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Las estadísticas del catalán


La Telaraña en El Mundo.

 Habría mucho que hablar, supongo, sobre las estadísticas y su trémula razón de ser. Sucede, en fin, que la realidad, mientras hace como si jugara con nosotros, nos acaba desbordando. Escapa a nuestra comprensión, dejándonos a dos velas en cuanto nos despistamos, nos confiamos o nos dejamos llevar por la inercia, por cualquier tipo de inercia. Pasa muy a menudo que hacemos eso. Es entonces que la bruma que nos rodea se espesa, como un manto de plomo, y no hay forma humana de respirar ese aire que casi ya es sólido y letal y nada. No es de extrañar, pues, que nos venga de perlas contar con algunas cifras escogidas, con algunos tantos por ciento selectos (y también selectivos) para ir, de alguna manera, acotando espacios y conocimientos, para ir situándonos como si, en definitiva, estuviéramos descifrando lo que, de hecho, nunca llegaremos a descifrar del todo. Ni maldita la falta que nos hace.
 Resulta que el IX Informe sobre la situación de la lengua catalana (2015) refleja que el uso de la lengua autóctona de Baleares ha menguado, qué horror, entre los años 2004 y 2014. Es decir, que tras una década de absoluta inmersión lingüística, de férrea dictadura oficial y oficiosa del catalán por sobre todas las otras lenguas del orbe ha disminuido el porcentaje de los habitantes de las islas que lo usan de forma voluntaria y natural: del 45% a sólo el 36,8%. Es para sentirse muy frustrados. O quizá no.
 Para empezar, el informe lo firman el Institut d'Estudis Catalans (IEC), Omnium Cultural y la Plataforma per la Llengua. ¿Podemos confiar en ellos? La verdad es que no lo sé, pero si yo quisiera, como llevan lustros haciendo ellos, seguir viviendo del enorme potencial dilapidador del erario nacionalista y disfrutar, sin límites ni cortapisas, del riego torrencial, impactante y selectivo de las subvenciones económicas no encontraría mejor manera que abonar, cuidadosa y febrilmente, el terreno de abrojos y espinas. De dificultades y entuertos más o menos irresolubles. ¡Siempre hace falta más dinero para que broten muchos más catalanes y catalanas de lengua única, gloriosa y hasta imperial! O así.
 Hace años, un viejo y «malsofrit» amigo escritor mallorquín me confesó que sentía que la lengua catalana era su patria. Tengo testigos, aunque no sé si testificarían. Recuerdo que le miré con toda mi simpatía, pero también con el asombro desencantado del que sabe que no tiene patria alguna, del que usa su renqueante lengua española para ir avanzando a tientas en esa inhóspita, titánica labor que es ir desbrozando el mundo de tópicos y lugares comunes, de patrias, por muy lingüísticas y litúrgicas que sean, al servicio de no se sabe nunca qué enmascarados o poderosísimos señores.





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Las estadísticas del catalán


La Telaraña en El Mundo.

