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El agujero negro


La Telaraña en El Mundo.
 
 A cierta edad, el pasado es un lugar mucho más concurrido que el presente. Por no hablar del futuro y de esa especie de espantada o diáspora general que parece serle tan propia a ese hipotético tiempo verbal que nunca acaba de llegar y que, si llega, es ya otra cosa, siempre otra: quizá material vencido por la avalancha de la arena en los relojes o el cíclico reciclaje de las ilusiones; quizá simples conjeturas que no podemos sino archivar para que, poco a poco, la memoria las despoje de su significado hasta convertirlas en manchas borrosas y etéreas, sombras sin substancia, elementos, al fin, imperceptibles.

 

Viene lo anterior por algo que sucedió el martes pasado, a raíz de la publicación de mi columna titulada «Berlín y Barcelona», en mi muro de Facebook; ese muro que, como sabemos, no es mío, sino de Mark Zuckerberg y su red social para exhibicionistas de tomo y lomo o de vuelta y media. Es decir, para gente como nosotros.

 

Hay que andar muy escaso de realidad o muy intoxicado de ficción (o ambas cosas) para pasar de los saludos y besos corteses de la calle (de todas las calles reales, incluida la calle Melancolía) a los insultos en Facebook por una independencia de más o de menos. Ya les hablé de las perversiones asamblearias virtuales. Ya de la irrealidad digital. Ya de los mundos que decimos haber visto más allá de Orión, pero que no recordamos. Me gustaría, sin embargo, que no fuera preciso hablarles, también, del agujero negro, negrísimo, en el que nos acabaremos reuniendo. Todos; y mal que nos pese, claro.

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Berlín y Barcelona


La Telaraña en El Mundo.
 
 Donde hace veinticinco años cayó un muro de crispación y asfixia, el pasado domingo, 9 de noviembre, había un temblor de euforia: Berlín ya no es la fiesta que fue, desde luego, pero ocho mil globos de luz parpadeaban a la espera de emprender el vuelo definitivo y perderse arriba de los cielos y el horizonte de la noche. A la misma hora, pero en otro lugar bastante más próximo y familiar, el nacionalismo catalán ejemplificaba todo lo contrario: en Barcelona la única fiesta consistía en observar cómo un nuevo muro, con sus alambradas retorcidas, sus coronas de espinas y sus urnas como famélicas alcancías, se había alzado durante un largo simulacro de día, otoñal y tullido, de votaciones fraudulentas e ilusiones manipuladas.

 

Veinticinco años no dejan de ser un pellizco de vida demasiado grande y significativo, como para dejarse sepultar vivos bajo la cal abrasiva de la corrupción económica en el poder, de la perversión histórica y el sectarismo cultural. Del vacío convertido en identidad y gregarismo, en señera, en órdago, en sobredosis de aire en las venas.

 

Así, pues, pasan las cosas y se acaban enredando en nuestra memoria. Quizá tenga que esperar otros veinticinco años para hablarles, en fin, de cómo somos capaces de echar abajo muros y de alzar, en su lugar, espejismos. O viceversa. En ocasiones, también levantamos muros, que creemos justos y necesarios, y nos acabamos estrellando, sin embargo, contra la frágil y vidriosa realidad de su ficción. O de la nuestra. Es así como aprendemos qué es la libertad y qué no.

 

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Un acto de fe


La Telaraña en El Mundo.

 Repaso algunas fotos antiguas de Palma y del Paseo del Borne como si estuviera buceando entre las aguas revueltas de mi memoria. Ahí adentro hace frío y amenaza (tal vez igual que afuera) naufragio, pero recupero el aliento, pese a todo, al rencontrarme con los espectros en blanco y negro del Bar Formentor, la espectacular y decadente cafetería Miami, el desconocido Oriente, el turístico Antonio y la familiar Granja Reus, entre otros. No me olvido, por supuesto, del Kiosco de prensa ni del chiringuito La Tortuga, justo enfrente. Tampoco de la presencia perpetua del Bar Bosch que es el único establecimiento que ha sabido sobrevivir a los años aferrándose al poder de convocatoria (no sé si asamblearia) de las terrazas.

