El Bosque

Y por fin, tras varios meses de trabajo entre ensayos, rodajes a bajas temperaturas y montaje, ha nacido nuestro primer cortometraje. El Bosque es uno de esos proyectos que, siendo amateur, enfocas de la manera más profesional posible. Sobra decir que los medios con los que hemos contado no han sido excesivos, pero la ilusión y las ganas de haceros pasar un buen rato (doce minutos y cuatro segundos, más concretamente) han podido más que todo lo demás.
El Bosque está basado en un relato con el mismo nombre, escrito en 2005 y publicado en Días, Ediciones Antígona, en 2010, y fue rodada entre octubre y noviembre de 2010, en Valsaín. Ignacio Vivanco dirige con acierto su primer corto que seguro será el primero de muchos…
Olvidando una vida

Tengo el gusto de presentaros un avance del nuevo cortometraje en el que hemos estado trabajando los últimos meses, titulado Olvidando una vida. Como ocurrió con el anterior (El bosque), está basado en un relato de Días (dos relatos, para ser sinceros), aunque esta vez la adaptación tiene bastantes más cambios que el original. Personalmente os diré que me está encantando el resultado, y espero que a vosotros también os guste.

Amor constante más allá de la muerte (Francisco de Quevedo)

Ha pasado ya más de un año desde que escribiera unas líneas dedicadas al amor en la literatura, aquella tarde de noviembre. Mencioné a Neruda, hablé de Bécquer, incluso cité a la mismísima RAE, que se atrevía, y se atreve, a hablar de sentimiento intenso del ser humano, tratando de explicar con unas escasas palabras acertadas una certeza que tal vez sea inexplicable, al fin y al cabo.

En estas lides andaba yo, buscando en la literatura ese algo más que nos hace hombres, un paso más allá del sapiens sapiens, cuando me reencontré, qué suerte la mía, con este soneto de nuestro querido Francisco de Quevedo, que tituló “Amor constante más allá de la muerte”:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Decidme, amigos. ¿No son estos catorce endecasílabos, que forman soneto, unos de los más bellos jamás escritos? Nos habla el maestro Quevedo del amor puro, verdadero, que atraviesa la muerte; de la cálida llama que, aún en la más fría noche del alma, en su último suspiro, permanece viva, ajena a las putrefacciones carnales.

Qué hermosura, qué belleza en catorce versos. Qué lección para los que intentamos hacer literatura. Qué inalcanzable genio el de don Francisco. Tal vez debiera la RAE rendirse, y acabar sustituyendo la definición de amor por esta genialidad que será, seguro, eterna.