Desnudos en el paraíso

La respuesta al debate del sabado en El Mundo: ¿Cree que la oposición intenta convertir el hotel de Sa Ràpita en otro Son Espases?
No. El nacionalismo y sus asimilados, es decir, los que ya no tienen otro ardiente clavo ideológico al que agarrarse, elaboran sus campos de minas, sus necrópolis de cruces y hasta sus altares de vapor levemente sulfúrico alrededor de un único concepto, el del territorio. De él emanan, como si el universo fuera un volcán de lava y una nube tóxica de cenizas, la lengua y, también, el urbanismo, que son los dos pilares básicos de su existencia y casi que los únicos. O eso se diría, intuyendo lo bien que, al parecer, se debe encontrar uno consigo mismo y con los suyos, un puñado de almas en vilo en pleno páramo, resguardados del frío, de la noche y de las fieras por el resplandor intermitente de una hoguera común o, quizá, propia, mientras el coro de Sa Real -o el de Son Espases, si es que aún existe- va modulando los cánticos de la tribu, rememora sus gestas ancestrales y épicas o inverosímiles y, entonces, repican las campanas, como truenos, y ondean, qué esbeltas, las banderas y, aleluya, hermanos, que ya casi es de día y la niebla huele a rocío y hay una playa virgen donde bañarse como si en el útero materno, vaya gozada. O bautismo. O rito de iniciación. O despelote.
Pero todo este proceso de demonizar lo que está o no está, según se mire, en los escritos de la legalidad no me parece que tenga nada que ver con anteriores episodios. Aquí no hay monjes medievales ni ermitas ni escrituras violadas, no hay templarios al acecho ni calabozos repletos de sangre histórica, no hay mensajes cifrados sobre el pueblo elegido y su lengua, no hay más cháchara que la del Plan Territorial de Mallorca reconvertido, al fin, en el mapa de un tesoro que ya no existe. La finca de Son Durí nunca estuvo en Es Trenc, sino en Sa Ràpita, igual que nosotros sólo estuvimos en Es Trenc -y no en Sa Ràpita- cuando era la hora buena de tomar el sol tal y como vinimos al mundo y, además, en inmejorable compañía. Pero ya hace, por desgracia, demasiado tiempo de eso.
Vamos a esperar, pues, a que el asunto tome cuerpo en los juzgados y allí engorde y explote o, al revés, se desinfle y desaparezca. Nos importa menos que nada toda esa liturgia vacía de realidad y huérfana de sentido. Más aún, nos asquea la continua pérdida de tiempo, esa demora instalada en nuestras vidas, que consiste en no hacer ni, sobre todo, dejar hacer nada de nada. Así nos va.