Las diadas

La Telaraña en El Mundo.

 Supongo que todos los pueblos han de tener (quizá por inercia o mercantilismo, por suscripción popular o sólo por presumir de afinidades) sus propias celebraciones y efemérides, su íntima dosis de autoafirmación más o menos orgiástica, oficial y hasta histórica, su personal e intransferible catarsis, su colmena enmarañada de símbolos, su colección atmosférica de himnos triunfales, sus refulgentes joyas de la corona, su teatro medieval (o postmoderno) del horror y su libro abierto de las vanidades.

 Toda esta sucesión de síntomas no debe alarmarnos, porque no deja de ser un apunte del natural, una inocente extrapolación de lo que sucede cada año, el 12 de septiembre o el 31 de diciembre, cuando a unos o a otros les da por acordarse de Jaume II, su carta de franquicias y privilegios del Reino de Mallorca, en el primer caso, y la hiperbólica introducción de la lengua catalana y sus infecciones colaterales, en el segundo caso. La isla, al fondo, sigue palpitando su calma o bullicio ancestral, su apatía o discreción, su mirar de cerca como si fuera de lejos. O viceversa.
 Se trata, pues, de ajustar la mirada sobre las razones que mueven al econacionalista (o así) Miquel Ensenyat, presidente del CIM, a impulsar campañas ciudadanas como “Repensar Mallorca” en pro de la diada catalanista y del propio Consell. Como era de prever, las consultas formalmente asamblearias acaban convirtiéndose, siempre, en el mejor cauce de la manipulación ideológica. Hace siglos que no celebro diada alguna y así va a seguir siendo.