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Feliz Navidad


La Telaraña en El Mundo.

 

  Se trata, casi siempre, de saber hacer cola. Paciente y tranquilamente. De esperar a que nos llegue el turno decisivo de un humeante café o un chocolate espeso y caliente. De un cucurucho tiznado de hollín y castañas. De un poco de felicidad manufacturada, quizá, por algún ángel invisible. Palma no es ciudad de grandes colas, en efecto, pero estos días he revisitado algunas de ellas; primero, con auténtica extrañeza y luego, al rato, con la sensación turbadora de lo que recordamos haber visto, pero no sabemos cuándo. ¿En qué tiempo? ¿Bajo qué circunstancias, cuáles?

 

Sucede, entonces, como si algún resplandor extraño en los márgenes inciertos de lo que va sucediendo a nuestro alrededor –todo lo que vemos sin acabar de creérnoslo: bien que hacemos- nos condujese de regreso a algún territorio remoto e inexpugnable, quizá a los acantilados de la infancia, a la prisa y a la ilusión virgen, a la agitación y al spleen interior, al pequeño cúmulo de torbellinos y saltos en el vacío que vamos archivando, sin saber por qué ni cómo, en los nebulosos compartimentos de nuestra memoria hasta que, por fin, nos llega la vez única (y ahora repetida) de revivirlos.

 

Se trata, casi siempre, de saber hacer cola. De esperar turno como quien se espera a sí mismo en la mejor de las noches: en la Nochebuena de hoy, por ejemplo. En el artificio reparador de la fiesta como terapia. En el viaje de la consciencia como prueba del eterno retorno de lo idéntico. En el deseo repetido que uno no puede sino expresar. Feliz Navidad, por supuesto.

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Ser y algo más


La Telaraña en El Mundo.

 

 Quizá la agridulce cercanía de la Navidad, ese lugar de ausencias que usan la complicidad de la luz y las sombras para multiplicarse como clamorosos espectros, me obligue a abrir paréntesis de calma donde podría, en cambio, escarbar en busca de los diagnósticos más explosivos. O puede, tan sólo, que esté aburrido y con el ánimo levantisco; y que cuando el mundo gira sobre sí mismo y se cierran los círculos anuales prefiera entornar los ojos y dejarme llevar a la otra orilla de los sueños: de los maltratados sueños que ya no sé si lo siguen siendo.

 

Todo parece ser otra cosa, aparte de la que es. O de la que solía. El edificio de GESA, por ejemplo, se nos aparece, ahora, comparado con las sedes de la ONU o el Daily Mirror. Ahí es nada. Y nosotros sin saberlo y la comunidad entera jugando con la auténtica piedra singular de Palma, sus reflejos mutilando, entre la solemne Catedral y el irreal Palacio de Congresos, la quebrada línea marítima de una ciudad que nunca echa en falta a nada. Ni a nadie. Por supuesto.

 

Es lo que tiene ser lo que se es y algo más. Seguro que la OCB sabe muy bien de lo que hablo. Ellos no sólo son los sujetos pasivos de las investigaciones de la Policía Nacional; también son las arcas bancarias y laborales, la avanzadilla religiosa y el maná nutriente, el glorioso pendón último de todas las estelas desplegadas sobre un mar en llamas, que fuera nuestro y que volverá a serlo, seguro: la postal navideña de la UIB (#SOMUIB), con el ferviente poema de Marià Villangómez, nos lo demuestra. O casi.

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Rodear la realidad


La Telaraña en El Mundo.

 

 Parece que el extraño pulso (religioso, pero también laico) de la Navidad sube de tono y que lo que fuera un lejano rumor se convierte, con el paso marcial de los días, en una torrencial sinfonía de tambores. O timbales. Pero no sé si esto es, realmente, música o si es sólo ruido. Tampoco sé si mantengo, aún, mi escepticismo de siempre o si, de hecho, me dejo llevar, porque con la edad uno se vuelve, a la vez, más dócil y flexible: menos expuesto a los rituales rápidos de la moda, a las exigencias escasamente filosóficas de la comunidad, al filo jadeante de la actualidad, la balanza fugitiva del análisis, el elixir de las largas frases ingeniosas o el acerado requiebro del silencio. El recurso de la prudencia. O por si acaso.

