La violencia

La Telaraña en El Mundo.

 La violencia suele tener muy mal aliento. Aspecto desarrapado y mirada torva. Estúpida. La violencia suele ser pobre, mezquina y muy corta de ideas. Similar a un colapso rápido y absoluto de los sentidos: el estallido claustrofóbico del odio y la ceguera. El latigazo de un rayo silencioso que cruza la piel y la deja marcada. La desgarra. El alarido gutural de un universo donde no hay lugar para el lenguaje de las palabras y la pausa arremolinada de la razón; sólo la inercia marcial de la muerte, el paso atrás en la cadena evolutiva. La renuncia a ser humanos.

 Luego vienen las citas enloquecidas al filo de la niebla o de ese espejismo de río que hay en Madrid y es el Manzanares. O las turbulentas confesiones y testimonios alrededor de un cadáver en los edificios Pullman. O las piedras lanzadas por un joven de 23 años contra los vehículos que circulaban bajo un puente en Sa Cabaneta. Los cristales rotos, la luna de sangre, la cara tumefacta de una mujer inocente.
 Todos somos inocentes, hasta que dejamos de serlo o nos convertimos en cómplices. Hay otra violencia más allá de las reyertas cotidianas. Estoy pensando, entre otras cosas, en la violencia de los que usan el poder para medrar ellos mismos y los suyos. En las bandas para delinquir que nos han gobernado (en las Islas como en tantas otras partes) desde hace décadas. En sus socios necesarios. Los de siempre y los que vendrán. Los que ya despuntan al hilo retórico de nuevas naciones. O estados. O clases sociales. La historia repetida de cada principio de siglo.