La línea última

La Telaraña en El Mundo.
 
 Todo lo que hacemos está compuesto de automatismos que, aunque parezcan irrelevantes, no lo son. En absoluto. Esos tics y manías que han envejecido con nosotros, esas pautas de comportamiento que siempre nos parecieron tan extravagantes como útiles, esa forma habitual, en fin, de conducirnos es la que nos acaba confirmando la validez y el éxito, siempre tan relativo como fugaz, de nuestro esfuerzo. No somos máquinas, pero lo parecemos cuando se trata de realizar nuestro trabajo diario, esa labor por la que no recibimos otra medalla que algo de dinero y la satisfacción íntima (o la resignación lúcida) de ocupar el tiempo en lo que nos gusta.
 Vengo ahora de observar las últimas andanzas de Rafael Nadal. No me refiero al magnífico yate que se ha comprado, sino a su regreso a la tortuosa senda del triunfo. Primero fue el noveno Montecarlo y ahora el noveno Godó. Esperan Madrid y el cielo, el décimo cielo de Roland Garros.
 Nadal repite sus tics de siempre bañado en un sudor que nos parece eterno. Se compone el pantalón, el hombro izquierdo y el derecho, la nariz, la oreja izquierda, otra vez la nariz y finalmente la oreja derecha. O así. Después empieza otro ritual mecánico, el del tenis; y la bola cruza el aire escapando de la red y los gemidos. Nadal, cuando concluye el punto, remueve con sus zapatillas el polvo de arcilla en busca de la línea blanca de cal. No hay que perder nunca de vista esa línea última porque, como él sabe o sabrá algún día, es la que acaba dando sentido al juego y también a la vida.