El líder y la decepción

La Telaraña en El Mundo. 
Lo tuvieron por un demiurgo o por un hombre de talento excepcional, pero les decepcionó, dijo Santiago Carrillo de Joseph Stalin en una entrevista que emitió, hace sólo unos días, TVE. Había una nube de humo revoloteando por entre las frases y su rostro y su sonrisa habitual, una densa niebla por entre los cristales de sus gafas y la ceniza de sus años y esa vieja sensación de «déjà vu» que tanto me agota, cuando la percibo. Había dicho decepción y Stalin y, aunque las sílabas se acoplaban sin chirriar demasiado, no pude sino preguntarme si asco o, quizá, repugnancia podían reflejar mejor lo que debiera sentirse ante uno de los mayores asesinos del siglo pasado.
Pero pelillos a la mar. Todavía nos queda, al menos, Corea del Norte para rebuscar al último Gran Líder y encontrar la relectura perfecta de 1984, el libro de George Orwell al que siempre regreso cuando lo que veo me hastía, pero no me anima a cerrar los ojos, sino al revés. A abrirlos. Lo cierto es que me sucede muy a menudo.
De repente, suena una alarma y aunque no sabes, siquiera, de dónde viene o qué significa, sí que tomas nota de su urgencia y sí que la guardas en algún arcón de la memoria. Como sin querer, pero, sobre todo, por si acaso. Algo así me pasó el sábado pasado, 14 de abril, en la Plaza de España durante el acto en recuerdo de la II República. Yo no vi a Jaime Bueno, a Bernat Riutort, a Maria Antònia Oliver o a Miquel Mascaró. Ni siquiera al bueno de Pep Vilchez. Yo vi tan sólo a Stalin. Qué cosas.