La Corte y sus balcones

La respuesta al debate de los sábados en El Mundo: ¿Cree que Urdangarin tiene un trato de favor por parte de la Justicia?
Sí. Leo sobre los entresijos de la pieza de Urdangarin -que así la llaman, como en un requiebro del lenguaje jurídico- y pienso, en efecto, ¡vaya pieza! Porque este juicio del caso Palma Arena, derivado en Operación Babel, va por piezas y, además, a tanto el kilo. Primero Diego Torres, luego la familia Tejeiro, después la primera tanda de la sinuosa y ovoide conexión balear, con Pepote Ballester a la cabeza, para llegar al éxtasis, quizá, el 25 febrero, con el mismísimo duque de Palma (de Mallorca, creo) en persona, e ir agotando el tema, ya en mayo, con el omnipresente Jaume Matas. Hay que ver cómo repite este hombre. Y lo que repetirá.
Se trata, pues, de una programación bastante completa, en la que no falta de casi nada. Pero es lógico. Al juez Castro le encantan las puestas en escena multitudinarias y grandilocuentes, le va el bullicio, las plateas repletas de personajes y hasta los gallineros -los balcones vecinos- bien atestados. Y mejor, por supuesto, si hay cámaras grabando y flashes de por medio y la hora del telediario se mezcla con la del arroz y los huevos -o lo que sea que haya para comer, si es que hay algo- y así se empieza a hacer mella pronto en los estómagos de la opinión pública y se caldea el ambiente y la pasión sube varios grados y el frío ambiental se troca en ardor y comunión, en coro de indignados, en revuelo de banderas y pancartas, en puesto de tiro al muñeco -huevos, tomates o insultos, que todo vale-, en un remedo soez y antidemocrático de una apócrifa Fira del Ram convertida en patio de barricadas.
No hay nada que odie más que las imágenes televisivas de los cadáveres políticos camino de la horca o la absolución. Resultan tan ociosas como desagradables, tan manipuladas como intolerables, tan barriobajeras como cualquier otro programa de telebasura. O peor. Con todo, la repugnante exhibición de los higadillos pertinentes debe ser igual para todos. Vale que al yerno del Rey, y no por seguridad, ni por los reparos de la Casa Real, sino para evitar espectáculos tercermundistas y plebeyos, le permitan entrar en coche -o a caballo, si le place- y no andando. Hasta ahí llego. Lo que no es de recibo es que si los juicios son grabados, se grabe a todos y a él no. Dijo el Rey, y no sé si aún le duele la lengua, que la justicia ha de ser igual para todos. Pues que lo sea. O, al menos, que lo parezca.