Las terceras elecciones

La Telaraña en El Mundo.
 Por mucho que miro alrededor y adentro, hacia adelante y también hacia atrás, no encuentro dos Españas por ninguna parte; casi que no encuentro ni una y la que hay o debiera haber parece ser la de siempre, la eternamente triste, contradictoria y amazacotada, la que ondea, aun así, tan lujuriosa como estéril, entre suntuosos carros de fuego y astilladas astas de toro, entre pícaros y desahogados de manual, marcada su estrecha frente al hierro por la misma estupidez inexplicable, por el mismo horizonte ridículo y sumamente cortoplacista, por la misma confusión mental, el mismo bloqueo, la misma dejación de funciones y responsabilidades convertida en norma, en uso y abuso, en forma habitual de vida.
 No voy a exagerar un ápice ni a dejar, tampoco, más frases lapidarias de las que puedo permitirme. Faltaría más. Pero es muy posible que la última vez que España padeció una crisis política de calado similar a la actual acabó estallando una guerra que duró tres largos años, que perduró cuarenta y que, según algunos descerebrados, ochenta años después resulta que aún no ha concluido. Hay que ver, pues, cuánto nos duran las desgracias y los desencuentros, el rencor o la envidia, la ira fatal y ciega o la inercia teledirigida, la filosofía de burdel o convento, de cuartel o satrapía, de páramo, salto de mata y zanja, de callejón sin salida. Estoy hablando, claro, de los infinitos dientes serrados de la miseria.
 Pero escribo estas líneas cuando aún no han finalizado las inverosímiles negociaciones entre Rajoy y Rivera o Sánchez. Por no hablar de Iglesias o de la pintoresca pléyade de los nacionalistas. Más bien, parece que las negociaciones ni siquiera han empezado y que, de hecho, no lo van a hacer nunca, porque no hay forma de entenderse cuando el lenguaje se ha convertido en un arma arrojadiza y todo cabe en la sintaxis rota de los espejismos falsamente ideológicos de unos y otros, de todos.
 El caso es que, se mire como se mire, parecen avecinarse unas terribles, increíbles y hasta alucinantes terceras elecciones. Será de ver y oír, verles y oírles a los líderes políticos en la frenética campaña sucesiva en que se ha instalado la política en este extraño país que ya no es ni los dos, enfrentados e irreconciliables, que alguna vez fuera, porque la corrupción sistémica (y, por lo tanto, sistemática) nos ha igualado a todos por lo bajo, por lo más bajo, por lo bajísimo y lo subterráneo, por lo paupérrimo de una gestión pública que retrata a nuestros partidos políticos igual que nos retrata, por desgracia, también a nosotros. De esta pira general, asamblearia y hasta telúrica no se va a escapar nadie. En absoluto.