Lluvia de Neutrinos

La Telaraña en El Mundo.
Miro el firmamento por ver si llueven neutrinos. Y sí, llueven, pero de una forma bastante rara. Los que me quito de encima resulta que aún no han partido de su lugar de origen, pero ello no me inquieta porque yo aún no he salido, tampoco, de casa y, además, para cuando lo haga, seguro que los neutrinos ya se han vuelto a la suya. O sea, que no hay forma de encontrarnos y ni el CERN -puro fulgor en la canosa melena de Albert Einstein- puede explicarme lo que no precisa explicación.
Resulta que muchas veces he llegado a un lugar cualquiera -a la presentación de un libro o a una cita a ciegas, por ejemplo- antes de ponerme, siquiera, en camino. He llegado y hasta me he vuelto y he decidido -entonces sí- no ir bajo ningún concepto. Lo malo es que estos viajes siempre dejan su huella y luego los amigos creen haberte visto donde no fuiste y se preguntan por qué no les saludaste y, claro, cómo les dices que se confunden, que nada es lo que es y que siempre estás de vuelta, porque ya ni se te ocurre que vayas a llegar a parte alguna. Qué va. Todo está demasiado lejos.
Pero no. Las cosas no son así. Uno va y viene sabiendo que aunque los neutrinos viajen más allá de la luz y que, por tal motivo, nos lluevan a cada rato recuerdos -es decir, retazos del pasado, cuando no, de golpe, el pasado entero- lo mejor es seguir saliendo a las calles por ver si el pasado acaba deslomándose de una vez y para siempre y, al fin, algo nuevo sale a la luz y que todos lo veamos. Si es posible.