 

Deberíamos, pues, ir dejando de lado las mil historias ridículas que ya ni importan. Las preguntas de la secesión, por ejemplo, o el baile en la sala de unas muñecas que ya no bailan. No se puede rodear la realidad, porque los furgones policiales la rodean igual que rodean el Congreso. Protegiéndolo, quizá. No se puede rodear la realidad, porque lo importante debiera ser atravesarla y tomarle el otro pulso, el que no convoca a las multitudes, pero las acaba moviendo. ¿Cómo explicarlo? Todo sucede sin que apenas nos demos cuenta.

 

Mientras tanto, revisito los rastrillos donde alguien dejó abandonada su biblioteca personal (tan similar a la nuestra) y la puso en venta. Ahora, los libros antiguos ya no nos huelen a rancio, sino al sudor joven que nos recuerda quienes fuimos. Y seguimos siendo.

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La erótica del poder


La Telaraña en El Mundo.

 

 Me acabo de dar una vuelta virtual por la estrambótica mansión que nuestro Jorge Lorenzotiene en Barcelona: una mezcla de garaje galáctico de mal gusto, de bolera interestelar abierta hasta el amanecer o de ático tatuado con el artificio sucesivo de todas las vistas panorámicas del universo, impresas como si fueran hologramas o estereotipos de un selecto placer que, como era de prever, pese a su trasfondo tópico, publicitario e irreal, no han tardado en colmar de una indisimulable, malsana y clasista envidia las trincheras sumergidas en el patético lodazal de las redes sociales.

 

¡Ah, las redes sociales! Vaya tela incendiaria. ¡Ah, la mansión del bravo de Lorenzo o, en realidad, de los delirios de Monster Energy Drink o Yamaha! Vaya horterada monstruosa. Pero ah, sobre todo, por las tres chicas en biquini que toman el sol, solemnes y parsimoniosas, junto a la piscina o que se revuelven, saltarinas, por entre las burbujas de la jacuzzi; que pueblan, en fin, de un erotismo descafeinado, pero muy efectista, la otra erótica, la vieja erótica del poder, la que va convirtiendo el mundo en un lugar desapacible y hasta enfermizo. En un pozo de corrupción sin más fondo que la renuncia final por hastío.

 

Yo, sin embargo, le agradezco a Lorenzo ese video. Y a las chicas Monster, la cálida presencia de sus curvas por sobre las interminables líneas de fuga de la casa. Gracias a él y a ellas hoy me he olvidado, por un rato, de todos los políticos y similares que sí deberían andar entre rejas sin fuga por una larga temporada.

 

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De Lenin a Kim Basinger


La Telaraña en El Mundo.

 
 Hay un cierto resplandor al alba en el que dejo que la luz se mezcle con la negra espuma del primer café diario. Es así como me levanto cada mañana y como me he levantado, también, hoy mismo: de un mal humor de perros mientras las noticias iban agrietándome las costuras del alma. O los retortijones de su mortaja. La sede en Palma de UPyD ha amanecido derramada de pintura roja y sangre metafórica; víctima, en fin, de una nueva agresión totalitaria (yo no diría fascista, sino eminentemente bastarda) contra todo lo que no sea la fe ciega en la fe muerta de las viejas ideologías dominantes.

 

Mientras tanto, en Ucrania, la madre Rusia va perdiendo su perfil inexpugnable en aras del sueño renovado de una Europa que no sé si existe. Ni si ha existido nunca. Pero ver caer la estatua (madre gélida y también castradora) de Lenin sí que me reconforta el ánimo antes de derrumbarme en un abismo sin más fondo que un desguarnecido mohín de desengaño al enterarme que Kim Basinger ha cumplido los sesenta años y yo sigo prendado, aún, del claroscuro erótico de aquellas nueve semanas y media que intento revivir sin demasiado éxito.

 

Pero no hay mayor problema. El mal humor se irá como vino y regresará de igual manera. En cada instante se funden sensaciones y espejismos de muy distinta envergadura. Pruebo a pasear por los alrededores de la Plaza Gomila. Intento recuperar las imágenes de mis recuerdos entre la basura y las ruinas actuales del lugar. No hay nada peor que regresar al lugar de los sueños y comprobar que ya no existen.

