Inquisidores y ruinas

La Telaraña en El Mundo.
Pudo ser un museo, aunque fuera de los horrores de un tiempooscuro y desalmado, y así, por las noches, el alma de algún judío erranterecorrería, entre aldabadas, cadenas y gemidos, sus espléndidas habitaciones,su establo y hasta sus salas de tortura. Pudo ser una biblioteca de librossagrados y herméticos con páginas repletas de símbolos, ecuaciones y cábalas,de historias de caballeros templarios -presos de alguna fiebre ultramundana-con su manto blanco y su cruz roja en el pecho.
Pudo ser, también, un solemne despacho oficial o, incluso-aunque la idea es mía y, por desgracia, no soy muy dado a publicitar misideas- podrían habérselo cedido a los mayores inquisidores, tal vez, quepueblan estas tierras, a la OCB, el STEI y su falange de mercenarios, para quecolgaran ahí sus pingües lazos patrióticos y sus arrebatados blasoneslingüísticos, el armazón piramidal de su quimera educativa, sus armasentrelazadas, sudorosas y ateridas ante un espejo, soberbio, que jamás sedignaría a reflejar, ni siquiera un ápice, una arista, un mal perfil o unpliegue esquivo de su fastuosa imagen. O sea, nada.
Pero no. No fue nada de eso. Can Fàbregues es hoy un lugaren ruinas, una selva de vigas apuntaladas y escombros, una propiedad más de unasucesión de gobiernos indiferentes que ha ido cayendo, lentamente, en ladegradación y el olvido. Ahora resulta que está en venta -como casi todo- y lomás factible es que la compre algún avispado zapatero chino. Nos lo tenemosbien merecido.