Pablo y Albert

La Telaraña en El Mundo.
 
 
 Lo primero es situarse en las plácidas horas lentas de la noche en casa. La cena rápida de los niños: mañana aún hay cole si la huelga de la casta docente lo permite. En el mullido sofá virtual del espectáculo, que es una composición de lugar, un rebuscado plató televisivo con cámaras, acción, pocas luces y muchísimos efectos especiales, están sentados los hologramas de los líderes de Podemos y Ciudadanos; ellos no están, pero no importa. Esto es un juego litúrgico, un ejercicio de estilo donde lo que vale es enfrentar sus inmaculados perfiles estratégicos. Quizá, también, su aparente falta de hervor o su apetecible lógica suicida.
  De ambos se nos ofrece, sobre todo, su metódica y esforzada sonrisa, la que encandile a más gente aturdida o absorta, asombrada, abúlica, indignada o simplemente crítica con un discurso político que, cada vez, sostiene menos y peor la realidad que debiera arrullar y no arrulla. Será que no puede.
  A esos dos jovencitos relativos y treintañeros, Pablo Iglesias y Albert Rivera, uno los mira sin apenas ver casi nada. Parece mentira que ambos, con un discurso tan retórico y blandito, se hayan convertido, al parecer, en los personajes claves de un futuro político que se presagia convulso. Con tantas balas de fogueo, la realidad (o su parodia televisiva, su reflejo clónico en las redes sociales) se despereza para volver, enseguida, a la somnolencia. Es lo que tiene viajar hacia el futuro en un mullido sofá al que le chirrían los muelles y también las tripas. No hay viaje. No sé si hay futuro.