Si enajenado estás que no se note,
plomo en el ala, tu postrer cordura.
¿Desertarás de tu sin par pelea?
Nunca regreses, flébil donquijote,
a tu pobre hidalguez, tu aldea oscura.
Muere abrazado a tu DULCINEA.
Abrazado a palabras
me precipito
en honda sima sin palabras.
Este desconocerme es ya lo único
que acaso me ilumina.
Ilusorio trasluz.
De mi sombrero azul
brotan aves extrañas.
Paz, libertad, justicia…
El caos hermoso
me las hiere de muerte,
me les quema las alas.
Vuelven.
Entre cuchillos, entre inconcebibles
inquisiciones, vuelven siempre;
fénix alucinantes,
resucitan, golpean.
Salen llamas:
fraternidad, amor
espléndida mentira
Abrazado a palabras
caigo
en mi nada efectiva.
Soy la ceniza de que se alimentan.
***
No trates nunca de escapar a un sueño.
Suéñalo hasta su última
embriaguez o catástrofe,
tan sólo así lo anulas y te impones
a su ficción:
hunde las manos en sus arcas de oro,
date a su vértigo, a sus persecuciones,
entrega el cuello a sus verdugos,
el sexo a sus amores
ilícitos, no trates
de escapar, véncelo
y proclámate rey de su brevísima
eternidad.
(Pentagrama sin pájaros. El Bardo. BARCELONA. 1973)
Viernes otoñal
Dorada claridad de lo alto
atempera los hedores más tristes
–los desperdicios de la industria
y del humano corazón
Dispongo el mantel limpio
y la sábana limpia,
atento al juego,
estratega de mis fruiciones,
y me retiro del inútil combate,
ya quemados los ojos en un largo
empeño de justicia,
fascinado por cuanto me contempla y contemplo
Ando por el otoño
cual si los pies fueran plumas,
viajo cómodamente instalado en un silbo,
me apeo en cualquier estación sin nombre
y poseo los campos
con desnudez provocativa,
hago estadísticas de aromas
–atento, siempre atento
al insidioso jaque de alfil y dama
mientras celestemente
paladeo las uvas
¿Qué otra cosa puedo hacer yo por el mundo?
Diré mi hosanna al sol de octubre
Intentaré no ser cruel
Porque veréis,
me siento el corazón como las rastrojeras,
como las cepas vendimiadas
que medio lloran, medio cantan
Y tan alta vida espero
que me tumbo a soñar lo que más quiero
y lo que más quiero es vivir
(incierto y alucinado como hasta ahora)
seguir resucitando por mi mano
doctorada en suicidio
(Canción de lo tachado. SANTANDER. 1980)
Dije: no estoy para nadie,
esta mañana no puedo perderla
Llamaron
el deshauciado y el proscrito,
el que trae papeletas, filtros de amor,
cartas con matasellos del futuro.
Llamaron el vecino y el antípoda,
y también el ladrón, el pordiosero
para quienes el perro inventó su ladrido
y el ciudadano sus cerrojos.
Venían sonriendo, transpirando,
con alfiler y lágrima,
derechos o torcidos, a pie o montados
en sendos alazanes de recortada bruma.
Los atendí a todos, uno por uno,
con alucinación y vino compartidos.
Gané muchas mañanas en una sola.
(Unas palabras donde vivir. Ángaro. SEVILLA. 1979)
Leo a Luisa el poema y no lo entiendo dice pero me suena
dentro del corazón
se lo leo al ciego que toca el violín en la esquina y evoca
cierto sueño que le persigue de madrugada
el hombre de la ventanilla me fulmina marca el número de
la policía
hace falta estar demente exclama el dueño de la funeraria
hombre práctico y con mucho porvenir
este señor académico vacila un poco se ajusta la corbata mi
editor me mira sonriendo con aire de absoluta
conmiseración
mis hijos lo ven algo más claro lo cantan con su propia
música lo descoyuntan siguen rompiendo cosas
que había que romper
el poema queda abandonado es una medusa una gran medusa
gelatinosa traslúcida depositada por las olas
en la arena
nadie sabe si tiene delante una cosa viva o una presencia
muerta
aunque todos intuyen un vago peligro no tocan siguen su
ruta indeclinable
qué hago yo ahora con tanta medusa son incómodas insolentes
incomprensibles abrumadoras
no se pueden guardar en un armario poner en un florero
encerrar en una pecera
leo a Luisa el poema y a veces se acongoja suena el violín
en la noche
el hombre de la ventanilla pugna por escapar tropieza con
otro vacío compacto se suicida
mis hijos hablan cosas extrañas con sus novias pero escuchad
silencio el poema continúa ahora en otro ámbito
no sé qué aliento mágico sopla un instante sobre el mundo
tomo las riendas negras de lo desconocido se rompen ya no
hay riendas
avanzo avanzo no hay más norma que el pánico me declaro
rehén de lo absurdo
heredero de un ritual que no comprendo de una libertad que me
destruye
una vez más cierro los ojos de la máscara innumerable
y avanzo avanzo siempre buscando quién me responda en este
vasto idioma de la infinita soledad
(Coro concertado. LEÓN, 1971)
En mayo me poseen fuerzas oscuras
Año tras año me acontece idéntico delirio a fecha fija
Trazo signos inútiles en un derroche íntimo seminal
Esto de ver tantas margaritas juntas me pone tierno
Igual que a esa provecta virtuosa que estornudaba con el polen
que no conoció varón que en paz descanse
Pero en verdad son bellas las praderas estremecidas por la pisada
directa del tiempo
Y es que las amapolas no respetan la puerta sellada del destino
Caigo de hinojos ante la más flamígera
Estoy como en una cuna presto a la eyaculación a la embriaguez
a la paradoja y a la muerte
Con este violento azul de fondo puedo abrazar a cualquier ente o
cosa que no oponga reparos a dejarse penetrar por mí.
