Los nombres del Apocalipsis

La Telaraña en El Mundo.
«El tiempo no cura nada. El paciente ya se ha ido», escribió T.S. Eliot, con la asombrosa lucidez de lo exacto. En efecto, nada se cura y la enfermedad permanece mientras la gente desfila, a ratos con sus canciones y, a ratos, con sus plegarias, como si celebrando una romería siniestra, y el aire se vuelve sólido y gris y ácido y la catástrofe se eterniza como si eso fuera la vida: una procesión o una marcha suicida hacia un abismo invisible, un baile en círculos concéntricos e infinitos, una lluvia torrencial de deseos y esperanzas diluyéndose en nada. O en casi nada.
Porque siempre nos queda el rumor del éxodo. Esa huida de la ubicua Zona Cero, que es como huir de ninguna parte, porque en todas acechan las llamas; fue Lower Manhattan en Nueva York y Tavistock Square en Londres, Atocha en Madrid, Chernóbil en Ucrania, Eyjafjallajökull en Islandia y ahora Fukushima en Japón. O cualquier arrabal en la agitada noche del Islam. Aquí al lado. Aquí mismo. En el interior herido de todos nosotros.
Ya no hay distancias. Nunca las hubo, aunque los nacionalismos sigan recreando sus mapas de contornos lingüísticos y perfiles étnicos, ese atlas, ese acordeón plegado que chirría igual al abrirse que al cerrarse. Pero hoy el peor de los clamores anuncia los nombres del Apocalipsis sin saber qué tipo de revelación final nos aguarda más allá de las máscaras de gas y los velos de la intransigencia.