Los muertos ilustres

La Telaraña en El Mundo.

 Llueve y hace frío. Es algo excepcional y así lo reseño, porque las ideas se me acumulan buscando en la realidad cercana, que es la que mejor conozco, alguna situación ajena que pueda sentir como propia o, al menos, como común; algún lugar donde guarecerme de la intemperie, de la extrañeza ante lo que no acabo de comprender y me asombra, abruma o aturde, me deja frío, muy frío y tiritando en estos días de marzo en que hace más frío del habitual. Hace frío y llueve.

 No entiendo, por ejemplo, más allá de la gravedad de los símbolos y de la precariedad física de la conciencia, que Cort se sume a una remota querella sobre los crímenes cometidos durante la Guerra Civil y la dictadura franquista en Mallorca que se oficia en el Juzgado Nacional de lo Criminal y Correccional Federal número 1 de Buenos Aires. Me da que ese viaje a Argentina es inútil y absurdo, pero igual yerro; y el motivo es que envejezco y no tengo muertos ilustres ni propios o preferidos en ninguna parte y todos los muertos me parecen el mismo muerto en un paisaje que se abre a la luz del alba igual que pestañea a la hora violeta o negra del crepúsculo.

 Con todo, la verdad es que ya no juzgo ni condeno a nadie. Me basta con mi curiosidad perpleja de a cada rato. Vuelvo a leer las urgentes amenazas de Cort al monolito de Sa Feixina y quedo absorto y en silencio. Realmente nunca viví nada muy especial en ese parque. Realmente no voy a irme a velar ningún monolito que no sea el de 2001 Una Odisea del Espacio. No sé, pues, de qué coño me quejo.