Acampados, pero en Babia

La Telaraña en El Mundo.
Había que dar un aldabonazo en las conciencias y lanzar, así, un serio aviso a la clase política de que las cosas no sólo marchan mal, sino que no marchan. Y eso, el movimiento 15-M, lo consiguió casi como sin querer, en un fulgurante abrir y cerrar de ojos. Había, y hay, y seguirá habiendo, tantos motivos para la indignación que sólo se trataba de dar un simple paso y agitar, siquiera mínimamente, el capote rojo de la denuncia para que el toro de la realidad empezara a mirarse a sí mismo en el espejo de sus jóvenes y sintiera la ardua frustración de no gustarse en cómo se estaba viendo.
La misión, pues, estaba ya cumplida. Enhorabuena. Pero hablo de ayer. O de anteayer. O de las vísperas del 22 de Mayo. Hablo del instante mismo en que cuajó la idea y supimos que la indignación era real. Pero la realidad de los sueños -y de las revelaciones- dura muy poco y menos, aún, cuando se quiere perpetuar un estado de ánimo y trocarlo en otra cosa. Del dicho al hecho. O de la teoría a la práctica.
La perseverancia de las acampadas ha convertido las ágoras en estercoleros y el famoso consenso de mínimos en un aluvión de sectarios y pintorescos caprichos. Es lo que tiene hurgar en el vacío, que se levantan ampollas de aire que, al explotar, son regüeldos o gases, pero no más. Va siendo hora que la Plaza de España recupere su yermo e inhóspito paisaje habitual, porque el que hay ahora, ya hiede.