 

Supongo que así funcionan las ciudades. Y la vida. O la memoria. A un paisaje urbano le sucede, inevitablemente, otro distinto y, aunque nos pueda parecer excelso sobrevivir a las mudanzas del tiempo, la verdad es que también nosotros cambiamos con ellas. ¿Seguimos siendo, pues, los que fuimos? ¿Somos ya los que seremos? ¿Hay algo en nosotros más allá de la luz intermitente de la voluntad o el deseo, los presagios, los bosquejos, acaso las insinuaciones?

 

Es en este paisaje somnoliento y revelador donde incluyo la última encuesta de intención de voto del CIS con la anunciada noticia de la irresistible ascensión de Podemos y la debacle de PP y PSOE. Pero no es hora, todavía, de meterse en los lodazales de la razón sino de recordar que, hoy más que nunca, votar no es sólo un acto de voluntad, sino de fe.

 


 

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Desayuno al alba


La Telaraña en El Mundo.

 De repente, huele a quemado y el mundo parece que se pone en pie y se despereza. Se reconcentra (el mundo y nuestra percepción del mundo: nosotros mismos frente al extraño vértigo estadístico del bien o el mal, la moral o quizá la ética) en el lentísimo y minucioso catálogo del alba. Unas rebanadas de pan en una tostadora que parece funcionar a su aire. Las pieles retorcidas de algunas naranjas. El grumo dulce y avasallador de la mermelada. La mirada que va cuajando entre los barrotes de la realidad, en su ventana entreabierta, en su nebulosa idea de que unas pocas palabras debieran ser suficientes para calmarnos. O para saciarnos, incluso.

 

Luego esas pocas palabras dibujan el frágil horizonte con una economía de medios que no presagia nada bueno. Otra vez, los barrotes de esa cárcel invisible. Otra vez, el techo de esa asfixiante cúpula de cristal que no vemos pero que nos obliga a ir casi encorvados. Es posible que guardemos, en nuestras malditas jorobas de cada día, las herramientas con las que podríamos hacer muchísimas otras cosas. Las que no hacemos. O las que no imaginamos, siquiera, poder hacer.

 

Ahora es cuando uno ha de buscar ejemplos con que apuntalar sus construcciones teóricas, sus colmenas ilustradas, su lugar inmóvil en el torbellino imparable del tiempo. Ahora es cuando uno ha de reconocer que le faltan palabras y que esa carencia (personal, íntima e intransferible) es la causa principal de que el mundo le acabe pareciendo un ruidoso fragmento de una sinfonía mayor, tan ambiciosa como indescifrable.

 
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Halloween


La Telaraña en El Mundo.

 Resulta que esta noche es noche de Halloween que es algo así (entre lúdico y sangriento) como la impostura del terror convertido en ficción y teatro, en pretexto inverosímil para unas cuantas risas fáciles y algo nerviosas, en moda o en gesto de complicidad importado de ya no importa qué lugar, dónde, porque el mundo es sólo uno y es circular (y además curvado sobre sí mismo), aunque las distancias entre nosotros nos parezcan cada vez mayores y tengamos la sensación de vagar por el desierto de la inteligencia como por el mar embravecido de la corrupción. Cada vez nos sentimos más solos. O tal vez, peor acompañados.

 

No voy a enumerar, aquí y ahora, la sucesión de nuevos (y viejos) escándalos políticos sobrevenidos recientemente. No me apetece describirle las grietas y los detalles de la catástrofe al paisaje desolador de un universo en ruinas. Tampoco constatar el absurdo terror que las encuestas (la del CIS, por ejemplo) parecen provocar en los que aún tienen algo que conservar. No es mi caso. O quizá sí. Tengo la íntima impresión de que siempre hay mucho que conservar pese a lo que ya hemos perdido y nos siguen arrebatando.

 

Me queda, entre otras cosas, la mínima esperanza o el deseo, en fin, de que todos nuestros muertos nos perdonen y hasta nos tomen a guasa, tal y como nos merecemos, realmente, por intentar trasladar su quimérico infierno (ese abismo, esa niebla, ese fuego, ese tormento, esa corrupción eterna) a nuestra frágil y efímera vida cotidiana. Vamos camino de conseguirlo, si no lo hemos conseguido ya.