(Amor y viceversa. JAÉN, 1976)
Volveré. De la sombra o la nada o las transmigraciones o el
Reino, volveré.
Seré voluta de humo, chispazo de antimateria, pavesa de algún
abismo, no lo sé; pero os prometo que volveré.
Y también os prometo no molestar a nadie, no incordiar ni
dar sustos a deudos ni enemigos;
no consumar venganzas; no alternar con licántropos ni urdir
cortocircuitos:
seré un fantasma nada convencional, un espectro correctísimo.
Volveré, sí, a la tierra, pero no me busquéis en el castillo en ruinas
ni en la vetusta casa solariega
a mí que nunca tuve solar ni castillo ni siquiera una sábana con que
taparme a veces:
seré un fantasma indigente, expuesto a los calores y los fríos.
Buscadme entre las multitudes que amé y aborrecí al unísono:
aquellos a quienes nunca comprendí del todo, hombres y mujeres
en soledad o emparejados o ferozmente gregarios.
Estaré junto a ellos ayudándoles a arrastrar sus cadenas en la
noche,
yo que jamás fui capaz de librarles de un solo eslabón mientras
vivía.
Buscadme en mis querencias, tal un soplo de nostalgia glacial,
infinita:
en el tumulto y el color de los mercados, en las nochebuenas y
carnavales de los pobres,
allí donde el vino y la desesperación hagan brotar extrañas voces
jamás escritas,
donde haya un aquelarre sin convocatoria previa, una plática
al sol de visionarios no catalogados;
en todos los discursos políticos silbaré, y dirán: es el viento;
en los desahucios y confiscaciones haré volar las gorras de los
funcionarios;
en el sermón hipócrita seré un zarzal ardiendo; en la velada
espiritista, un largo silencio aterrador.
Y cómo vibraré, carcajada inaudible, cuando un perro cualquiera
levante la pata y haga lo suyo en pedestal de estatua o arco
de triunfo.
Si escucháis un torrente de aguas claras, sabréis que estoy allí,
fantasma en pleno día;
Y si las aguas corren urbias, habrá lágrimas mías con los
derrubios de la tempestad.
Lágrimas de añoranza, pues a pesar de todo era hermoso estar vivo.
Y si quien tenga ojos asiste a un juicio sumarísimo y ve caer al
juez que se dispone a decretar
la pena capital; si ve que cae de pronto sin causa que lo explique,
como cae un borracho, o un títere al que quiebran el hilo, o un
globo que solapadamente pinchan,
sabrá que estoy allí, fantasma inexorable, dañino, subversivo:
sabrá que estoy allí defendiendo la vida.
(Una vasta elegía. Madrid, 1976)
Ahora voy a sentarme y me quitan la silla –me fracturo
dos huesos
Tiendo el mantel sobre la yerba: llega el señor del latifundio
con su jauría –pronóstico reservado
Me acomodo en un templo: me arrojan a la testa el
tabernáculo –gravísimo
Me pierdo entre una muchedumbre de humanoides: agonizo
en el delirio del estrujamiento –extremaunción
Presiento la voluptuosidad del precipicio. Vacilo. Otros me
empujan –colorín colorado
Una mujer oscura me trae flores –pero no abro los ojos
(Una vasta elegía. Madrid, 1976)
Cuánto tesón por anular la muerte.
“Mientras existes tú no existe ella…”
Pero ella no se aparta de tu huella
y se asoma a tus ojos para verte.
Hablas –o cantas– por hacerte el fuerte.
Mas fuerte y todo, el tiempo te atropella.
Ella marcha contigo y hace mella
en lo que empuñes para sostenerte.
Es tu amante escondida, tu tabú.
“Cuando ella existe ya no existes tú”,
ni la almohada, ni el vino, ni la estrella.
Una estrella de polvo, una almohada
de polvo, una embriaguez de polvo… Nada:
Nada tú, nada el tiempo, nada ella.
(La bramadera. El TORO DE BARRO, 1971.)
Son las doce en mi reloj de pulsera
y he vuelto a sentirme extraño sobre el mapa
del cielo. Son las doce. En vano
me reclamáis ahora, voces cotidianas.
