Alberto Gomez Vaquero en Club de poeía

Un relato: el poeta premiado

Ahora, yaciente bajo este peso, recuerdo el primer premio que recibí. Me lo
entregó el alcalde de mi pueblo por un poema que escribí a la patrona del
lugar, la Virgen de la Cueva. Aún puedo recordar los aplausos, el júbilo de mi
familia, los parabienes…aquello fue lo que me animó a seguir escribiendo y a
presentarme a más concursos de poesía. Sin embargo, no gané ningún premio más
en dos años, lo que me desanimó un poco. Mucho, en realidad. Comencé a pensar
que mis poemas no valían para nada y que nunca vería mis versos publicados y
que ya no habría más parabienes ni aplausos para mí. Afortunadamente, mi suerte
cambió el día en que, un poco por aburrimiento y otro poco por casualidad, fui
a parar a una tertulia poética que se celebraba, según me enteré luego, cada
martes en un conocido restaurante del centro. Allí fue donde conocí a Martín
que, como yo, era un poeta menor de provincias. Fue él quien me informó de que,
para ganar un premio, era necesario antes conocer y bailar el agua a los
jurados.


─  Siempre son los cinco o seis mismos, así que
no es difícil. Lo que ocurre es que hay cola ─ me dijo aquel primer día,
sentados ambos en la barra de un pequeño bar, ya cerca de mi casa y de la suya,
pues éramos casi vecinos.
─ ¿Y cómo ese hace? ¿Les regalas cosas? ─ pregunté yo entonces, aún
ignorante de los secretos de la diplomacia poética.
─ ¡Qué va, hombre! Basta con acudir a sus tertulias, reverenciar sus
escritos, pedirles opinión sobre los tuyos, agasajarles con comidas o cenas,
escribir críticas en las revistas poniendo sus libros como ejemplos de la mejor
poesía del momento… Ese tipo de cosas.

─ ¿Y con eso basta? ─ pregunté
─ ¡Claro! ─ respondió Martín ─. Si lo que quieren es que alguien les
reconozca. Encumbrarse, vaya.
─ Pero eso es tristísimo ─ comenté yo, mientras me prometía para mis huesos
que yo jamás llegaría a convertirme en alguien así.
─ Puede ser ─ reconoció Martín ─. Pero así es como funcionan las cosas en
este mundillo. Hablas bien de alguien y en pago, poco a poco, ese alguien te da
un premio o, al menos, un accésit. Después, sigues así y vas ganando otros. Hasta
que tienes ya el suficiente número de premios para que sea a ti a quien
empiecen a invitar como jurado. Entonces ya todo es más fácil porque, como tú
luego vas a ser el encargado de repartir premios, a su vez recibes muchos de
poetas que quieren ser premiados y que forman parte de jurados de premios
menores. De manera que apenas tienes ya que hacer nada. Casi ni publicar.

Me encogí de hombros y no dije nada, pero convencido
de que Martín no me mentía, me dispuse a acudir, día tras día, a tertulias y
eventos poéticos a fin de conseguir publicar, al menos, un libro. Después, lo
dejaría. Ya que no estaba en mi carácter agasajar a quien no se lo merecía ni,
mucho menos, convertir la poesía en una mercancía. Si triunfaba, quería que
fuese por mis méritos artísticos, no por ser el mejor alabando a otros o agasajándoles
con dádivas.
Así pues, mes tras mes, no me perdí una sola tertulia, ninguna lectura. A
veces, salía de trabajar a las siete de la tarde y a las ocho estaba en una
tertulia en la que me dejaba ver para que mi cara sonase, pero de la que me largaba
antes del final para llegar a tiempo de la conclusión de otra donde había
poetas de más prestigio a los que, con mi exiguo sueldo de oficinista, invitaba
a una copa o a una tapa mientras con mis comentarios elevaba por las nubes sus
libros de los que, en muchas ocasiones, no conocía más que el título y lo que
en los medios se había dicho de él. Críticas que ante sus oídos y apenas
modificadas para que sonaran más naturales, repetía yo a fin de conseguir un
favor, una oportunidad.