 Habría mucho que hablar, supongo, sobre las estadísticas y su trémula razón de ser. Sucede, en fin, que la realidad, mientras hace como si jugara con nosotros, nos acaba desbordando. Escapa a nuestra comprensión, dejándonos a dos velas en cuanto nos despistamos, nos confiamos o nos dejamos llevar por la inercia, por cualquier tipo de inercia. Pasa muy a menudo que hacemos eso. Es entonces que la bruma que nos rodea se espesa, como un manto de plomo, y no hay forma humana de respirar ese aire que casi ya es sólido y letal y nada. No es de extrañar, pues, que nos venga de perlas contar con algunas cifras escogidas, con algunos tantos por ciento selectos (y también selectivos) para ir, de alguna manera, acotando espacios y conocimientos, para ir situándonos como si, en definitiva, estuviéramos descifrando lo que, de hecho, nunca llegaremos a descifrar del todo. Ni maldita la falta que nos hace.
 Resulta que el IX Informe sobre la situación de la lengua catalana (2015) refleja que el uso de la lengua autóctona de Baleares ha menguado, qué horror, entre los años 2004 y 2014. Es decir, que tras una década de absoluta inmersión lingüística, de férrea dictadura oficial y oficiosa del catalán por sobre todas las otras lenguas del orbe ha disminuido el porcentaje de los habitantes de las islas que lo usan de forma voluntaria y natural: del 45% a sólo el 36,8%. Es para sentirse muy frustrados. O quizá no.
 Para empezar, el informe lo firman el Institut d'Estudis Catalans (IEC), Omnium Cultural y la Plataforma per la Llengua. ¿Podemos confiar en ellos? La verdad es que no lo sé, pero si yo quisiera, como llevan lustros haciendo ellos, seguir viviendo del enorme potencial dilapidador del erario nacionalista y disfrutar, sin límites ni cortapisas, del riego torrencial, impactante y selectivo de las subvenciones económicas no encontraría mejor manera que abonar, cuidadosa y febrilmente, el terreno de abrojos y espinas. De dificultades y entuertos más o menos irresolubles. ¡Siempre hace falta más dinero para que broten muchos más catalanes y catalanas de lengua única, gloriosa y hasta imperial! O así.
 Hace años, un viejo y «malsofrit» amigo escritor mallorquín me confesó que sentía que la lengua catalana era su patria. Tengo testigos, aunque no sé si testificarían. Recuerdo que le miré con toda mi simpatía, pero también con el asombro desencantado del que sabe que no tiene patria alguna, del que usa su renqueante lengua española para ir avanzando a tientas en esa inhóspita, titánica labor que es ir desbrozando el mundo de tópicos y lugares comunes, de patrias, por muy lingüísticas y litúrgicas que sean, al servicio de no se sabe nunca qué enmascarados o poderosísimos señores.





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Palma (de Mallorca)

La Telaraña en El Mundo.

 Cada mañana, mientras desayuno, ojeo este mismo diario. He escrito ojeo y no hojeo, porque en la plataforma digital Orbyt el papel brilla por su ausencia y no hay otra forma de pasarle las páginas virtuales al periódico que a golpe figurado de mouse. La cuestión es que, al abrir la aplicación, siempre me quedo unos segundos meditando si me apetece leer la edición que el programa me propone por defecto, que es la de Madrid, o si prefiero, por ejemplo, las de Barcelona, Valencia o, quizá, Ibiza. ¿Por qué no las de Soria, Burgos, Sevilla o Alicante? ¿País Vasco?

 

Al final, me decanto por la edición de Mallorca, claro, porque el programa imita a la realidad (igual que la prensa, por otra parte) y España es sólo un montón de islas que se convierten en archipiélago las unas gracias a las otras y todas juntas y revueltas, todas a la vez, parecen, al fin, algo definido en un mapa que es más una declaración de intenciones, una proyección burocrática, que un mapa real, un plano auténtico de algún tesoro de valor incalculable, tal vez la España de arrugas profundas como alforjas repletas de heridas incurables, que no dejamos de buscar, aunque nos importe un carajo que, muy posiblemente, ya no exista.

 

Hay muchísimas cosas que ya no existen, pero que hacemos como si existieran, porque nos va mucho en la impostura irracional de esa búsqueda, en ese acto mágico de fe (o de ficción maravillosamente bien urdida) que no podemos, de ninguna de las maneras, disimular. En efecto, por mucho que nuestro discurso de cada día parezca buscar la fragmentación y nutrirse, puntual, pero constantemente, del desorden general en que nos movemos, lo que nos atrae de veras es la pulsión invencible de lo atávico. Esa perversión, entre nostálgica y desencantada, del mito del eterno retorno que nos lleva a creer que alguna vez, en algún lugar, fuimos ya quienes realmente somos. Cuánto nos gustaría volver, siquiera fugazmente, a serlo.

