaga, Lajos Zilahy en Por el sendero de la creatividad