Hermosamente vencidos

La Telaraña en El Mundo.
La música de Leonard Cohen es, a estas alturas de la fiesta, casi la única que aún me acompaña en mis mejores momentos, esos instantes sagrados en que busco la comunión con alguien o sólo conmigo. A veces la encuentro y, a veces, no, pero el remolino pausado y terco de su voz me engulle siempre y me inunda -quizá con la misma vocación subterránea o submarina del ridículo metro de Palma en cuanto llueve- con su avalancha de graves, su alud de conceptos y metáforas, su ritmo lento y mortecino, irreal, terriblemente hermoso. Hermosamente vencido.
Pero esa historia empezó hace una eternidad y desde entonces hasta aquí y ahora, todo ha sido demolición y decadencia de sueños y esperanzas, algo así como una suma, no tanto matemática como enloquecida, de errores y hallazgos, que nos han hecho avanzar o retroceder, que eso nunca se sabe con certeza, hasta dejarnos a solas con la que puede ser la melodía de una vida. O de sus ruinas. No precisamos muchas músicas para ser felices y sí, en cambio, un gran silencio, un silencio perfecto. Una paz, acaso, con un pulso similar al de nuestra respiración íntima.
Ahora levanto la aguja de mi viejo tocadiscos como quien libera una vena agotada y somnolienta. Repaso lo escrito y me digo que no sé si Cohen, en la actualidad, aprobaría este paisaje apocalíptico. Pero tanto me da. Cada uno es dueño único de sus palabras. Aún es así, pero no sé hasta cuándo.