Literatura

Los muertos ilustres


La Telaraña en El Mundo.

 Me desagradan las necrológicas. Pasa, sin embargo, que hablar de algunos vivos resulta, a veces, poco menos que insoportable. Enciendo la televisión y me tropiezo con varias tertulias agitadísimas en las que los egregios tertulianos habituales parecen querer hablar de Donald Trump, pero sólo alcanzan a hablar, en realidad, de sus propias obsesiones y paranoias, de sus frustraciones personales o sociales, de su mundo convertido, finalmente, en una caricatura ideológica donde el flequillo imposible del nuevo presidente electo americano resulta ser la ola perfecta para tanto surf hacia no se sabe qué arrecifes fatales. No, hoy no voy a hablar de Trump, ni de sus semejantes en las islas: Jarabo, Huertas, Seijas, Bachiller y las guerras domésticas de Podemos con el telón de los presupuestos de IB3 o de la Facultad de Medicina al fondo. Mejor preservarse de tanta mediocre vulgaridad. Mejor hablar de algunos muertos ilustres.

 La noticia, el pasado viernes, del fallecimiento de Leonard Cohen me dejó dolido. «Más que oscuro, negro... Bowie, Cohen. Año Terminal», escribí en mi muro de Facebook mientras hacía trizas las colas interminables de la muerte y dejaba que David Bowie y Leonard Cohen simbolizaran, por sí mismos, esa otra multitud que somos, esa negra lista de espera que habitamos, ese rosario infernal y, a la vez, glorioso de recuerdos, más o menos impostados, a los que rendimos pleitesía convirtiéndolos en pasos lentos y solemnes de una comitiva fúnebre que avanza, se detiene o retrocede, que danza, religiosamente ebria, a la luz indecisa de las velas y exhibe nuestros cuerpos magullados, repletos de llagas cubiertas de sal, sudor y calima crepitantes, bajo la mirada púrpura y cecuciente del tiempo, acaso detenido, ensimismado o ausente, pero que, sin embargo, late y hasta, quizá, palpita; y es así que envejecemos. Pura lujuria. Envejecemos.

 Muere gente, sin embargo, que no conocemos: Leon Russell, ayer mismo, y no pasa nada. Alguien publica un suelto con su obituario y si, por azar, lo leemos echamos la vista atrás y nos acabamos encogiendo de hombros. Imposible recordarlo todo. La vida sigue, nos decimos; y, en efecto, la vida sigue, tanto si decimos algo como si no lo decimos. Leonard Cohen (al que, de hecho, tampoco conocemos) llevaba rondándonos desde el principio de los tiempos con su asombrosa dicción grave, sus seis acordes de siempre y sus libros, no siempre bien leídos ni traducidos, con su imagen sobria, aseada y elegante, con su discurso forjado a base de hermosísimas y repetidas metáforas, a base de fracasos repletos de ternura y de ironía: el imprescindible bagaje de los amores imposibles. Quizá la vida sea una sucesión de amores imposibles y nuestra única obligación sea sobrevivirles. Un ratito, al menos.

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Los muertos ilustres


La Telaraña en El Mundo.

 Me desagradan las necrológicas. Pasa, sin embargo, que hablar de algunos vivos resulta, a veces, poco menos que insoportable. Enciendo la televisión y me tropiezo con varias tertulias agitadísimas en las que los egregios tertulianos habituales parecen querer hablar de Donald Trump, pero sólo alcanzan a hablar, en realidad, de sus propias obsesiones y paranoias, de sus frustraciones personales o sociales, de su mundo convertido, finalmente, en una caricatura ideológica donde el flequillo imposible del nuevo presidente electo americano resulta ser la ola perfecta para tanto surf hacia no se sabe qué arrecifes fatales. No, hoy no voy a hablar de Trump, ni de sus semejantes en las islas: Jarabo, Huertas, Seijas, Bachiller y las guerras domésticas de Podemos con el telón de los presupuestos de IB3 o de la Facultad de Medicina al fondo. Mejor preservarse de tanta mediocre vulgaridad. Mejor hablar de algunos muertos ilustres.