 

Luego salgo a las calles y calle Olmos arriba o abajo me pierdo entre los vecinos, los turistas y los mendigos, con sus dientes de charol, sin reconocer a casi nadie mientras la ciudad me muestra (o tan sólo me insinúa) su nombre actual entre las luces de las marquesinas donde se acaba anunciando todo aquello que se vende. Palma o Palma de Mallorca, según gobiernen unos o gobiernen otros. PMI leo, sin embargo, en los buscadores de vuelos, que es el único lugar en que Palma (de Mallorca) es un lugar de partida o de destino, uno de esos lugares paradisíacos o infernales en los que sólo se pueden hacer cosas tan importantes como nacer o morirse. Nada menos.


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Palma (de Mallorca)

La Telaraña en El Mundo.

 Cada mañana, mientras desayuno, ojeo este mismo diario. He escrito ojeo y no hojeo, porque en la plataforma digital Orbyt el papel brilla por su ausencia y no hay otra forma de pasarle las páginas virtuales al periódico que a golpe figurado de mouse. La cuestión es que, al abrir la aplicación, siempre me quedo unos segundos meditando si me apetece leer la edición que el programa me propone por defecto, que es la de Madrid, o si prefiero, por ejemplo, las de Barcelona, Valencia o, quizá, Ibiza. ¿Por qué no las de Soria, Burgos, Sevilla o Alicante? ¿País Vasco?

 

Al final, me decanto por la edición de Mallorca, claro, porque el programa imita a la realidad (igual que la prensa, por otra parte) y España es sólo un montón de islas que se convierten en archipiélago las unas gracias a las otras y todas juntas y revueltas, todas a la vez, parecen, al fin, algo definido en un mapa que es más una declaración de intenciones, una proyección burocrática, que un mapa real, un plano auténtico de algún tesoro de valor incalculable, tal vez la España de arrugas profundas como alforjas repletas de heridas incurables, que no dejamos de buscar, aunque nos importe un carajo que, muy posiblemente, ya no exista.

 

Hay muchísimas cosas que ya no existen, pero que hacemos como si existieran, porque nos va mucho en la impostura irracional de esa búsqueda, en ese acto mágico de fe (o de ficción maravillosamente bien urdida) que no podemos, de ninguna de las maneras, disimular. En efecto, por mucho que nuestro discurso de cada día parezca buscar la fragmentación y nutrirse, puntual, pero constantemente, del desorden general en que nos movemos, lo que nos atrae de veras es la pulsión invencible de lo atávico. Esa perversión, entre nostálgica y desencantada, del mito del eterno retorno que nos lleva a creer que alguna vez, en algún lugar, fuimos ya quienes realmente somos. Cuánto nos gustaría volver, siquiera fugazmente, a serlo.

 

Luego salgo a las calles y calle Olmos arriba o abajo me pierdo entre los vecinos, los turistas y los mendigos, con sus dientes de charol, sin reconocer a casi nadie mientras la ciudad me muestra (o tan sólo me insinúa) su nombre actual entre las luces de las marquesinas donde se acaba anunciando todo aquello que se vende. Palma o Palma de Mallorca, según gobiernen unos o gobiernen otros. PMI leo, sin embargo, en los buscadores de vuelos, que es el único lugar en que Palma (de Mallorca) es un lugar de partida o de destino, uno de esos lugares paradisíacos o infernales en los que sólo se pueden hacer cosas tan importantes como nacer o morirse. Nada menos.


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Entre Llull y Castro


La Telaraña en El Mundo.

 Observo, en las fotos, a Francina Armengol rodeada de obispos, cardenales, prelados y hasta monaguillos. Su chaquetón de nutria (o de lo que sea) refulge, mientras las cenizas medievales de Ramon Llull abandonan la Catedral y regresan a su nicho en la basílica de San Francisco. Se nos termina, pues, el año Llull (con más sombras que luces, por cierto) con el mismo paso marcial y fúnebre con que nos vamos despidiendo, poco a poco, de las penúltimas reliquias del sangriento siglo XX. En efecto. Un carnicero menos, Fidel Castro, se ha ido al otro barrio dejándonos el humo letal de sus espléndidos habanos y el sepulcral silencio que sus discursos de horas sembraban a su alrededor y adentro, muy adentro. Con todo, la música sigue sonando infatigablemente y dicen, los que saben, que nunca dejará de hacerlo. Es cierto, en algunos lugares hay que bailar a todas horas para poder sobrevivir.

