Apuntes de viaje (y 3)

La Telaraña en El Mundo.
Cada vez que visito Valencia me paso horas bajo la sombra de alguna de las magnolias (o, quizá, ficus gigantes) de La Glorieta. O del Parterre. Allí, junto a sus raíces como troncos atormentados, me reencuentro con algo más que con una metáfora del tiempo, su realidad o agonía, su instinto de supervivencia o su voluntad de laberinto. Esas gruesas nervaduras ocultan, también, un rumor monstruoso, igual en Valencia que en Palma. Igual cruzando el Puente de Calatrava, que recorriendo la infame ristra de los sumarios abiertos en los juzgados isleños. Cómo chirría, me digo sin mirar a nadie y a todos, el goteo del dinero público danzando al viejo corro de la financiación de los partidos políticos.
Pero donde me pasé, no horas, sino siglos, fue en la exposición de Bancaixa, «Por Laberintos». Ahí recordé que el cerebro sirve para salir de viaje y la memoria para regresar a casa. Ahí me perdí sin más alivio que saber que para salir de un laberinto no necesitamos el hilo de Ariadna. Basta con desandar lo recorrido y volver al origen. O a ese lugar elevado desde el que el dédalo es sólo un croquis, un boceto, un apunte del universo. Un artificio.
Vuelvo, pues, a casa, aún a tiempo de atender a los fastos de los 75 años de la Biblioteca de Cort. Cómo chirría que un oasis resida en el lugar donde desgobierna la gente más iletrada e inculta del mundo. Pero eso debería cambiar en breve. Supongo.