escritor

Sí, soy fuentéño,

fuentéño de pura cepa,
nacido en la primavera,
de mi Castilla la Vieja.

 

En un pueblo muy pequeño,
solamente de extensión,
de gente tarasca y recia,
y fuertes de corazón.

 

No tienes más que mirar,
sus rostros, tersos, quemados,
trabajan de sol a sol,
en los campos o ganados.

 

Mi Fuente de Santa Cruz,
La Fuente, como llamamos,
el pueblo donde nací,
el pueblo al que yo amo.

 

Te escribo a ti, pueblo mío,
para ti son mis halagos,
aunque por allí no vaya,
en mi alma estás pegado.

 

Allí nacieron mis padres,
al menos que sepa yo,
gente humilde, con principios,
y ricos de corazón.

 

Mi padre, pastor de ovejas,
y muy buen trabajador,
siempre con su boina encima,
quemada de tanto sol.

Así es mi Fuente, mi gente,
los que en silencio amo yo,
paisanos, buenas personas,
y que esconden su dolor.

 

En él tengo una casita,
que nadie podrá quitarme,
en ella ya están mis padres,
y en ella quiero enterrarme.

 

Desde ella veré muy bien,
la estación, las eras grandes,
y en primavera saldré,
hasta la ermita a pasearme.

 

Sí, soy fuenteño y tarasco…
castellano de pura sangre.

Dejo sobre mi escritorio,

y escrito en un papel,
mi vida, mis sentimientos,
para que lo puedas leer.

 

Hoy me siento muy cansado,
no sé si me moriré,
la vida no la he comprado,
todo puede suceder.

 

Pero lo que yo no quiero,
que te quedes sin saber,
todo lo que te he amado,
y que aún muerto, te amaré.

 

Miro por el ventanal,
angustiado, yo que sé,
con sensaciones extrañas,
por mi cuerpo recorrer.

 

Me quedo con tu mirada,
con ese beso de ayer,
la suavidad de tus manos,
y ese, te amo, también.

 

Me siento y sigo escribiendo,
con ansias de amanecer,
entre tus brazos, tu almohada,
y tu cuerpo de mujer.

 

Oigo acordes de guitarra,
una melodía al anochecer,
y una voz suave y muy tierna,
hablando de ti otra vez.

Por eso escribo y escribo,
temo ya el amanecer,
entre estas cuatro paredes,
que me puedan absorber.

 

La soledad no es tan triste,
como la queremos ver,
a veces, es un sedante,
otras, refugio también.

 

Así que aquí me despido,
pensándote a ti, mujer,
y dejando en mis escritos,
lo que te amo y te amaré.

 

Dejo sobre mi escritorio…
el amor que yo heredé.

Dejo escrito en el papel,

con mi pluma delicada,

sentimientos y temores,

que invaden toda mi alma.

 

Sentimientos sobre ti,

sobre la vida, en mi almohada,

que se esconden lentamente,

porque nadie los reclama.

 

Sentir sirve de muy poco,

si no tenemos con quien,

solo a nuestro ego sirve,

y no nos sabe muy bien.

 

Por ello, las soledades,

los silencios y los miedos,

las angustias y los males,

y poco, poco consuelo.

 

La pluma va describiendo,

lentamente y angustiada

sentimientos y temores,

que la va dictando el alma.

 

El amor tiene dos partes,

deleites y sufrimiento,

deleite si es compartido,

sufrimiento si es tormento.

 

No hay peor cosa que amar,

en soledad y en silencio,

la angustia te va matando,

las células de tu cuerpo.

Los sentimientos te afloran,

por los poros de la piel,

y las entrañas se encojen,

en soledad, sin querer.

 

La pluma sigue escribiendo,

atorándose los dedos,

porque no aguanta el dolor,

de sentimiento y deseo.

 

Llora la pluma angustiada,

y hasta se mancha el papel,

la tinta queda borrosa,

muy difícil de leer.

 

Solo es visible si se ama,

así, la podrás leer,

desgajarás contenidos,

y sentimientos que ver.

 

El poeta está llorando,

porque no sabe qué hacer,

quiere seguir escribiendo,

pero no encuentra papel.

 

Los sentimientos se agolpan,

entremezclados, no sé,

tiene claro lo que quiere,

pero no lo quieren ver.

 

Le critican, le mancillan,

o le instan para seguir,

pero nadie le pregunta,

por qué se siente él así.

La pluma ya se ha parado…

¿tienes algo que decir?

Deja que hablen los silencios,

como susurros del viento,

con melodías inquietas,

llenas de mil sentimientos.

 

Déjame verte un instante,

aunque sea de reojo,

quiero sentirte muy cerca,

cerca de mí, de mis ojos.

 

Para abrazarte, besarte,

decirte lo que yo siento,

para entregarte mi alma,

con todo mi sentimiento.

 

Deja que hablen los silencios,

las miradas y los besos,

las caricias con los labios,

recorriendo nuestros cuerpos.

 

Déjame ver tus encantos,

esos que arropan el viento,

con sus caricias más frescas,

en el calor de tu lecho.

 

Desnuda, entre cien sofocos,

los que produce el calor,

ese calor asfixiante,

entre gemidos de amor.

 

Gemidos llenos de vida,

de pensamientos sin voz,

de excitación permanente,

que producimos los dos.

Déjame verte un instante,

déjame verte mi amor,

deja que fluya la vida,

y el latir del corazón.

 

Gime en silencio conmigo,

con la voz entrecortada,

con el amor por los poros,

entre sudores de cama.

 

Deja que la excitación,

nos recorra todo el ser,

entre besos y más besos,

llenos de amor y querer.

 

Acorta más la distancia,

que nos separa a los dos,

es física solamente,

y no es la del corazón.

 

Ven, acércate despacio,

con pasos cortos y firmes,

seguros, bien convencidos,

de llegar a nuestros fines.

 

Deja que hablen los silencios…

escúchalo entre cojines.

Estoy pintando una flor,

sobre el papel, con mis manos,

la tengo en el corazón,

y en él se me está formando.

 

No tiene color aún,

porque en papel yo la plasmo,

con mi pluma escribo en él,

lo que en mí, se está formando.

 

Es hermosa, bella y tierna,

y una forma angelical,

su belleza me deleita,

sus ojos quieren hablar.

 

La estoy formando en silencio,

y aquí la estoy describiendo,

lentamente, con dulzura,

según yo lo voy sintiendo.

 

Despacio voy yo juntando,

los pétalos a su cuerpo,

ya voy viendo su silueta,

toda es pasión y deseo.

 

Se vislumbra ya el color,

y en la distancia, la espero,

mi corazón da la sangre,

y el alma la pinta el pelo.

 

Ya la veo, casi está,

ya crece y nace del suelo,

sus pétalos ya se abren,

como abrazándose al cielo.

Qué belleza, qué color,

rojo y jazmín terciopelo,

sus ojos son cristalinos,

del rocío mañanero.

 

Y su cara, que hermosura,

con esa mirada clara,

que enamora y habla sola,

y se clava como daga.

 

Su cuerpo es escultural,

y de un olor penetrante,

que solo al fijarse bien,

descubres la fe y el arte.

 

Solo me queda pintar,

sobre este papel en blanco,

sus bellos labios, sus manos,

que los escribo y relato.

 

Los labios son bien carnosos,

en boca muy delicada,

nacidos para el amor,

y el arte de ser pintada.

 

Las manos son muy delgadas,

y suaves como la seda,

que he sentido por mi piel,

al verla crecer en ella.

 

Ya no puedo escribir más,

porque otros la desean,

y mi llanto emborronaría,

lo que escribo aquí de ella.