 La noticia, el pasado viernes, del fallecimiento de Leonard Cohen me dejó dolido. «Más que oscuro, negro... Bowie, Cohen. Año Terminal», escribí en mi muro de Facebook mientras hacía trizas las colas interminables de la muerte y dejaba que David Bowie y Leonard Cohen simbolizaran, por sí mismos, esa otra multitud que somos, esa negra lista de espera que habitamos, ese rosario infernal y, a la vez, glorioso de recuerdos, más o menos impostados, a los que rendimos pleitesía convirtiéndolos en pasos lentos y solemnes de una comitiva fúnebre que avanza, se detiene o retrocede, que danza, religiosamente ebria, a la luz indecisa de las velas y exhibe nuestros cuerpos magullados, repletos de llagas cubiertas de sal, sudor y calima crepitantes, bajo la mirada púrpura y cecuciente del tiempo, acaso detenido, ensimismado o ausente, pero que, sin embargo, late y hasta, quizá, palpita; y es así que envejecemos. Pura lujuria. Envejecemos.

 Muere gente, sin embargo, que no conocemos: Leon Russell, ayer mismo, y no pasa nada. Alguien publica un suelto con su obituario y si, por azar, lo leemos echamos la vista atrás y nos acabamos encogiendo de hombros. Imposible recordarlo todo. La vida sigue, nos decimos; y, en efecto, la vida sigue, tanto si decimos algo como si no lo decimos. Leonard Cohen (al que, de hecho, tampoco conocemos) llevaba rondándonos desde el principio de los tiempos con su asombrosa dicción grave, sus seis acordes de siempre y sus libros, no siempre bien leídos ni traducidos, con su imagen sobria, aseada y elegante, con su discurso forjado a base de hermosísimas y repetidas metáforas, a base de fracasos repletos de ternura y de ironía: el imprescindible bagaje de los amores imposibles. Quizá la vida sea una sucesión de amores imposibles y nuestra única obligación sea sobrevivirles. Un ratito, al menos.

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La muerte


La Telaraña en El Mundo.

 Escribo estas líneas en pleno puente personal, intransferible, de Todos los Santos. Estos puentes ingrávidos y telúricos, pero también artificiales, son lugares de paso donde el tiempo se dilata y hasta se eterniza, lugares alargados (y aletargados) donde seguimos yendo, como no podría ser de otra forma, de un lugar a otro; pero la niebla cae tan a peso que nos rodea y penetra, que nos ciega y sepulta. Ya no sabemos, pues, a dónde vamos. Ya no sabemos, tampoco, de dónde venimos. Estamos en mitad de la niebla, perdidos en algún lugar cualquiera entre el vagido y el estertor, pero nada ni nadie puede, a fin de cuentas, detenernos: seguimos al trote o, quizá, al galope, corremos cuesta abajo o ascendemos, trabajosa y arduamente, por una retorcida e inacabable escalera de caracol, que nos agota igual que nos fortalece, porque tras cada revuelta sufrimos la misteriosa alucinación de alguna verdad insospechada, algún asidero redentor, algún descansillo metafórico donde frenar el ímpetu y ralentizar el pulso y dejar, en fin, que el pensamiento vaya separando el trigo de la cizaña y, si hay mucha suerte, hasta el ruido del silencio.

 Repaso lo escrito y confirmo que hay reflexiones que sólo pueden producirse desde el hastío infinito y la voluntad renqueante, desde la náusea invencible, desde la certeza intermitente de que lo mejor, si uno quiere sobrevivir sin perder la dignidad, es acabar haciendo mutis por el foro. Definitiva, clamorosamente. Demasiada chusma, demasiado rufián ahí afuera o ahí dentro, en el Congreso, en las calles, en las tertulias, en la cursilería intolerable e infumable de las redes sociales y en el ambiente que se masca, trágicamente, como si fuera un chicle reseco entre los afilados colmillos del lobo que el hombre suele acabar siendo para el hombre. Y para sí mismo.