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El enigma del TIL


La Telaraña en El Mundo.

 

 

 No es verdad, no es cierto (y además es imposible) que la práctica totalidad de la marea verde y muy funcionarial de docentes en desacuerdo con el TIL hayan empezado a trabajar por cuenta ajena en las esforzadas y prietas filas de la Obra Cultural Balear, pese a que la propia OCB y unas cuantas organizaciones de similar calaña los tengan a todos, de hecho, y desde ya hace algunos lustros, trabajando a destajo en los gélidos y poco esclarecidos muelles subterráneos de la inmersión lingüística.

 

Esto explicaría, pero no del todo, que en Baleares, como en el laberinto de España al completo, el Informe PISA (llamado así por sus siglas en inglés, que no transcribiré porque aquí nadie sabe inglés ni lo sabrá, por desgracia, en varias décadas) caiga cada tres años como una especie de maldición bíblica repleta de granizo y suspensos para todos, de metafóricas y elocuentes calabazas que llegan tarde para la tortura anual de Halloween, pero no, por supuesto, para sacarles los pocos colores que les queden intactos (y quizá febriles) tanto a los alumnos como a los maestros.

 

Enciendo el móvil, la tableta y el portátil. Despliego el atlas de un mundo envuelto en niebla y sicofonías. Armengol se ha ido a los oráculos de la Justicia a ver si le descifran el enigma del TIL, mientras la OCB parece barajar con Hacienda acuerdos que ni se saben. Tiene su mérito sumar seiscientos mil euros, según creo, en generosas y bien fundamentadas donaciones. El negocio de la lengua funciona, aunque sea a costa del conocimiento. Es una lástima.

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La libertad del nómada


La Telaraña en El Mundo.

 

 Puede que una fotografía sólo sea un instante detenido, una reducción de los sentidos, un aparte subjetivo de la acción que se nos fija en la retina sin tener otro vínculo con la realidad que el que queramos otorgarle. Quizá algo simbólico. El fragmento que salvamos de un sueño o que nos precipita en una recurrente pesadilla.

 

Será por eso que no sé qué pinta Francina Armengol, situada entre Rubalcaba y Pere Navarro, en el epicentro de un mitin en Vall d´Hebron. No sé si su presencia obedece a la necesidad de mostrar al mundo lo bien que funciona el federalismo cuando ya no quedan otros eufemismos territoriales (es decir, políticos) por exprimir. O si conviene contraponer a Rubalcaba, que encarna el centro difuso del nuevo Estado imaginado por los socialistas (del que sólo sabemos cuánto se asemeja al actual), el exotismo salvaje de Armengol: los paraísos artificiales de Ultramar que hay que domesticar cuanto antes. O como sea.

 

Pero a lo que iba. Dice Armengol que no quiere fronteras entre Cataluña y Baleares; y ello nos parece muy bien, aunque nos duela el horror a los falsos límites y al concepto fronterizo en sí mismo: esa línea imaginaria que no vislumbro en parte alguna y que Armengol establece, exactamente, alrededor de Cataluña, Baleares y Valencia. Es decir, justo en el abismo de los Países Catalanes, la entelequia fundacional de su lengua propia. Nada peor, en fin, que inventarse fronteras e imaginar la realidad como un montón solapado de mapas contra la libertad, esencialmente nómada, de la existencia.

 



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Violadores y terroristas


La Telaraña en El Mundo.

 

 

No resulta muy agradable enfrentarse, cada día, a la puntual y efervescente información sobre la ristra de violadores, secuestradores, asesinos y terroristas (etarras) que regresan a las calles con el único pasaporte válido, quizá, de una condena efectivamente cumplida: la legalidad es un monstruo mutante que hoy nos sonríe o nos aterroriza sin mudar, siquiera, el rictus de su rostro. No es fácil, en efecto, encontrarle la salida al laberinto donde llevamos la vida entera, perdidos, confundidos. Anestesiados.