Hace un instante aún os amaba, aún os temía.
Y pasado el fulgor de este minuto volveréis a tenerme.
Entraré como un viejo conocido en vuestro reino
y mansamente consentiré a vuestro lado
convertirme en silencio, en niebla, en polvo.
Pero ahora me siento tan meridianamente extraño…
La mesa, el calendario, la enciclopedia, el teléfono,
ese insecto de ámbar, emisario del sol.
Mozart que inunda el alma en onda corta desde la radio,
cosas, objetos que siempre fueron pan empapado de ternura,
son ahora huéspedes del asombro,
aristas de misterio al rojo vivo,
precipicios que dan vértigo al corazón…
Se abre un paréntesis hacia lo desconocido.
(¡Libros, cerráos! ¡Cifras, reducíos a cero!)
¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Quién es?
¿Quién es esta criatura
que avanza entre limos y verdores
en lucha contra la soledad y el terror original?
En sus manos, toda la palpitación del barro.
En sus pies, todas las espinas de la selva.
En su frente, todas las estrellas del cielo.
Combaten en su rostro la ferocidad y la dulzura.
Parece un antropoide, parece un dios de los bosques,
parece un enorme niño…
No. Es un hombre.
Avanza desde el fondo del primer día,
segundo tras segundo de clamor y de angustia,
hacia la gran batalla de los miles de años.
No es un dios de corazón de hulla,
no es una pesadilla del musgo,
no es una fiera erguida sobre las patas traseras
que intenta acariciar o devorar la luna.
Es un hombre.
Un hombre que está solo.
Un hombre que tiene miedo.
Un hombre que tiene muerte.
Un hombre que tiene amor…
No. No son gotas de lluvia enredadas por el destino
en el liquen sombrío que puebla sus mejillas.
No son gotas de lluvia. No son gotas de rocío.
Tienen sabor amargo.
Tienen temperatura de fiebre.
¡Son lágrimas!
¡Esta fiera está llorando!
¡Este enorme niño está llorando!
¡Padre mío, estás llorando!
Son las doce en mi reloj de pulsera
¡y estoy llorando!
(Jaque mate. ÁGORA, San Sebastián, 1962)
Dos ríos parten
de la montaña.
Uno va al Sur,
a la tierra del gozo.
Le espera allí la sed de los naranjos,
acuden lavanderas con canciones
y se celebran ferias
entre los juncos…
Otro va al Norte,
al país de los hombres de carbón.
Mi anhelo se condensa en la montaña
como la niebla de la tarde.
Rueda mi voz en ásperos cantiles
y baja con las aguas
hasta la boca de las minas,
lava colchas de lino,
arropa fatigados cuerpos de hulla, acaricia
a los hombres que duermen sobre el mar.
La montaña reparte su blancura
entre todos los ojos ausentes y sombríos.
Es un terrón de azúcar
que picotean los trenes
a la sombra gigante de sus pájaros.
Pasan lentos vagones conducidos por cíclopes
tiznados, sonrientes, cariñosos.
Saludadlos.
Han auscultado el pecho de los montes.
Han aprendido en aulas de tristeza.
En sus ojos marinos se cumple la esperanza
como el cielo en la boca de los túneles.
El calor y la vida dependen d sus puños.
Saludad a la nueva aristocracia.
Más allá de los prados, donde el piorno amarillo
lima la nieve, donde
afina el agua su trombón salvaje,
habita una campana bajo la cruz del viento.
La yedra ahoga sus balidos.
En su pecho de líquenes florece un salmo mudo.
Una campana del tamaño de la oración de un niño
a cuya sombra veinticinco ancianos
anticipan su muerte.
La montaña sagrada.
La montaña terrible y bondadosa,
firme como una madre,
como un pan desmigado día a día.
La montaña es un odre de aguas claras.
Nodriza de pastores.
En sus hombros de niebla duermen los perseguidos.
Divisoria en su día de dos reinos
combatientes, aún guarda en sus entrañas
el calor fabuloso de su sangre,
congelados rubíes.
Canta el agua
ahora en las turbinas.
Lleva la luz y el gozo, la ilusión y la fuerza
(cines, forjas, imanes –kilovatios–)
al Sur, al Norte,
a dos pueblos hermanos.
Es la Paz.
La montaña reparte su blancura,
reparte sus entrañas
–hierro, carbón, espuma–,
el ritmo de sus ríos, el aliento
de sus bosques. Reparte a los que llegan
en minúsculos trenes infantiles,
buscadores de oro,
buscadores de uranio,
buscadores de nada,
a jugar, a soñar,
a indagar su misterio,
a llevarse jirones de su piel inmutable.
La montaña reparte su hermosura.
No se agota jamás. Todos se llevan
un ramo de su luz entre los labios.
Vienen los hombres. Pasan como nubes.
Participan. Se van. Vuelven. Son hijos
de los hijos de aquellos que partieron…
La montaña está en pie como un milagro.
(Contemplación y aventura. Col. ADONÁIS. 1957)