 
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Hecho por travesura


La Telaraña en El Mundo.

 La publicidad no tiene otra misión que vender al público un determinado producto y glosar, con mayor o menor acierto, la forma de vida que se quiere promover, su ritmo bullicioso o, quizá, solemne, la búsqueda de una imagen llamativa que se nos quede, en fin, prendida en la retina del deseo tras un rápido vistazo a un cartel fotográfico, un spot televisivo o un corto de efervescente guión en las redes sociales.

 

Así, en YouTube está el video de «Made for Mischief» (hecho por travesura). Y en Jaime III, el fotograma extraído de ese mismo video en el que dos chicos y una chica, jóvenes y muy guapos los tres, juegan a los eternos requiebros de una seducción del todo inocente sin más armas que su dentífrica sonrisa y la ropa vaquera de una conocida marca. Puro diseño de un instante de placer que ya hemos tenido y que, de seguro, volveremos a tener. Cuando la vida deja de ser un juego se convierte en otra cosa; tal vez en un juicio sumarísimo, un perverso dictado moral, una monótona plegaria sin más sentido que la represión o el absurdo.

 

Aquí es donde aparecen Fina Santiago y Neus Truyol (MÉS, al aparato) para aplicarle a la realidad la severa lavativa de la corrección política. Su denuncia por sexismo del inocuo cartel publicitario, ante el Institut Balear de la Dona, huele a naftalina y a Inquisición. Apesta al añejo sudor puritano del feminismo. Hiede a brida y a corsé públicos sobre la que siempre ha sido la primera víctima de todos los proselitismos que han sido y siguen siendo: la libertad privada, por supuesto.

 

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Versos sueltos


La Telaraña en El Mundo.

 
 A menudo me escapo de Palma como de mí mismo. Visito, entonces, las ciudades salvajes y vírgenes de mi pasado sabiendo que en ellas encontraré nuevos matices que añadirle a la felicidad y también a los conflictos acumulados. Uno va acumulando contradicciones, versos sueltos y hasta estrofas enteras sabiendo que no pertenecen, tan sólo, al tiempo que ya nos hemos echado a la espalda, sino que van conformando, de alguna manera, ese fenómeno temporal tan sobrevalorado que llamamos futuro y que no es sino lo que hacemos cada día, en este instante de ahora que se nos escapa una vez y otra.

 

Están, pues, el tiempo y espacio jugando en nuestra consciencia y, sobre todo, en nuestro lenguaje; en nuestra forma de entender el mundo y de progresar (o intentarlo) no sabemos muy bien hacia dónde, por qué ni cómo. Existe todo un abanico de posibilidades por explorar. Casi infinitas maneras de dejarse vencer por el agobio. Muy pocas de hallarle la salida al laberinto y, aun así, no salir bajo ningún concepto, porque la vida consiste en demorarse en las encrucijadas, los preámbulos, las salas de visita, los umbrales del ser que somos. O casi.

 

Cuento todo esto porque ando estos días por Valencia. He descubierto un puente de madera sobre el Turia (Pont de Fusta, se llama) que le da cien mil patadas a todos los puentes con que Calatrava le ha ido sacando el rímel a los ojos pintarrajeados de la vida y la política. Y aquí en Valencia, como en Palma, es muy difícil encontrarse un verso suelto y que no lo acaben machacando. Como a Isern.

 

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Los fosfenos


La Telaraña en El Mundo.

 
 Cuando uno cierra los ojos le invaden los fosfenos. Son esas pequeñas manchas luminosas que centellean en la oscuridad sin llegar, por cierto, a iluminarla. Son esas molestas perturbaciones que siguen acompañándonos cuando regresamos al pasado. O cuando el pasado regresa convertido en aparente novedad. Exactamente en eso pensé mientras escuchaba a Pablo Iglesias hablar en Vista Alegre.

 

El nivel me pareció más o menos el mismo que cuando Amando de Miguel me puso un sobresaliente en Sociología. Se trataba de un examen monotemático sobre la lucha de clases del que me salí escribiendo folios y más folios tan rellenos de pasión como de mala caligrafía y abundante retórica: los esquemas de Marx y Marta Harnecker, las aventuras de Bakunin,  Godwin o la venerable CNT española, las elipsis de Cioran o Sartre, las distopías de Orwell o Huxley, las enseñanzas alucinadas de Castaneda o el despliegue literario propio, en fin, hacia un futuro sin esas mismas clases sociales de las que iba el examen y parece que vuelve a ir el mundo, empeñado en dar un curioso salto mortal hacia atrás. Hacia atrás como hacia ninguna parte.