Y esa oportunidad llegó. Ocurrió una tarde de
noviembre, gris y de viento helado. Estaba en una tertulia muy pequeña en la
que se rendía homenaje, aquel día, a un poeta ya muerto. Presidía el acto uno
de los poetas más valorados del país al que yo había entrado ya en anteriores
ocasiones, hinchando su ego e invitándole a copas y más copas y del que no
había recibido sino desdén y alguna que otra sonrisa nada comprometedora. Sin
embargo, aquel día, cuando me acerqué a él me reconoció en seguida y,
llevándome aparte, me dijo:
─ ¿Tú no estarías interesado en escribir una crítica de mi último libro?
─ Claro ─ respondí yo.
─ Es que un amigo envió una a una revista pero se la devolvieron por la
filiación que tiene conmigo. Así que he pensado que quizás tú podrías escribir
una crítica y enviarla a esa misma revista. Libremente, claro. Diciendo lo que
quieras. Luego ─ añadió ─, una vez publicada, nos sentamos un día y hablamos.
Que me han dicho que tienes por ahí unos poemas muy buenos. Los podemos echar
un vistazo juntos a ver qué se puede mejorar y cómo podemos conseguir que los
publiques.
Aquella era la oportunidad que tanto había estado esperando. Así que en
cuanto llegué a mi casa, abrí el último libro de aquel poeta ─ que aún no había
leído, entre otras cosas porque su sensibilidad, supuestamente moderna, a mí me
parecía empalagosa y adolescente ─, tomé notas de algunos versos más o menos
inspirados y escribí una crítica laudatoria y ensalzadora de sus virtudes,
 en la que le colocaba a la altura de los grandes maestros de todos los
tiempos.
Dos días después de su publicación, recibí la llamada que me permitiría
cobrarme el favor. En ella se me invitaba a una pequeña cena con algunos
conocidos poetas y el editor de poesía más importante del país. Acudí a ella
nervioso, con un par de cuadernillos con mis mejores poemas bajo el brazo. Al
principio, todo el mundo fue un poco frío conmigo. Sin embargo, a medida que la
noche fue avanzando y el vino fue haciendo mella en los corazones y en la
lengua, todos comenzaron a tratarme como a un igual. Sin embargo, no saqué de
aquella cena ninguna promesa en firme, ninguna oferta de publicación, de manera
que llegué a casa bastante desconsolado y muy borracho, teniendo además la
sensación de que había hecho el gilipollas y de que había vendido mi pluma por
una cena y unas cuantas copas de vino.
Pero me equivocaba, ya que dos días después el famoso poeta volvió a
telefonearme. Iba a formar parte del jurado de un premio regional.
─ Deberías presentar tus poemas ─ me dijo ─. El premio es de poca cuantía,
pero el libro se editará en una buena colección. Yo mismo he publicado en ella
un par de libros.

─ Por supuesto que lo presentaré ─ dije yo ─. El
dinero no es importante. A mí me basta con publicar.
─ Bien, bien ─ dijo él─. Pero ponle un buen título al libro. “Poemas para
frenar la incertidumbre” o algo así.
─ Ese título me parece buenísimo  ─ dije yo y añadí ─: creo que te lo
copiaré.