 Pero las mayestáticas puertas de la Seo son un magnífico lugar para posar y para que los turistas y curiosos perseveremos. Junto a Francina Armengol están Miquel Ensenyat (con una corbata que, de tan discreta, no parece suya) y la flamante delegada del gobierno, María Salom. La verdad es que este trío de autoridades luce desangelado y discorde, quizá deslavazado, como si se sintieran meras comparsas, escoltas obligados y circunstanciales de la Reina Sofía, que ella sí que sabe de Llull (y seguro que también de Castro) lo que no está en los escritos. ¿Para qué sirven los gobiernos locales si ni siquiera alcanzan para presidir, realmente, estas pachangas?

 

La pregunta tiene, por supuesto, muchas respuestas, pero ninguna nos entusiasma. Es posible concluir que el Govern y el Consell están para distraernos con su locuaz discurso de proximidad y empatía, para repartir abrazos hasta a las farolas y extender certificados lingüísticos, de paisanaje a la fuerza o de nacionalidad ensimismada. Están para monopolizar las quejas y eternizar el discurso social contra la prepotencia histórica del centro. Para repartir, en fin, el poco dinero que Madrid no nos roba mediante subvenciones que inmiscuyan lo público en lo privado y conviertan, en la medida de lo posible, lo anecdótico en lo esencial. Convertir. Pervertir. Intentarlo al menos. Subvencionar, por ejemplo, con unos 200.000 euros, según la convocatoria firmada por la consellera de Transparencia, Ruth Mateu, las fotocopias, el papel, la tinta de impresora, los bolígrafos y hasta los billetes de tren, autobús o metro necesarios para que la gente pueda aprender a hablar y a escribir catalán de balde. Noble y difícil tarea, es cierto. Yo llevo toda la vida esforzándome con el castellano y aún me temo que me faltan algunas lecciones. Es muy posible que no las aprenda nunca.

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Entre Llull y Castro


La Telaraña en El Mundo.

 Observo, en las fotos, a Francina Armengol rodeada de obispos, cardenales, prelados y hasta monaguillos. Su chaquetón de nutria (o de lo que sea) refulge, mientras las cenizas medievales de Ramon Llull abandonan la Catedral y regresan a su nicho en la basílica de San Francisco. Se nos termina, pues, el año Llull (con más sombras que luces, por cierto) con el mismo paso marcial y fúnebre con que nos vamos despidiendo, poco a poco, de las penúltimas reliquias del sangriento siglo XX. En efecto. Un carnicero menos, Fidel Castro, se ha ido al otro barrio dejándonos el humo letal de sus espléndidos habanos y el sepulcral silencio que sus discursos de horas sembraban a su alrededor y adentro, muy adentro. Con todo, la música sigue sonando infatigablemente y dicen, los que saben, que nunca dejará de hacerlo. Es cierto, en algunos lugares hay que bailar a todas horas para poder sobrevivir.

 Pero las mayestáticas puertas de la Seo son un magnífico lugar para posar y para que los turistas y curiosos perseveremos. Junto a Francina Armengol están Miquel Ensenyat (con una corbata que, de tan discreta, no parece suya) y la flamante delegada del gobierno, María Salom. La verdad es que este trío de autoridades luce desangelado y discorde, quizá deslavazado, como si se sintieran meras comparsas, escoltas obligados y circunstanciales de la Reina Sofía, que ella sí que sabe de Llull (y seguro que también de Castro) lo que no está en los escritos. ¿Para qué sirven los gobiernos locales si ni siquiera alcanzan para presidir, realmente, estas pachangas?

