Los candados imaginarios

La Telaraña en El Mundo.
 
 Si tuviera que ir a todos los actos culturales, presentaciones de libros, tertulias y encuentros varios, a los que me invitan -sobre todo, vía Facebook- es muy posible que, además de volverme no sé si mucho más sabio o si loco, no tuviera tiempo para escribir estas ingrávidas columnas. El tiempo, aquí, es como el espacio, algo muy relativo, que con la misma facilidad con que se extiende más allá de lo que uno quisiera, también puede pasar rápido, como si un vuelapluma o el eco difuso de una mirada que hace un barrido de lo que está a su alcance y luego se apaga y recuerda.
 Hace unas noches me encontré nueve candados -todos de acero laminado, todos distintos y con alguna inscripción de índole hormonal y adolescente- al cruzar uno de los últimos puentes sobre Sa Riera, nuestro raquítico Sena en la medianoche sentimental de todos los sueños y los deseos.
 Esos candados, cerrados sobre el pretil de hierro, el relente y el vértigo, no atrapaban ninguna cadena, ningún vehículo, ninguna llave misteriosa. No atrapaban nada, salvo a sí mismos, el vacío y, por supuesto, mi atención. Me quedé un rato palpándolos y otro imaginándoles el porqué de su existencia. Días después, hoy, ahora, creo saber qué pretendían. Por eso escribo sobre ellos, para librarme de su recuerdo, sus grilletes invisibles, su cerrazón en mitad de la noche.
 
 
*****


Curiosamente, esta noche acabo de pasar y ya no son nueve los candados, son multitud!