Extracto obra

Los lugares del sitio

Cada instante es único y su soledad nos agobia.
Errante en las arterias el veneno
deja su arco de fiebre y sus flechas
en el pulso de esta ciudad rendida
y somnolienta. Pálida larva de fuego.

Nadie tienta la luz bajo sus pórticos
ni esculpe el grito exacto de la escarcha.
El moho de las vendas se adhiere a la piel
y un aluvión de personajes bate
sus colmillos a modo de alianza.

 Escribir su historia es asomarse
a la palabra que cae sobre la piedra.
Láminas que se cruzan y son tumbas.
Heridas en los brazos de un suicida.
Sombras sin márgenes en un cuaderno
de páginas estrechas y quebradas.
Inmóviles rumores invisibles.

Hay un ángel de plomo envolviendo
con un velo de almagre las aristas del cuerpo,
el rostro, el paisaje, las entrañas disueltas.
A veces, el silencio y el desencanto,
el temor o la angustia nos transforman
en estatuas de sal. Alrededor no hay nadie,
ni lo hubo nunca; sólo las hojas de los árboles,
que nos sepultan mientras vigilamos,
indiferentes, el vaivén de la marea
–o cualquier otra línea imaginaria–
en busca de raíces y excrementos.

 La hora del té no existe. Preferimos
alargar la siesta hasta el anochecer
y permitir que el alba nos sorprenda
apostando frenéticos en un ring de lodo.

No hay límites en este juego. Nadie
tiene absolutamente nada que ganar.

Labramos las consignas en los cuerpos
sudorosos. Nos gusta abrir sus llagas
y murmurar sobre la descomposición
de la carne o la ausencia, tal vez, del espíritu;
como si todavía conservásemos
el discurso ilustrado y gigantesco
de las generaciones pasadas. Nos alivia
ver cómo se retuerce la caligrafía ilegible
de nuestros pensamientos. Intentamos
no levantar jamás la vista al cielo.

Nos gustaría hacerlo pero sentimos
tanto pánico a la belleza
como respeto a nuestra condición de lisiados.

Parece que el aliento de la Hidra
desdibuja la noche con sus cuchillas de oro.

Pero hoy regreso a las terrazas arrasadas
por bancales de niebla y fuego, en busca
del néctar de algún cuerpo que se parezca
al tuyo. Te conocí de noche, cuando el amanecer
ya era casi imposible y me sabía presa fácil,
légamo púrpura en tus uñas rojas,
y me rondaba el frío azote de la anemia,
su extraña percusión en el pecho, su hormigueo
insoportable en el vientre y en las manos desnudas,
el crujido rotundo en el cuello y el rápido viaje
de las cabezas rodando, el ombligo anudado
y el estertor de la asfixia. Te lo dije y callaste.

O quizá sólo sonreíste admirablemente
sabiendo que el placer siempre es anónimo.

No somos nadie. O sí. Somos Ulises
burlando a Polifemo. Los orgullosos descendientes
de una tribu en viaje hacia el reino del olvido.
Ya hemos llegado, pero preferimos ignorarlo
y fingir que el destino es un lugar inalcanzable.

Nos adornamos con alhajas negras, con túnicas
repletas de ecuaciones científicas y llanto
de algún bisonte herido en la estampida;
bailamos al ritmo único de los timbales
y arañamos la cal del muro, la piedra viva
y finalmente el hueso.

 No importa si el vacío nos embriaga.

 Brilla un candil, allá muy lejos.
Podría ser una estrella fugaz, una hoguera
o el lugar siniestro de un último combate.
Podría ser la imagen devuelta de la sed
o el clamor de Babel desmoronándose.