 

La pregunta tiene, por supuesto, muchas respuestas, pero ninguna nos entusiasma. Es posible concluir que el Govern y el Consell están para distraernos con su locuaz discurso de proximidad y empatía, para repartir abrazos hasta a las farolas y extender certificados lingüísticos, de paisanaje a la fuerza o de nacionalidad ensimismada. Están para monopolizar las quejas y eternizar el discurso social contra la prepotencia histórica del centro. Para repartir, en fin, el poco dinero que Madrid no nos roba mediante subvenciones que inmiscuyan lo público en lo privado y conviertan, en la medida de lo posible, lo anecdótico en lo esencial. Convertir. Pervertir. Intentarlo al menos. Subvencionar, por ejemplo, con unos 200.000 euros, según la convocatoria firmada por la consellera de Transparencia, Ruth Mateu, las fotocopias, el papel, la tinta de impresora, los bolígrafos y hasta los billetes de tren, autobús o metro necesarios para que la gente pueda aprender a hablar y a escribir catalán de balde. Noble y difícil tarea, es cierto. Yo llevo toda la vida esforzándome con el castellano y aún me temo que me faltan algunas lecciones. Es muy posible que no las aprenda nunca.

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Black Friday


La Telaraña en El Mundo.

 El mundo es una reunión de bazares (es decir, páginas webs, blogs) más o menos infectos, un zoco enloquecido de esquinas muertas donde se entremezclan y camuflan, indistinguibles, la oferta y la demanda, la necesidad y el deseo, donde campan a sus anchas el consumismo y también la usura, el despilfarro de unos y otros, el ir acumulando cadáveres exquisitos, metralla y cachivaches como si el síndrome de Diógenes no se decidiera a abandonarnos nunca y la lista de la compra fuera tan sólo un eufemismo.

 

Hay que comprar, en efecto, todo lo que veamos que aún está en venta, porque se avecinan tiempos de escasez y penuria y no siempre dispondremos de unos pocos euros con que apostar a cualquier número antes de que salga, una vez y otra y siempre, el maldito cero y la banca decida que no va más, porque ya fue todo, aunque aún nos quede, en la casa sin hipotecar de nuestros sueños, algún que otro rincón vacío que rellenar con cualquier cosa, la que sea: la fantasía de ser, exactamente, lo que poseemos, la cíclica y vertiginosa pesadilla de estar a punto de perderlo todo, el convencimiento de que, pese a nuestros esfuerzos, nunca tendremos suficiente, la terrible sospecha de que nos iremos con las manos vacías. Cómo no.

 

Pero hoy es Black Friday, como el lunes será Cyber Monday. Es obvio que tanto anglicismo nos hace mejores y más atractivos, nos moderniza, nos sumerge en el mito de la globalización (que no sé si existe o si feneció tras un mal sueño de refugiados huyendo de un lugar a otro sin más fronteras que los peajes de la guerra o las aduanas del miedo) con el que empezamos a familiarizarnos, qué remedio, con las rarezas de ese trueque ubicuo, de ese mercado ancestral que es la vida, su ávido instinto depredador al persuadirnos de que necesitamos, realmente, todo aquello que nos venden, que nos vendemos; que casi nos regalamos con ofertas irrechazables y la facilidad crediticia de pagar en cómodas mensualidades durante años, lustros, décadas.

 

Así la vida entera se convierte en algo ordenado, responsable y marcial, en algo con cierto sentido entre tanto caos populista y tanta chusma insolvente, mientras la caja registradora va tomando nota, silenciosamente, de nuestros pagos puntuales y todo va bien, va perfectamente bien y toda suerte de vida va decantándose con armonía, prosperidad y no sé cuántas otras bendiciones. No obstante, si, por algún motivo que no podemos imaginar, dejamos de ingresar nuestras cuotas mensuales la caja registradora chirriará y puede que se acabe convirtiendo en una monstruosa y aullante sirena (en griego antiguo, Σειρήν Seirến, ‘encadenado’, relacionado con el sánscrito Kimera, ‘quimera’) con un terrorífico coche policial adjunto. O así.

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Black Friday


La Telaraña en El Mundo.

 El mundo es una reunión de bazares (es decir, páginas webs, blogs) más o menos infectos, un zoco enloquecido de esquinas muertas donde se entremezclan y camuflan, indistinguibles, la oferta y la demanda, la necesidad y el deseo, donde campan a sus anchas el consumismo y también la usura, el despilfarro de unos y otros, el ir acumulando cadáveres exquisitos, metralla y cachivaches como si el síndrome de Diógenes no se decidiera a abandonarnos nunca y la lista de la compra fuera tan sólo un eufemismo.