 Miro alrededor y hay flores y ataúdes y nubes de algodón y ristras de dulces, hay sangre de verdad y también de mentira, hay un resplandor antiguo y una sábana o una mortaja, mientras los niños y los frikis prepararan sus disfraces de Halloween (o de Holywins, porque hay gente para todo) y los adultos corren a comprar sus efímeras coronas de flores para celebrar la vida, una vez más, el solemne día de la muerte; de la muerte que no existe, salvo porque los otros se van y nos dejan solos y en sus cenizas (que ahora parecen desagradar a la Iglesia, vaya novedad) está escrito el pasado, pero también el futuro, el ritual hermético de sus frases resonando en nuestra astillada memoria sin que sepamos distinguir, no sé si por fortuna o por desgracia, su eco del nuestro, su frío regazo vacío de nuestra mirada terriblemente perdida. Desquiciada.



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La muerte


La Telaraña en El Mundo.

 Escribo estas líneas en pleno puente personal, intransferible, de Todos los Santos. Estos puentes ingrávidos y telúricos, pero también artificiales, son lugares de paso donde el tiempo se dilata y hasta se eterniza, lugares alargados (y aletargados) donde seguimos yendo, como no podría ser de otra forma, de un lugar a otro; pero la niebla cae tan a peso que nos rodea y penetra, que nos ciega y sepulta. Ya no sabemos, pues, a dónde vamos. Ya no sabemos, tampoco, de dónde venimos. Estamos en mitad de la niebla, perdidos en algún lugar cualquiera entre el vagido y el estertor, pero nada ni nadie puede, a fin de cuentas, detenernos: seguimos al trote o, quizá, al galope, corremos cuesta abajo o ascendemos, trabajosa y arduamente, por una retorcida e inacabable escalera de caracol, que nos agota igual que nos fortalece, porque tras cada revuelta sufrimos la misteriosa alucinación de alguna verdad insospechada, algún asidero redentor, algún descansillo metafórico donde frenar el ímpetu y ralentizar el pulso y dejar, en fin, que el pensamiento vaya separando el trigo de la cizaña y, si hay mucha suerte, hasta el ruido del silencio.

 Repaso lo escrito y confirmo que hay reflexiones que sólo pueden producirse desde el hastío infinito y la voluntad renqueante, desde la náusea invencible, desde la certeza intermitente de que lo mejor, si uno quiere sobrevivir sin perder la dignidad, es acabar haciendo mutis por el foro. Definitiva, clamorosamente. Demasiada chusma, demasiado rufián ahí afuera o ahí dentro, en el Congreso, en las calles, en las tertulias, en la cursilería intolerable e infumable de las redes sociales y en el ambiente que se masca, trágicamente, como si fuera un chicle reseco entre los afilados colmillos del lobo que el hombre suele acabar siendo para el hombre. Y para sí mismo.

 Miro alrededor y hay flores y ataúdes y nubes de algodón y ristras de dulces, hay sangre de verdad y también de mentira, hay un resplandor antiguo y una sábana o una mortaja, mientras los niños y los frikis prepararan sus disfraces de Halloween (o de Holywins, porque hay gente para todo) y los adultos corren a comprar sus efímeras coronas de flores para celebrar la vida, una vez más, el solemne día de la muerte; de la muerte que no existe, salvo porque los otros se van y nos dejan solos y en sus cenizas (que ahora parecen desagradar a la Iglesia, vaya novedad) está escrito el pasado, pero también el futuro, el ritual hermético de sus frases resonando en nuestra astillada memoria sin que sepamos distinguir, no sé si por fortuna o por desgracia, su eco del nuestro, su frío regazo vacío de nuestra mirada terriblemente perdida. Desquiciada.



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Una temporada en el infierno


La Telaraña en El Mundo.

