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Leyendas de los Otori, El vuelo del ruiseñor; Lian Hearn

La capacidad de Takeo para auscultar y reconocer los sonidos de la noche, le  resulta incomprensible. Lo cierto es que esa capacidad le salvará el pellejo en más de una ocasión. Escrito con un lenguaje capaz de erizar la piel del lector, este fragmento nos muestra cómo la autora describe ese poder oculto que poco a poco irá hilvanándose alrededor del personaje, hasta que descubrirnos quién es y el motivo- no del todo desinteresado- que ha tenido su salvador para querer  adoptarlo. Lo que te proponemos es que sigas el hilo de los acontecimientos,  justo en este momento, cuando se supone que comenzará la pelea por la supervivencia.

Aghata

 

-Habéis cometido un error- dijo Ichiro-. Nadie os culpará por reconocerlo: las circunstancias de la muerte de vuestro hermano lo explican. Enviad al chico al lugar del que procede y continuad con vuestra vida.

<<Y dejadme a mí continuad con la mía>>, parecían transmitir sus palabras. Ichiro me recordaba constantemente los sacrificios que tenía que hacer para instruirme.

-No podéis reproducir al señor Takeshi- añadió, ahora con voz más suave-. Vuestro hermano era el resultado de muchos años de entrenamiento e instrucción, y por sus venas corría la mejor de las sangres.

Yo temía que Ichiro se saliera con la suya. El señor Shigeru estaba unido a él y a Chiyo con las ataduras y exigencias que el deber impone, del mismo modo que ellos estaban ligados a su señor. Otori mantenía su poder sobre todos los moradores de la casa, pero pronto comprendí que Ichiro tenía el suyo propio y sabía cómo ejercerlo. Por otra parte, los tíos del señor Shigeru tenían potestad sobre su sobrino; él debía obedecer los dictámenes del clan. No existía razón alguna por la que debiera mantenerme a su lado, y nunca le permitirían que me adoptase.

-Ichiro, observa la garza- dijo el señor Shigeru-. Fíjate en su paciencia. Date cuenta del tiempo que permanece inmóvil hasta obtener lo que desea. Yo tengo la misma paciencia, y ésta muy lejos de agotarse.

Los labios de Ichiro estaban fruncidos y mostraban su expresión favorita, la de la ciruela agria. En ese momento, la garza clavó su pico en el agua y después se marchó, agitando con fuerza sus alas.

Oí el chirrido que presagiaba la llegada de los murciélagos al atardecer. Levanté la cabeza y vi cómo dos de ellos bajaban en picado hacia el jardín. Mientras Ichiro seguía refunfuñando y el señor le replicaba sin perder la calma en ningún momento, yo escuchaba los ruidos de la noche que se aproximaba. Con el correr de los días mi oído se volvía más fino. Ya me estaba acostumbrando e iba aprendiendo a filtrar los sonidos que no necesitaba escuchar, sin dar señal alguna de que podía percibir todo lo que pasaba en la casa. Nadie tenía idea de que yo era capaz de enterarme de todos sus secretos.

En ese momento oía el siseo del agua caliente mientras preparaban el baño, el estrépito de los platos en la cocina, el suspiro del cuchillo de la cocinera al deslizarse, las pisadas de una muchacha calzada con chinelas sobre la vereda que rodeaba la casa, los cascos y relinchos de los caballos de los establos, el llanto de una gata que amamantaba a cuatro crías y siempre estaba famélica, el ladrido de un perro dos calles más allá, el castañeteo de los zuecos sobre los puentes de madera de los canales, los cánticos de los niños y el tañido de las campanas de los templos de Tokoji y Dishoin. Conocía la melodía de la casa, la del día y la de la noche, bajo el sol y bajo la lluvia. Aquella tarde me percaté de que siempre estaba a la espera de escuchar algo diferente. Yo también esperaba, pero ¿a qué? Cada noche, antes de dormir, me venía a la mente la imagen de la montaña, la cabeza degollada, el hombre con cara de lobo sujetando con fuerza el muñón de su brazo… También veía a Lida Sadamu sobre el suelo, y a los cadáveres de mi padrastro y de Isao. ¿Aguardaba yo a que Lida y el hombre con cara de lobo me alcanzasen? ¿O tal vez mi oportunidad de venganza?

De vez en cuando intentaba rezar al estilo de los Ocultos, y esa noche elevé mis plegarias para que se mostrara el camino que debía seguir. No lograba conciliar el sueño. La atmósfera era pesada y no corría una gota de aire; la luna llena se ocultaba tras espesos bancos de niebla, los insectos nocturnos se mostraban inquietos y ruidosos, y podía oír cómo  los dedos de una salamanquesa se adherían al techo cuando lo cruzaba para cazarlos. Tanto Ichiro como el señor Shigeru dormían profundamente. Ichiro roncaba. Yo no quería abandonar la casa a la que tanto había llegado a amar, pero al parecer sólo le había traído problemas. Si desapareciera en la noche, tal vez fuera lo mejor para todos.

Sin ningún plan que seguir, ¿qué podía hacer? ¿Cómo sobreviviría? Me preguntaba si lograría salir de la casa sin que los perros ladrasen y despertasen a los guardias. En ese momento empecé a rastrar el sonido de los perros. Normalmente los oía ladrar a intervalos durante toda la noche, pero había aprendido a distinguir sus ladridos y a ignorarlos en su mayor parte. Agucé el oído, pero no percibí sonido alguno. Entonces me esforcé por escuchar a los guardias: el ruido de sus pisadas sobre la piedra, el tintineo del acero, los susurros de una conversación… Nada. Los sonidos que deberían existir habían desaparecido del familiar tejido de la noche.

Ahora estaba totalmente despierto, haciendo esfuerzos por oír por encima del fluir del agua en el jardín. El torrente y el río llevaban poco caudal, pues no había llovido desde el cambio de luna.

Percibí un débil sonido, apenas una pequeña vibración, entre la ventana y el suelo del jardín.

Por un momento pensé que la tierra estaba temblando, lo que no es infrecuente en el País Medio. Siguió otro temblor diminuto y luego otro más.

Alguien estaba escando por un lateral de la casa.

Mi primera reacción fue la de gritar, pero la astucia se impuso: el grito despertaría a los habitantes de la casa, pero alertaría asimismo al intruso. Me levanté del colchón y me deslicé silenciosamente hasta el señor Shigeru. Mis pies conocían bien el suelo e identificaban cada uno de los lugares en que podía crujir. Me arrodillé junto a él y, como si nunca hubiera perdido la facultad del habla, le susurré al oído:

-Señor Otori, hay alguien fuera.

Se despertó de inmediato, me miró fijamente por un instante y agarró el sable y el cuchillo que tenía a su lado. Yo señalé la ventana con un gesto. El débil temblor se notó de nuevo, como si un pequeño peso empujara ligeramente el lateral de la casa.

Leyendas de los Otori, El suelo del ruiseñor; Lian Hearn

Ed. Santillana

 

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