 

Hay que comprar, en efecto, todo lo que veamos que aún está en venta, porque se avecinan tiempos de escasez y penuria y no siempre dispondremos de unos pocos euros con que apostar a cualquier número antes de que salga, una vez y otra y siempre, el maldito cero y la banca decida que no va más, porque ya fue todo, aunque aún nos quede, en la casa sin hipotecar de nuestros sueños, algún que otro rincón vacío que rellenar con cualquier cosa, la que sea: la fantasía de ser, exactamente, lo que poseemos, la cíclica y vertiginosa pesadilla de estar a punto de perderlo todo, el convencimiento de que, pese a nuestros esfuerzos, nunca tendremos suficiente, la terrible sospecha de que nos iremos con las manos vacías. Cómo no.

 

Pero hoy es Black Friday, como el lunes será Cyber Monday. Es obvio que tanto anglicismo nos hace mejores y más atractivos, nos moderniza, nos sumerge en el mito de la globalización (que no sé si existe o si feneció tras un mal sueño de refugiados huyendo de un lugar a otro sin más fronteras que los peajes de la guerra o las aduanas del miedo) con el que empezamos a familiarizarnos, qué remedio, con las rarezas de ese trueque ubicuo, de ese mercado ancestral que es la vida, su ávido instinto depredador al persuadirnos de que necesitamos, realmente, todo aquello que nos venden, que nos vendemos; que casi nos regalamos con ofertas irrechazables y la facilidad crediticia de pagar en cómodas mensualidades durante años, lustros, décadas.

 

Así la vida entera se convierte en algo ordenado, responsable y marcial, en algo con cierto sentido entre tanto caos populista y tanta chusma insolvente, mientras la caja registradora va tomando nota, silenciosamente, de nuestros pagos puntuales y todo va bien, va perfectamente bien y toda suerte de vida va decantándose con armonía, prosperidad y no sé cuántas otras bendiciones. No obstante, si, por algún motivo que no podemos imaginar, dejamos de ingresar nuestras cuotas mensuales la caja registradora chirriará y puede que se acabe convirtiendo en una monstruosa y aullante sirena (en griego antiguo, Σειρήν Seirến, ‘encadenado’, relacionado con el sánscrito Kimera, ‘quimera’) con un terrorífico coche policial adjunto. O así.

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Turismo sostenible


La Telaraña en El Mundo.

 La precaución o el miedo. Pero ni que me inviten me voy de vacaciones a Egipto, Turquía o Túnez. Esta frase, seguramente injusta, explica el éxito actual de Mallorca como destino turístico. Este verano nos han llovido torrencialmente turistas, porque nuestros competidores regionales llevan años asolados por el terrorismo internacional; y hay poco que disfrutar donde subyace la sombra del terror, donde retumban, recién caídos, insostenibles, los cascotes de la incertidumbre social, política o religiosa. Un todo en uno maldito, que se acaba disolviendo en nada.
 Pero para todo inventan códigos y definiciones. El IPH, por ejemplo. Se trata del Índice de Presión Humana que, en Baleares, resultó superar los dos millones de personas un día cualquiera del pasado mes de agosto. La verdad es que tanta gente sobre nuestras exquisitas jorobas asusta y no nos extraña, por lo tanto, que las lumbreras del Pacte que nos gobierna (tan dadas, ideológicamente, a lo edénico y pastoril) edificaran, a partir de ahí, toda una teoría conspirativa de la saturación turística, que no hace sino convencernos de lo ridículo que es acotar la realidad con parámetros, tan artificiales, como poco ilustrados. Lo insostenible no es ese IPH estratosférico, sino la pobreza, la corrupción y la estupidez más o menos promocionadas.
 Lo insostenible es que nuestros ineptos con mando en Cort no se dignen a sacar las luces, los belenes y toda la mercadotecnia navideña antes de tiempo para que los turistas puedan sumar ese aliciente (tan publicitado en urbes como Berlín, Viena o Budapest) a sus visitas a la Catedral, los baños árabes o el Castillo de Bellver, que viene a ser como el Castillo de Praga, pero sin puentes de espías que cruzar bajo la niebla, sin Kafka, pero con Jovellanos. ¿No es lo mismo? Bueno, nunca nada es lo mismo, aunque en cualquier sitio nos asalte la vena cultural, la referencia artística, ese temblor que sólo tiene una lengua, que no es esta ni aquella, sino la lengua propia de cada uno. En efecto, no hablan las piedras, sino nosotros por ellas, a través de sus poros, sus arrugas, sus grietas.
 Repaso las optimistas previsiones de Sebastian Ebel sobre el turismo alemán en las islas y me alegro. Es bueno tener una fuente segura de ingresos, aunque sea algo ruidosa y sucia; pero los turistas, incluso los peores, no dejan de ser humanos, no dejan de parecérsenos una barbaridad, aunque nos esforcemos en fingir que no es así. La inigualable hipocresía isleña consiste en parecer muy reservados y ser, en cambio, muy cotillas; en creernos, por supuesto, mucho mejores que quienes, con su visita, no dejan de sostener, afortunada carambola o milagro, nuestra precaria economía. Eso sí que es sostenibilidad.