 En no pocas ocasiones me entretengo en leer «El Paraíso Perdido» de Milton, como si estuviera leyendo, exactamente, «La Divina Comedia» de Dante. No tienen demasiado en común, es cierto, pero algo que escapa a la lógica de mis conocimientos los entremezcla en mi brumosa memoria de lector, que fuera compulsivo y ya no lo es; tanto Dante como Milton escriben, en efecto, sobre el infierno, pero mientras el primero pone su énfasis en los pecados del hombre y considera a Lucifer como la reencarnación de un castigo más que merecido, el segundo lo hace fijándose, casi obsesiva y exclusivamente, en la orgullosa rebelión inicial de Lucifer, en su definitiva expulsión del cielo y en su necesidad vital de usarnos, a la postre, pequeños seres humanos, como eterna arma arrojadiza, como vía de venganza ponzoñosa contra Dios, sus planes y su noción del universo.
  El infierno, en cualquier caso, resulta ser un lugar tangible donde Lucifer existe por sí mismo. Un lugar en el que pasamos mucho más tiempo del que quisiéramos. Allí intercambiamos ideas como si fueran sustancias químicas retorciéndose en nuestro interior, en ese crisol íntimo donde arde lo mejor y lo peor que somos y no dejamos nunca de ser; esos planes sulfúricos que nos absorben, esas mutaciones obsesivas que nos asolan, esa incurable locura que nos hace pasar por cuerdos si sabemos, finalmente, expresarla como es debido. No siempre lo hacemos. Puede que, tanto Lucifer como Dios, sólo sean dos ejercicios de estilo, dos formas de entender la vida, tan antagónicas como complementarias, dos voluntades, dos inercias, dos maneras de conjugar el universo y enfrentarse a la desgarradora tarea de reconstruir el mundo a la vez que lo destruimos. Ya somos francamente buenos en ello porque, no en vano, llevamos practicando desde el principio de los tiempos.
  Nuestro pequeño infierno local lo gobierna, allá por el noveno círculo mefítico, maléfico y satánico, la incombustible Francina Armengol, mientras sus socios en las labores pirotécnicas y deconstructivas de la realidad, los nacionalistas de Més y los populistas de Podemos, la mortifican y obligan, en fin, a ponerse circunspecta cuando se dirige a los medios y finge que filosofa a vueltas con la coherencia y el “no es no” de los ángeles caídos, abrasados, desterrados. Lo triste es que si el PSOE, en diciembre de 2015, hubiera apoyado la investidura de Rajoy, ahora, además de los diputados perdidos por el camino, tendría a un PP debilitado casi al final de una terrible legislatura en franca minoría. Como no lo hizo así, y Armengol sigue aún sin querer hacerlo, no les va a quedar otra que pasar, ellos, una larga temporada en el infierno. Esto me recuerda a Rimbaud. Es fantástico.



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Una temporada en el infierno


La Telaraña en El Mundo.

 En no pocas ocasiones me entretengo en leer «El Paraíso Perdido» de Milton, como si estuviera leyendo, exactamente, «La Divina Comedia» de Dante. No tienen demasiado en común, es cierto, pero algo que escapa a la lógica de mis conocimientos los entremezcla en mi brumosa memoria de lector, que fuera compulsivo y ya no lo es; tanto Dante como Milton escriben, en efecto, sobre el infierno, pero mientras el primero pone su énfasis en los pecados del hombre y considera a Lucifer como la reencarnación de un castigo más que merecido, el segundo lo hace fijándose, casi obsesiva y exclusivamente, en la orgullosa rebelión inicial de Lucifer, en su definitiva expulsión del cielo y en su necesidad vital de usarnos, a la postre, pequeños seres humanos, como eterna arma arrojadiza, como vía de venganza ponzoñosa contra Dios, sus planes y su noción del universo.
  El infierno, en cualquier caso, resulta ser un lugar tangible donde Lucifer existe por sí mismo. Un lugar en el que pasamos mucho más tiempo del que quisiéramos. Allí intercambiamos ideas como si fueran sustancias químicas retorciéndose en nuestro interior, en ese crisol íntimo donde arde lo mejor y lo peor que somos y no dejamos nunca de ser; esos planes sulfúricos que nos absorben, esas mutaciones obsesivas que nos asolan, esa incurable locura que nos hace pasar por cuerdos si sabemos, finalmente, expresarla como es debido. No siempre lo hacemos. Puede que, tanto Lucifer como Dios, sólo sean dos ejercicios de estilo, dos formas de entender la vida, tan antagónicas como complementarias, dos voluntades, dos inercias, dos maneras de conjugar el universo y enfrentarse a la desgarradora tarea de reconstruir el mundo a la vez que lo destruimos. Ya somos francamente buenos en ello porque, no en vano, llevamos practicando desde el principio de los tiempos.
  Nuestro pequeño infierno local lo gobierna, allá por el noveno círculo mefítico, maléfico y satánico, la incombustible Francina Armengol, mientras sus socios en las labores pirotécnicas y deconstructivas de la realidad, los nacionalistas de Més y los populistas de Podemos, la mortifican y obligan, en fin, a ponerse circunspecta cuando se dirige a los medios y finge que filosofa a vueltas con la coherencia y el “no es no” de los ángeles caídos, abrasados, desterrados. Lo triste es que si el PSOE, en diciembre de 2015, hubiera apoyado la investidura de Rajoy, ahora, además de los diputados perdidos por el camino, tendría a un PP debilitado casi al final de una terrible legislatura en franca minoría. Como no lo hizo así, y Armengol sigue aún sin querer hacerlo, no les va a quedar otra que pasar, ellos, una larga temporada en el infierno. Esto me recuerda a Rimbaud. Es fantástico.



