Leo a Luisa el poema y no lo entiendo dice pero me suena
dentro del corazón
se lo leo al ciego que toca el violín en la esquina y evoca
cierto sueño que le persigue de madrugada
el hombre de la ventanilla me fulmina marca el número de
la policía
hace falta estar demente exclama el dueño de la funeraria
hombre práctico y con mucho porvenir
este señor académico vacila un poco se ajusta la corbata mi
editor me mira sonriendo con aire de absoluta
conmiseración
mis hijos lo ven algo más claro lo cantan con su propia
música lo descoyuntan siguen rompiendo cosas
que había que romper
el poema queda abandonado es una medusa una gran medusa
gelatinosa traslúcida depositada por las olas
en la arena
nadie sabe si tiene delante una cosa viva o una presencia
muerta
aunque todos intuyen un vago peligro no tocan siguen su
ruta indeclinable
qué hago yo ahora con tanta medusa son incómodas insolentes
incomprensibles abrumadoras
no se pueden guardar en un armario poner en un florero
encerrar en una pecera
leo a Luisa el poema y a veces se acongoja suena el violín
en la noche
el hombre de la ventanilla pugna por escapar tropieza con
otro vacío compacto se suicida
mis hijos hablan cosas extrañas con sus novias pero escuchad
silencio el poema continúa ahora en otro ámbito
no sé qué aliento mágico sopla un instante sobre el mundo
tomo las riendas negras de lo desconocido se rompen ya no
hay riendas
avanzo avanzo no hay más norma que el pánico me declaro
rehén de lo absurdo
heredero de un ritual que no comprendo de una libertad que me
destruye
una vez más cierro los ojos de la máscara innumerable
y avanzo avanzo siempre buscando quién me responda en este
vasto idioma de la infinita soledad
(Coro concertado. LEÓN, 1971)