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Entrevista a Juan Planas (Fuente: Agitadoras)

Inés Matute

Tras obtener el premio de la Asociación de Editores de Poesía con “Tratado de las cosas sin nombre”, Juan Planas (Palma 1956) publica “Los lugares del silencio”. Le entrevisto mientras nos tomamos un café en uno de los bares de la Plaza de España, en un lluvioso sábado de marzo.

Tus títulos suelen ser bastante enigmáticos- Fuera del tiempo, Alrededores o la mansión de las luciérnagas, Tratado de las cosas sin nombre, etc- ¿ Qué son los lugares del sitio? ¿De qué sitio estamos hablando?

Hace ya mucho tiempo, querida Inés, que dejé de creer en la autoridad suprema del autor respecto al significado último, o primero, de sus obras. Quizá por ello, lo cierto es que suelo hablar muy poco del trasfondo de mis libros y que prefiero, por supuesto, que sea el propio lector quien se encargue, por su cuenta y riesgo, de desmadejar sus presuntas tramas, si puede, si sabe, si quiere. Pero, siéndote sincero, no creo que mis títulos sean, en absoluto, enigmáticos; al revés, los tengo por sumamente descriptivos… aunque sólo sea, y lo digo sin ironía ni sarcasmo, porque describen a la perfección ese turbador espejismo que siempre acaba plasmando, aunque sea de forma oblicua o colateral, el lenguaje. ¡Sobre todo, el mío! Ahí sí puede residir, tal vez, su aparente naturaleza hermética, pero no mi voluntad de complicar, aún más, las cosas. Al contrario.

Pero contestando a tus preguntas, sí te puedo precisar, aunque sea con las reservas de rigor, que en este poemario, el sitio, es decir, el asedio, es el protagonista único del libro y que los lugares son su paisaje, las formas que adopta el poema para mostrárnoslo desde todos los ángulos posibles. Enfocándolo y desenfocándolo, sumergiéndolo en el paso del tiempo -que, como bien sabes, es sólo una simple sucesión de referencias y no otra cosa- y convirtiéndolo, por ejemplo, en el perfil indeciso de un cuerpo, en las ruinas de una ciudad sitiada o en unas marcas de agua, ilegibles, pero centelleantes. Esos, y muchos otros, son los lugares del sitio.

¿El título del poemario es lo primero que se te viene a la cabeza o algo que surge durante el proceso creativo?

Si la memoria no me falla, estoy casi seguro que todos mis libros tuvieron título antes de llegar a esa ceremonia obligada del punto y final. Pero «Los lugares del sitio» son una excepción a esa regla, porque el título fue lo último que le puse al libro, aunque no pienso que la anécdota tenga mayor importancia, la verdad. Con todo, este libro se me convirtió en una pesadilla durante algún tiempo. No sabía por dónde quería llevarme… así que lo acabé encerrando en un pequeño cajón y lo retomé al concluir «Tratado de las cosas sin nombre». Esa demora le sentó bien, creo, y me demostró que, en cualquier caso, siempre se está en camino de nuevos hallazgos.

Te entrevisté para la revista Espacioluke hace ya algunos años. ¿Qué ha cambiado en el poeta y qué ha cambiado en tu vida?

Ha pasado el tiempo, sí, que -aparte de ser, supongo, una buena noticia- es una suma (o una resta) de sucesivos referentes culturales, de idas y venidas, de personas, de pensamientos y hasta de conceptos que quedaron atrás y, tal vez, desaparecieron y dieron paso a otros y a otras, etc… Pero no tengo la sensación de grandes cambios. Desde siempre voy meciéndome donde me apetece y quiero y puedo y me dejan. Mi vida es, pues, y básicamente, tal y como deseo que sea, sin demasiados aspavientos y con pocos, pero escogidos, contactos exteriores. No tengo queja alguna (pero si las tuviera tampoco las haría públicas, tenlo por seguro).

¿Cuál sería el mejor mensaje de un escritor postmoderno? (advertencia: la pregunta no es mía, sino de un entrevistador “profesional”)

No tengo ni idea. Será que los entrevistadores profesionales viven en un mundo distinto al mío, o será cualquier otra cosa que ni tan siquiera imagino, pero lo cierto es que no conozco a ningún escritor postmoderno, aunque sí, me temo, a algunos postmodernos que hacen como si escribieran… ¡y que hasta publican y tienen éxito! En fin. Todo ese marketing me asquearía bastante, la verdad, si fuera tan ingenuo como para tomármelo en serio. Como no es el caso, vamos a olvidarnos de ellos y así salimos todos ganando, no te parece?