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La lagartija de Dylan


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que ya no crea, en absoluto, en la alta literatura y que la baja, la baja literatura, me siga importando lo que siempre; es decir, nada. Puede que los libros de mi biblioteca vayan, con el tiempo, perdiendo peso, volumen y hasta páginas, convirtiéndose tomos en pasquines, enciclopedias en libelos, obras completas en hojas sueltas y desgarradas con los márgenes adoloridos, porque ahí anoté algunas palabras y dibujé algún diagrama que apenas sí puedo, ahora, descifrar. No es fácil descifrar lo que ya sólo recuerdas porque trastornó tu vida, te convirtió en otro, te sedujo, te violentó, te venció, te dejó temblando como una llama en la encrucijada de todos los vientos. En ese lugar sigo ahora, porque nadie logra escapar a su destino y no hay forma de abandonar el paraíso del que, quizá, ya nos han expulsado. Siempre nos intentan expulsar de nosotros mismos, pero no sé si siempre lo logran.
 Dejé dicho en las redes sociales que Leonard Cohen me hubiera parecido un premio Nobel de Literatura mucho más literario que Bob Dylan. Era sólo una ocurrencia, una frase más o menos ingeniosa con la que constatar que las canciones de Dylan que mejor conozco tienen ya una edad más que respetable. Treinta o cuarenta años. Y que ya hace décadas que no escucho a Dylan, porque los tiempos, en efecto, han cambiado muchísimo y la respuesta, vaya que sí, sigue flotando en el aire, como una llama en la encrucijada de todos los vientos y la vida humana es sólo un gesto de rebelión o soberbia, algo que se retuerce como la cola arrancada de una lagartija: nos escapamos de la verdad o la mentira y dejamos, a cambio y como si significaran algo, nuestros actos y palabras, nuestros libros, nuestras canciones rotas por la afonía de los siglos, nuestra danza compulsiva, cada vez más descreída e insomne. Escucho lo último de Cohen y, aunque me conmuevo, me sucede como con la última película de Woody Allen: yo ya he bailado esa soledad impostada, ya he escuchado esos monólogos absurdos, ya he vivido esa misma historia y no puedo revivirla, como si la desconociera.
 Con todo, repaso los últimos premios Nobel de Literatura y me da la risa. Svetlana Aleksiévich, Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer. Escribo sus nombres y me atraganto, porque el sueño de la literatura es sólo un laberinto, una trampa letal ideada, tal vez, por Borges una noche nórdica, ácida y telúrica en la que Dios, finalmente, dormitaba y la creación, insatisfecha, rumiaba su propio desconcierto, su tumultuoso y deslavazado destino. La música la ponía Dylan. O Cohen. O ese silencio magnífico que nos ayuda a pensar cuando todo parece que se desmorona.
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La lagartija de Dylan


La Telaraña en El Mundo.

