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Prólogo prefaciano introductorio. El gato sobre la cacerola de agua hirviendo, Manuel Valera

Aún así, soy alguien.

Soy el Descubridor de la Naturaleza.

Soy el Argonauta de las sensaciones verdaderas.

Traigo al Universo un nuevo Universo

porque traigo al Universo el Universo mismo.

Alberto Caeiro

Sabemos que el escritor es un fingidor, alguien que inventa una historia para deleite del lector. Una vez comenzado su periplo parece que la historia sale por sí sola, como si esta tuviese entidad propia independiente; el escritor no es dueño de su historia, esta surge con naturalidad ante sus ojos, se crea a sí misma y lo ha elegido a él, como podría haber elegido a cualquier otro. Te proponemos ahora que pienses en ese estado alucinógeno y escribas el prólogo introductorio. Cuánto más subversivo e irreverente, más llamarás la atención del lector, más atraparás su interés,  al fin y al cabo eso es lo que se pretende.  

 

Prologó prefaciano introductorio

 

En el principio, los folios estaban blancos y nada había escrito en ellos. Y la tinta se removía dentro del bolígrafo con ganas de crear, con ansia de dar forma a paisajes, a caracteres, a narraciones extraordinarias.

Pero el autor cogió el bolígrafo, máquina de escribir y papeles, un paquete de tabaco, un vaso de agua y un cenicero vacio, todo ello con jazz de fondo, y comenzó a escribir en la mesa de una cocina, cuando enero estaba agonizando y el fin de semana era el primero del año en el que el frío remitía.

Los movimientos de mano parieron algunas letras, y el autor vio que eran buenas y dijo: << Que se escriban muchas más como estas y que juntas den a luz algo con sentido, que entretenga, tenga y sugestione al lector>>; y la mano continuó adelante, como si estuviera haciendo muchas firmas seguidas, garabatos incomprensibles desde el otro lado de la mesa, con el humo creador conquistando la cocina en cada bocanada, con los bajos, y con las guitarras, y con las trompetas de fondo.

Y el autor vio que todo eso era bueno, y se encendió otro cigarro, y continuó escribiendo hasta que las manos le sangraron, con lo cual siguió escribiendo con la sangre en vez de con tinta, y después con el cigarro, y después con la trompeta y con los mofletes del trompetista de jazz, y no paró hasta que el Prólogo Prefaciano Introductorio estuvo acabado.

Y entonces descansó durante el resto de la novela, que se escribió sola.

Así fue, más o menos.

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