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La ciudad de los libros soñadores, Walter Moers

Imaginación al cubo, eso es lo que despliega este libro. Toneladas de imaginación maceradas con un humor muy ácido en ocasiones, el autor no deja títere con cabeza. Cualquier fragmento del libro podría servirnos para un ejercicio creativo, pero a mí… me ha gustado este, tal vez por su tremendismo, por el curioso modo de introducirnos en una leyenda que, aunque no se sabe si es cierta, parpadea ante nuestros ojos cuando entramos en esa parte de la ciudad. Lo que te propongo es que te inventes otro monstruo con el que hacer las delicias del lector. Puedes pensar en todos y cada uno de “tus terrores favoritos”, pero el que escojas, debe ser lo suficiente creíble para que no distorsione dentro del conjunto.

Aghata.

 

Setenta y siete, setenta y ocho… Por suerte conozco las antiguas cifras de la mística de los números libroquimista, porque de otro modo no hubiera podido leer los de las casas. La calleja del Hombre Negro era la más antigua de Bibliópolis. Las casas eran allí tan viejas y ruinosas que estaban medio hundidas en el suelo, y sus techos tan torcidos sobre las ruinas como sombreros de alquimista desplazados. De los muros crecían cardos y gruesas alfombras de hierba en las que anidaban los pájaros se extendían sobre las ripias. Los caballetes de los tejados de los edificios situados frente a frente casi se rozaban, de tanto que se habían inclinado hacia delante. Sí, las antiguas ruinas parecían acercarse cada vez más para echarme una ojeada a mí, huésped no invitado. Aunque era mediodía y el sol brillaba, me movía por las estrechas callejas casi siempre en sombras. Me invadió la idea de que todas juntas constituían un solo edificio, en el que me había introducido como un ladrón. Salvo el zumbido de los insectos y el griterío de los gatos, no se oía nada. Los adoquines habían saltado en muchos lugares a causa de las malas hierbas, y a veces veía ratas flacas que se deslizaban con rapidez por las calles. ¿Vivía alguien allí? No era de extrañar que por aquellos barrios no se perdiera ningún visitante normal. Me parecía haber entrado por una puerta invisible en otro tiempo, siglos, quizá milenios atrás, en una época olvidada en la que dominaba la descomposición.

 

Cientoveintisiete, cientoveintiocho… Tiritaba de frío, y tuve que pensar en un capítulo del libro de Rayo de Lluvia en que hablaba de aquel barrio y de su sombría historia… y también en la leyenda del Hombre Negro de Bibliópolis. Allí habían vivido hacia cientos de años los libroquimistas, que habían determinado decisivamente la historia de la ciudad. El libroquimismo era una variante bibliopolitana de la alquimia. Los libroquimistas habían sido en parte científicos, en parte médicos, en parte charlatanes y en parte libreros de viejo que habían fundado un gremio. El arte  de imprimir libros, la venta de libros antiguos, la química, la biología, la física y la literatura se combinaba con la magia de conjuros, la adivinación, la interpretación de las estrellas y otras hechicerías de una forma desastrosa, y lo resultante podía llenar bibliotecas enteras de literatura de terror.

 

Doscientos cuatro, doscientos cinco… En aquellas viejas casas se había hecho el intento estrafalario de transformar tinta de imprenta en sangre y sangre en tinta de imprenta… por los descerebrados motivos que fuera. Al parecer se habían producido escenas indescriptibles cuando los libroquimistas, en noches de luna llena, se congregaban en las callejas, celebraban los rituales contenidos en el Libro de las Doce Mil Reglas y realizaban espeluznantes experimentos con animales  y otras formas de vida. Esto había ocurrido en la época en que los bibliopolitanos habían sido expulsados de los laberintos por catástrofes naturales y pestes, en los tiempos en que la civilización comenzaba apenas a brotar, una etapa revuelta de transición entre la barbarie y la ley, entre los cultos mágicos y la verdadera cultura.

En la calle del Dolor, una de las que salían de la calleja del Hombre Negro, había aparecido el primer hombrecillo doliente. Allí se habían criado gatos volantes y, al parecer, incluso libros vivientes. En su megalomanía de creer que se podía crear también en la realidad todo lo que se podía imaginar sobre el papel, los libroquimistas hacían horribles experimentos, y durante mucho tiempo pulularon por aquel barrio criaturas que desafiaban toda descripción.

 

 

Doscientos cuarenta y ocho, doscientos cuarenta y nueve… Un día, cuenta Rayo de Lluvia, los libroquimistas quisieron crear un gigante, una gigantesca criatura de papel que protegiera a Biliópolis de todos sus enemigos. Se hirvieron libros para convertirlos en pasta, se mezcló tinta de imprenta con hierbas, se celebraron rituales, y finalmente se formó un hombretón de papel triturado, animales triturados y turba triturada del Cementerio de los Poetas de Gullsgard, tan grande como una casa. Lo empaparon de tinta de imprenta, para que fuera más espantoso aún, y lo llamaron el Hombre Negro. Luego, diez libroquimistas se quitaron la vida y ofrecieron su sangre para empaparlo igualmente con ella.

Finalmente le metieron una barra de hierro por la cabeza y, durante una tormenta le introdujeron los pies en dos tinas de agua. Al parecer, un poderoso rayo atravesó la barra y despertó a la vida al Hombre Negro, que lanzó un grito aterrador y salió del agua, rodeado de serpenteantes descargas eléctricas. Los libroquimistas dieron gritos de júbilo y lanzaron al aire sus puntiagudos sombreros, pero entonces el Hombre Negro se inclinó, agarró a uno de ellos y lo devoró entero. Luego recorrió la ciudad, agarrando indiscriminadamente habitantes que chillaban y engulléndolos. Arrancó los tejados de las casas, metió la mano y devoró todo lo que se movía.

Al parecer, un solo bibliopolitano audaz prendió finalmente fuego con una antorcha al Hombre negro. Pero entonces el gigante, bramando y ardiendo, se tambaleó por la ciudad incendiando con sus llamas casa tras casa, calle tras calle… hasta que se desplomó como un montón de cenizas grises. Así se produjo, según dicen, el primer gran incendio de Bibliópolis.

 

Trescientos, trescientos uno… Probablemente la realidad fue que algún librero distraído volcó una lamparilla de aceite y, al paso de los siglos, había ido surgiendo aquella espeluznante historia de terror.

 

Trescientos once, trescientos doce… Sin embargo, cuando uno se deslizaba por allí entre las ruinas negras como el ala de cuervo, los antiguos cuentos de viejas parecían plausibles. Si alguna vez en Zamonia se había convertido la tinta en sangre y el papel en ser vivo… había sido allí, en el corazón de aquella ciudad demente.

 

Trescientos veintidós, trescientos veintitrés… El núcleo urbano de Bibliópolis era un mundo entre la locura y la realidad, una alquimia cuajada en arquitectura.

Walter Moers

La ciudad de los libros soñadores (“Un fantástico viaje al mágico reino de la literatura”) Ed. Maeva.

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