 Puede que ya no crea, en absoluto, en la alta literatura y que la baja, la baja literatura, me siga importando lo que siempre; es decir, nada. Puede que los libros de mi biblioteca vayan, con el tiempo, perdiendo peso, volumen y hasta páginas, convirtiéndose tomos en pasquines, enciclopedias en libelos, obras completas en hojas sueltas y desgarradas con los márgenes adoloridos, porque ahí anoté algunas palabras y dibujé algún diagrama que apenas sí puedo, ahora, descifrar. No es fácil descifrar lo que ya sólo recuerdas porque trastornó tu vida, te convirtió en otro, te sedujo, te violentó, te venció, te dejó temblando como una llama en la encrucijada de todos los vientos. En ese lugar sigo ahora, porque nadie logra escapar a su destino y no hay forma de abandonar el paraíso del que, quizá, ya nos han expulsado. Siempre nos intentan expulsar de nosotros mismos, pero no sé si siempre lo logran.
 Dejé dicho en las redes sociales que Leonard Cohen me hubiera parecido un premio Nobel de Literatura mucho más literario que Bob Dylan. Era sólo una ocurrencia, una frase más o menos ingeniosa con la que constatar que las canciones de Dylan que mejor conozco tienen ya una edad más que respetable. Treinta o cuarenta años. Y que ya hace décadas que no escucho a Dylan, porque los tiempos, en efecto, han cambiado muchísimo y la respuesta, vaya que sí, sigue flotando en el aire, como una llama en la encrucijada de todos los vientos y la vida humana es sólo un gesto de rebelión o soberbia, algo que se retuerce como la cola arrancada de una lagartija: nos escapamos de la verdad o la mentira y dejamos, a cambio y como si significaran algo, nuestros actos y palabras, nuestros libros, nuestras canciones rotas por la afonía de los siglos, nuestra danza compulsiva, cada vez más descreída e insomne. Escucho lo último de Cohen y, aunque me conmuevo, me sucede como con la última película de Woody Allen: yo ya he bailado esa soledad impostada, ya he escuchado esos monólogos absurdos, ya he vivido esa misma historia y no puedo revivirla, como si la desconociera.
 Con todo, repaso los últimos premios Nobel de Literatura y me da la risa. Svetlana Aleksiévich, Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer. Escribo sus nombres y me atraganto, porque el sueño de la literatura es sólo un laberinto, una trampa letal ideada, tal vez, por Borges una noche nórdica, ácida y telúrica en la que Dios, finalmente, dormitaba y la creación, insatisfecha, rumiaba su propio desconcierto, su tumultuoso y deslavazado destino. La música la ponía Dylan. O Cohen. O ese silencio magnífico que nos ayuda a pensar cuando todo parece que se desmorona.
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Viaje al desierto

La Telaraña en El Mundo.
 
 La banda sonora de mi vida es ahora, en este mismo instante, una tormenta eléctrica en mitad de un desierto. Debiera haber viajado a Coachella, a la ciudad californiana de Indio, no muy lejos de Los Ángeles ni tampoco del cielo o del infierno, para rencontrarme con los rayos y los truenos, con las descargas pirotécnicas del alma, con las sacudidas letales del cuerpo, con el eco tumultuoso de las explosiones de buena parte de esa desgreñada y polifónica melodía con la que me dejé los tímpanos y acabé aprendiendo idiomas; traduje sensaciones, sentimientos, expectativas. Filosofía. Vida. Metáforas. Como de costumbre, somos una frase sin terminar, un río que nos ve descender por sus cascadas y ascender, mucho más tarde, por sus veredas y túneles, por sus laberintos ocultos.
 Resulta, pues, que en el centro de todas las tormentas han actuado este fin de semana (y volverán a hacerlo el próximo, si la autoridad y el tiempo no lo impiden) gentes como Bob Dylan, los Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, The Who y Roger Waters, es decir, Pink Floyd, quizá la reedición sicodélica del estúpido muro de Donald Trump en mitad del desierto. Una espléndida reunión de magníficos ancianos apurando sus penúltimas fuerzas, desgañitándose de veras, parodiándose con muchísimo humor y no menos ternura, intentando, en fin, estar a la inverosímil altura de sus propios recuerdos, cuando ya los nuestros empiezan a flaquear, a decaer, a acomodarse tranquilamente en el sofá de casa mientras el vinilo negro y brillante de nuestra existencia sigue aun dando vueltas; y esperamos que no deje nunca de hacerlo. Que no pare la música, aunque ya casi ni la oigamos y sólo nos fijemos en cómo vibra nuestro espíritu, en cómo palpita nuestra sien, en cómo tarareamos ese estribillo invencible que se nos ha colado, no sabemos cómo, en la mollera, en la lengua, en algún lugar que ignoramos y del que, al parecer, no hay forma humana de sacarlo, de silenciarlo. ¿Por qué, para qué íbamos, además, a hacerlo?
 Repaso la nómina y anoto dos únicas y fundamentales ausencias. Leonard Cohen y David Bowie. Aquí la vida o la muerte no importan demasiado, porque no añaden ni quitan melodías, aunque nos provoquen, eso es cierto, algún que otro cataclismo, algún revuelo íntimo de matices, algún ataque fingido (y muy escéptico) de nostalgia y también de desencanto; porque siempre nos queda, eso pensamos, la esperanza de que alguna nueva canción nos despierte una mañana de estas con la resaca renacida en el alma de las miles de noches en que fuimos, efectivamente, felices: en que seguimos siéndolo, porque la felicidad, a fin de cuentas, es sólo saberse despiertos para siempre, aunque estemos durmiendo. Profundamente.


