Buen viaje, Pastor

La respuesta al debate de los sábados en El Mundo: ¿Cree que Pastor debe abandonar el PP si no está de acuerdo con su programa?
Sí. A Antoni Pastor sólo cabe abrirle las puertas y desearle -aunque sólo sea por la más simple y elemental de las cortesías- el mejor y más largo y fructífero de los viajes. Que ya habrá tiempo, si se tercia, para el rencuentro y hasta para el balance sentimental de cuentas, el ajuste de agravios y desagravios, quizá en el peralte resbaladizo de las curvas que vienen, y de las que vendrán, o en el nudo fiero de las encrucijadas, en la emboscada fría y áspera de la niebla y, también, en el vórtice enfurecido de los tornados, en algún lugar oculto entre el aullido destemplado de las fieras en plena selva y el crepúsculo ciego -y cegador- de las ideologías. Por ahí, pues, en cualquier parte o en ninguna. Quizá en la hora ridícula, pero definitiva, del juicio final. ¿Demasiado tarde? Quién sabe.
  
Porque lo único cierto -pero no sé si verdadero- es que un partido político no puede acabar convirtiéndose en un refugio para los amigos y los amigos de los amigos y los amigos de los amigos de los amigos y suma y sigue y, así, la amistad -ese eufemismo- vaya formando una enorme bola de nieve, siempre cuesta abajo y hacia el abismo, una madeja de intereses selectivos y superfluos donde sólo importa, finalmente, el cargo, la tajada, la mordida, el beneficio. Y el latido, tan apetitoso, claro, de la yugular ajena.
 No, un partido político no puede confundirse con un club familiar, una oficina de colocación o un campamento de refugiados. Ya padecimos a UM, para esos menesteres. Y por ahí siguen varios partidos -ahora desterrados del poder- con su rancio discurso dialéctico, más próximo a los efluvios de la melopea que a los de la cordura. Pero allá ellos. Hay que sobrevivir, sí, pero no a toda costa. Hace falta -es justo y necesario- que los programas políticos sean algo más que un arma electoral o un arrojadizo subterfugio, es preciso que sean una marca distintiva, una oración, sí, pero también un credo. Bien que sé, por supuesto, que la realidad tiene muchas lecturas y que, muy posiblemente, todas sean igual de válidas (e igual de parciales, de tendenciosas, de incompletas, vale) pero lo que no puede ser es llegar a vicepresidente, renegar de las propias señas de identidad para convertirse a otras y pretender seguir, como si nada, en el puesto. Cuando se cambia de opinión hay que cambiar, también, de lugar. Y no pasa nada, oigan.