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Turismo sostenible


La Telaraña en El Mundo.

 La precaución o el miedo. Pero ni que me inviten me voy de vacaciones a Egipto, Turquía o Túnez. Esta frase, seguramente injusta, explica el éxito actual de Mallorca como destino turístico. Este verano nos han llovido torrencialmente turistas, porque nuestros competidores regionales llevan años asolados por el terrorismo internacional; y hay poco que disfrutar donde subyace la sombra del terror, donde retumban, recién caídos, insostenibles, los cascotes de la incertidumbre social, política o religiosa. Un todo en uno maldito, que se acaba disolviendo en nada.
 Pero para todo inventan códigos y definiciones. El IPH, por ejemplo. Se trata del Índice de Presión Humana que, en Baleares, resultó superar los dos millones de personas un día cualquiera del pasado mes de agosto. La verdad es que tanta gente sobre nuestras exquisitas jorobas asusta y no nos extraña, por lo tanto, que las lumbreras del Pacte que nos gobierna (tan dadas, ideológicamente, a lo edénico y pastoril) edificaran, a partir de ahí, toda una teoría conspirativa de la saturación turística, que no hace sino convencernos de lo ridículo que es acotar la realidad con parámetros, tan artificiales, como poco ilustrados. Lo insostenible no es ese IPH estratosférico, sino la pobreza, la corrupción y la estupidez más o menos promocionadas.
 Lo insostenible es que nuestros ineptos con mando en Cort no se dignen a sacar las luces, los belenes y toda la mercadotecnia navideña antes de tiempo para que los turistas puedan sumar ese aliciente (tan publicitado en urbes como Berlín, Viena o Budapest) a sus visitas a la Catedral, los baños árabes o el Castillo de Bellver, que viene a ser como el Castillo de Praga, pero sin puentes de espías que cruzar bajo la niebla, sin Kafka, pero con Jovellanos. ¿No es lo mismo? Bueno, nunca nada es lo mismo, aunque en cualquier sitio nos asalte la vena cultural, la referencia artística, ese temblor que sólo tiene una lengua, que no es esta ni aquella, sino la lengua propia de cada uno. En efecto, no hablan las piedras, sino nosotros por ellas, a través de sus poros, sus arrugas, sus grietas.
 Repaso las optimistas previsiones de Sebastian Ebel sobre el turismo alemán en las islas y me alegro. Es bueno tener una fuente segura de ingresos, aunque sea algo ruidosa y sucia; pero los turistas, incluso los peores, no dejan de ser humanos, no dejan de parecérsenos una barbaridad, aunque nos esforcemos en fingir que no es así. La inigualable hipocresía isleña consiste en parecer muy reservados y ser, en cambio, muy cotillas; en creernos, por supuesto, mucho mejores que quienes, con su visita, no dejan de sostener, afortunada carambola o milagro, nuestra precaria economía. Eso sí que es sostenibilidad.




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