 
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Viaje al desierto


La Telaraña en El Mundo.

 
 La banda sonora de mi vida es ahora, en este mismo instante, una tormenta eléctrica en mitad de un desierto. Debiera haber viajado a Coachella, a la ciudad californiana de Indio, no muy lejos de Los Ángeles ni tampoco del cielo o del infierno, para rencontrarme con los rayos y los truenos, con las descargas pirotécnicas del alma, con las sacudidas letales del cuerpo, con el eco tumultuoso de las explosiones de buena parte de esa desgreñada y polifónica melodía con la que me dejé los tímpanos y acabé aprendiendo idiomas; traduje sensaciones, sentimientos, expectativas. Filosofía. Vida. Metáforas. Como de costumbre, somos una frase sin terminar, un río que nos ve descender por sus cascadas y ascender, mucho más tarde, por sus veredas y túneles, por sus laberintos ocultos.
 Resulta, pues, que en el centro de todas las tormentas han actuado este fin de semana (y volverán a hacerlo el próximo, si la autoridad y el tiempo no lo impiden) gentes como Bob Dylan, los Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, The Who y Roger Waters, es decir, Pink Floyd, quizá la reedición sicodélica del estúpido muro de Donald Trump en mitad del desierto. Una espléndida reunión de magníficos ancianos apurando sus penúltimas fuerzas, desgañitándose de veras, parodiándose con muchísimo humor y no menos ternura, intentando, en fin, estar a la inverosímil altura de sus propios recuerdos, cuando ya los nuestros empiezan a flaquear, a decaer, a acomodarse tranquilamente en el sofá de casa mientras el vinilo negro y brillante de nuestra existencia sigue aún dando vueltas; y esperamos que no deje nunca de hacerlo. Que no pare la música, aunque ya casi ni la oigamos y sólo nos fijemos en cómo vibra nuestro espíritu, en cómo palpita nuestra sien, en cómo tarareamos ese estribillo invencible que se nos ha colado, no sabemos cómo, en la mollera, en la lengua, en algún lugar que ignoramos y del que, al parecer, no hay forma humana de sacarlo, de silenciarlo. ¿Por qué, para qué íbamos, además, a hacerlo?
 Repaso la nómina y anoto dos únicas y fundamentales ausencias. Leonard Cohen y David Bowie. Aquí la vida o la muerte no importan demasiado, porque no añaden ni quitan melodías, aunque nos provoquen, eso es cierto, algún que otro cataclismo, algún revuelo íntimo de matices, algún ataque fingido (y muy escéptico) de nostalgia y también de desencanto; porque siempre nos queda, eso pensamos, la esperanza de que alguna nueva canción nos despierte una mañana de estas con la resaca renacida en el alma de las miles de noches en que fuimos, efectivamente, felices: en que seguimos siéndolo, porque la felicidad, a fin de cuentas, es sólo saberse despiertos para siempre, aunque estemos durmiendo. Profundamente.


 
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