En la página 19  nos dices: “El poema no empieza ni termina, no tiene cuerpo ni volumen,  sólo textura y música, substancia de pedernal que se deshace cuando la palpamos. Nuestras palabras siempre viajan en un sobre vacío”.  ¿La poesía, hay que entenderla o basta con sentirla?

No acabo de discernir la diferencia entre entender algo o sentirlo. El conocimiento no es sólo dialéctico, ni sólo cartesiano, ni sólo platónico… Incluso puede que no sea ni una sola de esas pocas enunciaciones de una lista que podría, casi, ser eterna. La verdad es que nunca me planteo qué cosa, con exactitud, dice o quiere decir un poema. Tampoco sentirlo, aunque sea entre comillas, me parece especialmente relevante. La poesía simplemente hay que leerla y ya se encarga, entonces, el propio lenguaje de comunicarnos -que esa es la función esencial del lenguaje y no la del escritor, aquí reducido a simple observador o a mensajero- su azar y sus tinieblas, su pálpito, quizá su música, su olor, su alarido o su silencio. Lo que sea.

Sabemos que un poeta no trabaja como un oficinista. Háblanos de tu ritual de escritura, si es que lo tienes. ¿Hay una hora del día, un momento, un lugar donde los versos casi llegan solos? ¿Escribes a diario?

Los versos no llegan solos. Me temo que hay que trabajarlos muy mucho para acercarse, siquiera, a ellos. Pero no tengo ningún ritual especial a la hora de ponerme a escribir, más allá de mi preferencia por la soledad y, sobre todo, por un razonable silencio alrededor. También ayuda un escritorio cómodo, un buen monitor y unos cuantos diccionarios a mano… pero no son imprescindibles. En realidad, nada lo es, salvo la extrema voluntad de escribir. O de no hacerlo, claro.

¿Qué opinas de la poesía actual, en caso de conocerla?

No creo que la calidad de la poesía que se pueda hacer en estos momentos difiera, sustancialmente, de la que se haya hecho en el pasado o de la que llegue a hacerse en el futuro. Hablamos de una actividad muy restringida y minoritaria y, ahora, como antes o después, siempre serán muy pocas las voces que logren sobrevivir a su tiempo. Pero eso es normal y hasta deseable. Otra cosa, muy distinta, sería hablar de la cantidad de poetas que Internet (y un montón de editoriales sin más criterio que la usura partidista de las subvenciones) nos acercan cada día… ese gentío ya se sabe lo que apesta, pero en fin… tampoco me importa ni me concierne demasiado. La verdad es que no tengo duda alguna de que el cadáver exquisito de la poesía actual goza de excelente salud.

Tus columnas periodísticas te obligan  a estar muy al día de lo que ocurre en el mundo, sobre todo en Mallorca, y tengo la sensación de la actualidad no es algo que, fuera de lo laboral, tenga mucho que ver contigo….

Ah, la actualidad… También pensé que no tendría mucho que ver conmigo, pero ahora sé que me equivocaba por completo. Todo es cuestión de mirar con la misma mirada de siempre y traducir lo que estás viendo sin abandonar tu propio estilo literario. O sin traicionarlo un ápice, mejor. Vale que el lodazal político isleño sea un lugar repugnante, eso es obvio, pero nada ni nadie me impide escrutarlo, primero, y narrarlo, después, a mi manera. Y la verdad es que me entretiene bastante hacerlo. O mucho. También hay poesía en los despachos, conserjerías y garitos de las cloacas. ¿Por qué no iba a haberla?

Ya sé que es mucho pedir, pero, intenta poner un adjetivo a las siguientes palabras:

Es mucho pedir, es cierto, pero démosle material de desguace y hasta carnaza a algún aprendiz de psicoanálisis. Vamos, pues, a tumba abierta con los adjetivos…
Amor – terrenal
Enfermedad – palpitante
Madurez – tranquila
Pasión – desmedida
Magia – silenciosa
Isla – amordazada

¿Existe “el patrón de oro” cuando se trata de escribir un poema?, ¿cuál es el fallo más habitual? (intentamos orientar a nuestros lectores más jóvenes, que no dejan de enviarnos poemas a la revista).