Aquel fue el primer premio importante que gané. El
libro se publicó unos meses después. A la presentación del mismo invité al
afamado poeta que no quiso hablar pero que, con su sola presencia, consiguió
que el acto estuviera lleno de otros líricos conocidos y de sus
correspondientes adláteres.
A partir de entonces, comencé a ser mejor recibido en las tertulias. En
alguna de ellas, incluso, me invitaron a hablar. Así, pasé de ser un
desconocido a alguien ya conocido, al que los grandes poetas trataban y
saludaban. Fue en aquellos días cuando sufrí mi primera crisis. Me había
prometido a mí mismo que, una vez publicado mi primer libro, dejaría de hacer
la corte a los grandes poetas y a los editores conocidos, sin embargo, aquellas
actividades se convirtieron en parte de mi rutina y, poco a poco, fui
dependiendo de ellas como de una droga.
El agasajo a mi libro, las palabras laudatorias de poetas menores que yo ─
incluido el propio Martín que aún seguía sin ver publicado un libro suyo ─, las
invitaciones, las primeras peticiones de apoyo…no podía rechazar todo aquello.
Además, vi una oportunidad de repetir con Martin lo que el considerado mayor
poeta del país había hecho conmigo. Todo comenzó cuando un viejo poeta, que
acababa de montar su editorial, me pidió que le recomendase a alguien. Le pedí,
entonces, a Martin que a ver si podía publicar una reseña sobre mi libro en
alguna revista y que creía tener una oportunidad de publicación para él.
Reconozco que jugar de aquella manera con un amigo me hizo sentir algo mal,
pero, a la vez, era consciente de que aquel era el modo en que se iban
construyendo los currículos en el mundo literario, así que no dejé pasar la
oportunidad.
Mientras, y a fin de diversificar mis influencias, conseguí que una pequeña
editorial portuguesa tradujese y publicase a un poeta ya algo mayor que tenía
mucha mano a la hora de decidir jurados o de llevar a poetas a dar conferencias
por el mundo, algo que se me había metido entre ceja y ceja que debía ser el
súmmum del éxito. Ese poeta, la verdad, no era gran cosa. Tenía, eso sí,
numerosos premios lo que no le evitaba de seguir hablando de “lluvia de hojas
doradas” para referirse al otoño o de “labios de rubí” o “dientes de marfil”
cuando describía a una mujer. Era, en definitiva, un poeta obvio y carca que,
sin embargo, se había sabido mover muy bien y que tenía publicados todos sus
textos en importantes editoriales. Además, el carácter conservador de su obra
le hacía muy preciado por aquellas instituciones que, desconfiadas por
naturaleza de todo aquello que tuviera que ver con la cultura, querían, sin
embargo, barnizarse con una capa de intelectualidad que les ayudara a ennoblecerse
y les dotara de cierta dignidad.
En todo caso, aquella traducción, encabezada por un prólogo mío, me sirvió
para entrar en el circuito de conferenciantes y jurados. Primero muy de poco en
poco y después, a medida que me fueron debiendo favores por premios o accésit
recibidos, más a menudo.
Esta actividad me permitió, además, publicar mi segundo y mi tercer libro.
Ya que mi nombre comenzó a sonar en el mundillo, de manera que en seguida me
premiaron en sendos premios regionales, nada mal dotados económicamente y que
incluían, además, la edición de la obra en colecciones de ámbito nacional.
A mi vez, ayudé a Martin primero y luego a otros a ir colocando sus obras
en pequeñas editoriales o a ganar concursos más o menos prestigiosos, siempre a
cambio, eso sí, de reseñas, traducciones u otros premios.
Así, apenas una década después de publicar mi primer libro, ya me había
hecho un hueco importante en el mundo poético y como además era un poeta fértil
─ escribía bastante, aunque me temo que no siempre con la adecuada calidad ─
fui coleccionando un buen número de premios y reconocimientos. Sin embargo, me
comencé a dar cuenta de que si no daba un paso más me quedaría con la etiqueta
de buen poeta, de premiado poeta, pero no podría acceder nunca al siguiente
escalón: el de intelectual reconocido.
Concedo que ya entonces estaba cansado de aquella lucha, de correr detrás
de mi estatua, pero a la vez, iba viendo tan cerca los siguientes escalones, las
cumbres próximas, que no me permitía a mí mismo desistir o descansar.

