El poder de Armengol

La Telaraña en El Mundo.

 
 En la sala de máquinas del poder chirrían los engranajes, pierden aceite las válvulas, chisporrotean los interruptores y enormes columnas de humo grasiento y gris emergen de las calderas oxidadas donde la inteligencia parece fundirse en sí misma y concluir, finalmente, en casi nada. En la sala de máquinas del poder hay una mazmorra repleta de argollas, potros de tortura y televisores de plasma donde todos los noticiarios del universo escupen, simultáneamente, sus diagramas bursátiles, sus barómetros electorales, sus tiernos paisajes domésticos de corrupción o violencia. Los paisajes extendidos, en fin, de la vida y la muerte.

 En este contexto tan excrementicio no es difícil entender que Francina Armengol apueste por que Pedro Sánchez se busque la vida con los populismos y los nacionalismos antes que facilitar el gobierno del Partido Popular. Está claro que, para Armengol, nunca es demasiada exótica la fauna con la que se puede, y hasta se debe, pactar si se trata de alcanzar el gran poder siquiera sea de forma nominal y, sobre todo, figurada.

 En esa figuración nos detenemos, porque se nos antoja muy reveladora. Armengol no gobierna absolutamente nada. Se conforma, porque no le queda otro remedio, con dar algún que otro discurso propagandístico y atender, con mayor o menor diligencia, al flujo y reflujo caprichoso de las demandas metafóricas y el sectarismo lingüístico de Jarabo y Barceló. Su legislatura avanza a trompicones y parece que eso mismo es lo que desea para todos. Pues tomamos nota. Perplejos.