 

Pero resulta curioso, revelador y hasta paradójico que gentes de similar, si no idéntica, calaña reciban un trato del todo opuesto cuando las vendas de la justicia, no sé si tan opacas como debieran, les abren las simbólicas puertas de la libertad. Es así, tras un mismo chirrido, desentumecidos los apretados goznes de la realidad, cuando empieza la huida silenciosa y solitaria, para unos, y la celebración tumultuosa y popular, para otros. La soledad y el disfraz de Valentín Tejero. El olor a multitud y pólvora de Javi de Usansolo. Sólo son dos ejemplos.

 

No voy a caer, desde luego, en la trampa dialéctica de dilucidar qué suerte de razones morales priman la presunta supremacía social de las perversiones ideológicas y políticas sobre las otras patologías, digamos que comunes. Pero aquí las palabras nos sirven de muy poco. Lo único seguro es a todos les espera la misma muerte y que el coro de las víctimas –a cada cual sus propias víctimas, por supuesto- les va a seguir cantando. Hoy, como hasta el Día Último.

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De casinos y palacios


La Telaraña en El Mundo.

 

 Parece, en fin, que todo, absolutamente todo (y me refiero a la vida en su conjunto, su haz, su envés, su filo vertiginoso y, a ratos, cortante, pero también a la sombra interpuesta, subjetiva y ensortijada de nuestros sueños) es tan sólo una especie de gran apaño de indescriptibles proporciones, un embrollo infinito de madejas profusamente enredadas, una maraña de encrucijadas adormecidas, un enjambre tortuoso de corredores subterráneos sin más luz de salida que el suspiro fingido o la tregua obligada del carro fúnebre de la actualidad.

 

Podemos subirnos en él (y en ella: la actualidad tiene lomos de liquen y crines de yedra ensangrentada) y hasta darnos una rápida vuelta: el peaje de unas pocas monedas no hace sino confirmarnos que el paisaje entero y el marco del cuadro y la tela –el pedestal, el telón y hasta el púlpito- que lo sostienen y enmarcan son parte gramatical de la misma oración convertida en metáfora alrededor de la ineptitud o, en el peor de los casos, de la incompetencia. Qué remedio si no da para más.

 

Ahora tenemos (o tendremos en un futuro inmediato) un céntrico y elegantísimo Casino justo al lado de donde se celebra el imprescindible desguace del Mercado del Olivar, la carga y descarga, la ablación de las frutas y el pescado. Y un simulacro de Palacio de Congresos en la tierra baldía donde nuestra clase política (la que no está en prisión o cerca) quiere dibujar un horizonte abierto y se da de bruces con un terne mar de grava y plomo: de pleitos y litigios sin más orden y concierto que la usura.
 
 
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El Pen Català


La Telaraña en El Mundo.

 

 

 Hay que empezar, cómo no, con lo que nos llena de indescriptible emoción y prístina alegría. Con lo que nos precipita en el espinoso estado del éxtasis y nos obliga, quizá por inercia o empatía, a ir a la deriva de los grumos de la inteligencia y su espumoso caer por la cascada, el despeñadero, la gigantesca catarata, el vertedero común, y no sé si propio, de la justicia universal. O algo así. Estoy hablando, por si alguien lo ignora, y aunque sólo sea un por decir desgajado de la razón, del formidable premio que la Asamblea de Docentes de Baleares ha recibido de manos de sus infatigables compatriotas (suyos y nuestros: ya quisieran) del Pen Català.

 

El singular premio –entregado, aunque huelga que nos lo digan, de forma excepcional- les ha sido concedido por su defensa de la lengua y la literatura catalanas. Nada menos. Pero es justo. Muy justo. ¿Qué otra cosa podría importarles? Por ello, en esa lucha y esa agonía siguen, aún, nuestros colegios, mitad sumergidos en la áspera dialéctica de los servicios mínimos, mitad en la confusa instancia donde se arremolinan derechos y deberes, ética y sueldo: la realidad sin asumir, ay. Y ese crujido.

 

A todo esto, el auténtico IV Premi Veu Lliure del Pen Català, con motivo del Día Internacional del Escritor Perseguido, ha sido para la escritora de Nagaland, un remoto territorio fronterizo entre Birmania e India, Easterine Kire. Allí, según nos cuenta la premiada, «si no les gusta lo que escribes, simplemente te disparan». Mejor dejarlo aquí, pues, y no dar ideas. A nadie.

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