Así pues, aprovechando mi confianza con aquel que
había sido considerado años atrás el mayor poeta del país y que ahora había
cedido su cetro, le pregunté qué podía hacer para ganar más prestigio, para
lustrar más mi nombre y mi currículum.

─ Mira ─ me dijo ─: los libros de poesía son la base, lo primero. Pero lo
que de verdad da aura son los ensayos. Escribe un texto sobre poesía
contemporánea, o sobre un autor en concreto, alguien que ya esté muerto, eso
sí, reclamándote su heredero o su enemigo y así irás consiguiendo prestigio.
Con ese consejo en mente, comencé a cavilar sobre qué podía escribir yo. Y
aún no lo había decidido cuando justo aquel poeta que me había dado el consejo
murió de manera repentina. Entonces lo vi claro: tenía que ser el primero en
publicar un análisis sesudo de toda su obra. Y a ello me apliqué con entusiasmo
y obsesión. Pedí en mi trabajo un año de excedencia y me dediqué día y noche a darle
a la tecla. Reuní críticas de otros autores, fusilé menciones y citas, elaboré
una cuidada selección de poemas y entregué todo a la editorial con la que más
asiduidad había publicado el finado. Allí recibieron la obra con los brazos
abiertos. Estaban preparando una cara y ambiciosa estrategia para vender todo
el stock de obras del muerto que tenían en sus almacenes y mi obra les venía
como anillo al dedo.
Aquella obra me permitió, además de añadir a mi perfil literario una nueva
medalla, pasearme por toda España hablando de los bueno que era el fallecido y
de lo magnífica que era su obra. Entre la editorial y yo, convertimos a aquel
poeta mediocre y hombre vanidoso en un santo. Pero a todos nos convenía y él,
por supuesto, ya no se podía quejar. Bueno, en realidad, tampoco lo habría
hecho.

Cuando acabé con las conferencias y de regreso a mi
trabajo en la oficina, comencé a escribir un nuevo ensayo. Esta vez era un
análisis de la poesía contemporánea. Me había dado cuenta de que un nuevo grupo
de jóvenes estaba consiguiendo mucho poder, pero carecían de la pátina de
prestigio de la que ya disponíamos algunos de la generación anterior. De manera
que, a fin de no perder mi puesto en el escalafón de los mejores poetas (para
entonces yo ya estaba considerado un gran poeta y mi nombre salía siempre entre
los posibles ganadores de los grandes premios) decidí congraciarme con aquel
nuevo grupo reuniendo a sus autores en una antología en la que, además de sus
versos, se glosaba su innovación (que en realidad no era tal) y su potencia
(apenas un “malditismo” mal impostado) bajo mi batuta y dirección. Fue todo un
acierto. Aquellos jóvenes me adoraron como a uno de sus referentes, me salvaron
del borrón y cuenta nueva que pretendían hacer con el pasado y me pasearon por
toda España mediante festivales, antologías, lecturas y conferencias.

Así llegué a lo cincuenta años que cumplí ayer. Y
tenía tantos premios que ya había perdido la cuenta. Por eso, esta mañana, en
cuanto me levanté, me dispuse a quitarles el polvo y contarlos a fin de
consolarme, con mis logros, del paso del tiempo. Sin embargo, el destino me
tenía preparada una jugarreta que algún desaprensivo calificaría de irónica o, más
agudamente, de justicia poética. Y es que, mientras limpiaba los premios que
tengo situados en la parte superior de una estantería, donde además están
reunidos todos mis libros publicados, el mueble se ha caído sobre mí, dejándome
atrapado entre él y el suelo, sin poder sentir las piernas y con una terrible
herida en la nuca. Y, honestamente, me siento como la víctima estúpida de un
escritor anacrónicamente moral y de pésimo gusto, capaz de matar a un personaje
sólo porque envidia sus logros o, peor aún, porque le recuerda a la peor parte
de él mismo.