De bustos y símbolos

La Telaraña en El Mundo.
 
 
  Parece que a los nacionalistas de MÉS les preocupa el busto del Rey Juan Carlos que preside Cort y que habrá de ser cambiado, muy pronto, por el de su hijo, Felipe VI. O eso se supone, porque ya le han encontrado, al busto, un sucesor alternativo (y hasta un autor adicto a la causa) en la no menos esférica y nobilísima cabeza del último alcalde de Palma durante la República, Emili Darder. Es decir, hace un rato de nada y una lluvia infinita de cabezas como cantos. Rodados, por supuesto.
 La verdad es que yo no soy muy partidario de los bustos. Los de piedra tallada me resultan ariscos y hasta impostados; y los parlantes, tan televisivos como políticos, me suelen resultar poco creíbles y hasta ensordecedores. Todo lo contrario que los bustos de algunas señoras y, muy en especial, de la mía. Cómo no.
 Tampoco me gustan, en absoluto, los retratos reales; siempre me acaban pareciendo falsos bodegones donde la naturaleza muerta se reencarna en las facciones más o menos hagiográficas o adustas del tiempo. Ni los crucifijos, a los que reconozco, no obstante, cierta austeridad solemne que no sé si es de este mundo. Mucha peor opinión, aún, me merecen las banderas, los himnos, las señas de identidad enaltecida y, por extensión, los lazos, las sogas y los ayunos más o menos imaginarios. O famélicos. En realidad, me temo que los símbolos siempre acaban queriendo significar mucho más de lo que, de hecho, significan. Y esa impostura es el fruto podrido de no asumir los límites del pensamiento. O las deudas de la propia cultura.