 

Quizá esta exhibición funambulista debiera empezar a preocuparnos. Quizá no ir hacia ninguna parte sea como perderse indefinidamente en un gran desierto. En el arenal infinito del tiempo. En el légamo perenne de los siglos. En el agujero negro de la ficción y las leyendas. Es cierto, nos han dicho que hay un oasis en alguna parte, pero seguimos dando vueltas sobre nosotros mismos sin encontrarlo. No hay manera.

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Exagerando


La Telaraña en El Mundo.
 
 

 

A veces, voy de noticia en noticia hasta que la vista (y las ideas) se me nublan y no tengo otra opción, entonces, que cerrar de golpe todas las aplicaciones y diarios digitales y concentrarme en la página en blanco. En ese lugar extrañamente solitario y, a la vez, amenazador donde sé que me acabo reuniendo con los lectores y, sobre todo, conmigo mismo.

 

Pero hoy tenía en mente aceptar la invitación que recibí hace unos días de sumarme a la página de Facebook «Quiero que Mateo Isern vuelva a ser Alcalde de Palma». O glosar, por ejemplo, la magnífica labor de la Fundación Jaume III al respecto de la normalización lingüística de los libros de texto de nuestros alumnos. O echarme unas risas malévolas a costa de los juegos malabares del nuevo 9-N. O dejarme llevar por la avaricia y la usura de los políticos y sindicalistas que recibieron (y usaron) las tarjetas B de Caja Madrid, esas tarjetas tan opacas como vergonzosas, tan bien dotadas de dinero como faltas de cordura, tan seductoras, en fin, como abrasivas.

 

He optado, sin embargo, por desentenderme de casi todo y alejarme del ruido ajeno y la pintoresca química asamblearia de los foros y redes sociales. Sólo así puedo huir de la fascinación que parece convertir a personas normales (puedo dar fe de ello, al menos en algún caso) en auténticos vándalos del lenguaje y, sobre todo, de las ideas. Sólo así puedo seguir atento a las tres o cuatro cosas en las que aún creo. O ni eso, porque me costaría enumerarlas sin sentir el rubor del que se sabe, como siempre, exagerando.


 

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Afuera de las mazmorras


La Telaraña en El Mundo.

 
 Es cierto que nos rescribimos de continuo. Que estas líneas de ahora son también las de hace algunas décadas, cuando todo nos parecía mucho más excitante y sólo era que éramos más jóvenes y mucho más inexpertos; que el mundo nos deslumbraba con los juegos malabares de nuestros maestros y predecesores y que andábamos, en definitiva, absolutamente famélicos de palabras con las que rellenar los estrechos e irregulares márgenes de esa especie de gran libro que pensábamos, tal vez, que podía ser la vida.

 

Luego la vida ha sido ese libro, en efecto, pero también muchísimas otras cosas. Una biblioteca enorme y tullida (de sangre y a fuego), un dantesco laberinto de voces entrecruzándose hasta el infinito o el vacío, un viaje repleto de hallazgos y ausencias donde nos acabamos encontrando con la misma facilidad con que nos sentimos perdidos. Es así que nuestro estar es, desde siempre, intermitente y nuestro decir, por desgracia, se conforma con la exhibición entrecortada y fragmentaria de sus destellos, su indisimulable impotencia final, su voz rota por el rumor permanente de que nada es, de hecho, lo que parecía. O parece. Nos quedan, pues, muy pocas esperanzas de cambiar, para bien, las cosas. Puede que ya no nos quede ninguna.

 

Nos hace muy felices, sin embargo, que no todos se hayan vuelto tan escépticos como nosotros. En eso pensé mientras observaba, con asombro, cómo aún queda gente (los convocados por PROU) dispuesta a protestar contra la inmersión lingüística y la asfixia en las mazmorras del nacionalismo. Bien hecho.

 

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