Es  muy difícil dar consejos de forma genérica. Por fortuna, cada uno es cada cual y espero y deseo que eso no llegue a cambiar nunca. Recuerdo que cuando tenía alrededor de veinte años iba a visitar a Cristóbal Serra tan sólo para escucharle. Me hablaba sobre la Biblia y sobre el Apocalipsis de San Juan, pero también sobre Blake, Michaux, Milton, Dante, Eliot, Swift o Ramón Gómez de la Serna. Le llevaba, también, algunos de mis primeros poemas y él no dudaba en hacérmelos trizas y en corregírmelos una vez y otra… Aprendí mucho con él. Me previno, esencialmente, contra los peligros de la grafomanía. Contra eso y contra la obsesión de publicar a toda costa, no está nunca de más prevenir a los que empiezan. Sin olvidar, por supuesto, que en este curioso oficio siempre se está empezando…

En uno de los periódicos de hoy, Luis Antonio de Villena dice que el buen poema raramente es un acto inocente, que es una oscura matemática. ¿Estás de acuerdo?

Bueno, la frase es tan voluntariamente ambigua -por cierto, mucho más que la pose y que la obra de su autor- que resulta difícil discrepar, abiertamente, de ella. No está mal, pero supongo que se puede mejorar… Tal vez no haya ni actos inocentes ni actos culpables. Tampoco matemáticas mucho más oscuras que otras. En fin. Con todo, es un bobada que se pretende, eso sí, muy solemne… ¡Creo que me está entrando la risa!

¿Cuáles son tus límites? ¿Te reconoces en tus poemas?

Mis límites, mis posibilidades… Qué sé yo. Resulta muy difícil hablar sobre esos temas sin traicionarse o caer en la auto-parodia. Mira, absolutamente todo, todo, es (y está) inacabado por naturaleza. Hay un lecho del deseo y otro de la realidad, y no hay forma de escapar a una gran evidencia, y es que una noche dormimos en uno y, sin embargo, y sin que sepamos cómo ni por qué, nos despertamos en el otro. Y viceversa. Con el espejo pasa lo mismo; en ocasiones, el espejo nos resulta familiar y, en ocasiones, esquivo; a veces nos reconocemos en él y, a veces, no. Pero ninguna opción resulta, absolutamente, preferible a su contraria. Hay que saber perderse y saber encontrarse con la misma lujuria, con idéntico humor, con igual incertidumbre.

¿En qué lugar del sitio te encuentras más a gusto?

Exactamente en el lugar en el que estoy, porque, además, me temo que no podría estar en otro. En el poemario, más o menos, lo digo: «Estamos donde siempre, y es lugar es incierto». No le busco salidas, en el libro, a ese laberinto ni tampoco vías de escape a ese asedio, no lo juzgo con beligerancia ni con benevolencia. Ni con optimismo o pesimismo. Tan sólo lo ausculto, lo tiento, quizá lo recorro, o eso imagino y, pese a todo, la única prueba que tengo de su existencia es que sé que está en el poema, porque el poema así me lo dice y me lo muestra. ¿Como una visión espectral? Es posible. Pero el poema sólo existe en sí mismo y es ajeno a todo lo demás. Quizá indiferente, incluso. Estoy convencido de que la indiferencia es un gran bálsamo…

Hace poco, Marcos Torío te preguntó si el infierno es un buen alimento para la poesía.

El infierno es un excelente alimento para la poesía. Como el purgatorio o como el mismísimo cielo. En todos estos lugares, el asedio es el mismo. En todos hay que enfrentarse al lenguaje como lo que es, la única cosa que somos y fuimos y seremos. El tiempo, aquí, no existe, salvo como una sucesión magnífica de referencias culturales. Esa bruma que nos parece tan nueva es, en realidad, muy vieja y muy antigua. Igual en nosotros que en nuestros antepasados o en quienes nos sucederán. Lo único necesario para sobrevivir a la asfixia es conocer su génesis, su historia, su razón de ser y su voluntad, pese a todo, de seguir coleccionando hallazgos entre las tinieblas. La poesía es oficio de tinieblas.

Finalmente, y entrando en temas mucho más prosaicos, ¿qué promoción vas a hacer de este libro?

Prácticamente lo de siempre, unas cuantas entrevistas y unas pocas presentaciones que son, por supuesto, tan sólo un magnífico pretexto para reencontrarme con buenos amigos o, incluso, con algún que otro lector desconocido. Para cuando esta entrevista vea la luz en Agitadoras.com ya lo habré presentado, si ningún apocalipsis lo impide, en Madrid y en Valencia.  Pero aún me falta la cita del próximo día 8 de abril en Palma, en la Librería Literanta. Espero reencontrarme, ahí, contigo y con muchos de tus lectores. Ojalá.

Juan Planas en El Mundo, Sábado 26 de Marzo de 2011