De camino a la escuela, mi hija encontró una muñeca de ojos tristes tirada en la banqueta. Le prohibí que la agarrara pero, ante su insistencia, no tuve más remedio que ceder, tal como hacen todos los padres con los hijos. Mi hija levantó la muñeca de ojos tristes, le limpió con la manita la tierra que tenía en los mofletes y el vestidito de manta y entró con ella abrazada a su escuela. Yo la vi yendo a dejar su lunchbox al armario, mientras la muñeca me miraba con sus ojos tristes por encima de su hombro. Levanté un poco la mano para decirles adiós, pero no alcanzaron a verme. De camino a casa, me fui pensando en el destino de la muñeca, tirada como estaba en la banqueta con sus ojos tristes. Se le habrá caído de la mochila a otra niña al ir también de camino a la escuela, pensé. Y sin que nadie se diera cuenta… O tal vez la madre, molesta, la arrojó por la ventana del automóvil en un arrebato. O fue un compañerito maloso el que la sacó, se cansó de patearla y al final la dejó ahí tirada, moribunda y con los ojos tristes. Toda la mañana estuve pensando en el destino de la muñeca como se piensa en el destino de los hombres, y su vanidad. Poco más allá del mediodía fui a recoger a mi hija, que todavía tenía abrazada a su muñeca. Me despedí de la maestra, cogí la lunchbox y caminamos de regreso a casa bajo un día que anunciaba lluvia. No había reparado en que, mientras subíamos la empinada cuesta, aquella muñeca de ojos tristes que iba abrazada a mi hija, y que me miraba por encima del hombro, ahora esbozaba una sonrisa.

Ecos de la Costa

La estrategia del gobierno federal en el combate al narcotráfico ha maniatado no sólo al gobierno de Colima sino a todos los estados de la República. Más que militarizar, los gobiernos priistas, por lo menos, deberían alzar la voz y pedir que el gobierno de Felipe Calderón modifique su avanzada. Deberían pedir un cese en tanto se adopta la única solución que acabará con un mal que se ha dejado crecer por décadas: la educación, que previene. Nadie sabe ya quién fue primero: si la corrupción o el narcotráfico. Pero no se olvide que, como la corrupción, el narcotráfico es ya un problema de raigrambre cultural. Es parte de nuestra identidad, como la tortilla. Y yo pregunto: ¿es a balazos como nos quitaríamos el gusto por los tacos? De esa dimensión es el problema. Los gobiernos priistas deben, entonces, alzar la voz. Reunirse, estudiar de veras a fondo el problema (aunque dudo que todos quieran realmente solucionarlo, pues muchos priistas son parte del problema!) y luego sentarse con el presidente Felipe Calderón para persuadirlo de que los caprichitos lo único que están dejando son una pila de muertos inocentes. Colima no debe militarizarse. No es culpa ni de este gobierno ni de esta sociedad la violencia que vivimos, no se hagan imbéciles los que así lo pregonan, en aras del simple beneficio personal. Por eso, Colima debe, en voz del gobernador Mario Anguiano, promover a nivel nacional con sus pares priistas un cambio en la pésima estrategia del gobierno federal. Proponer prevenir antes que curar: una campaña enorme contra las adicciones en todos los niveles escolares, una apuesta por el deporte a gran escala, una construcción o regeneración de centros de rehabilitación con información eficaz para la sociedad civil y, sobre todo, una mayor conciencia cívica por parte de aquellos que dirigen el destino de México, aunque sea por una sola vez en su vida. Si no se hace esto, esta guerra será interminable y terminará por acabar hasta con la esperanza. Dije la esperanza, sí, ese país que en mi país, ahora, ya pocos conocen.

Afmedios

Aun con los tsunamis de información que recibimos de aquí y de allá con respecto al problema de la violencia en México, ocasionado por la lucha contra el narcotráfico, todavía es posible mantener el sentido común. Esto es: todavía es posible no dejarse engañar. Lo digo así porque creo que para todos es claro que, en primer lugar, si se produce tanta droga es porque, dato desalentador, la cantidad de consumidores es directamente proporcional, y no todos son mexicanos, por cierto. En México, en una estrategia pésima (en muchos sentidos impuesta por la política estadounidense, en donde, a pesar de ser los supuestos consumidores de lo que producimos, no hemos visto las pilas de muertos que tenemos aquí), el gobierno federal le ha apostado a las armas en lugar de, digamos, a los libros. En esa estrategia tendrá, entonces, que acabar con los traficantes y, de paso, con los consumidores, porque: ¿tendrás los recursos (instituciones, personal capacitado, medicamentos, programas de rehabilitación, etc.) para atender a todos aquellos que sufren el infierno de las adicciones? Si no lo tiene para acabar con los traficantes (y sólo se trata de disparar armas de alto calibre), tengo la certeza de que no sabrá ni qué hacer con los complejos y terribles efectos de las drogas. Pero si en lugar de invertir en armas, insisto, se invirtiera en educar a la sociedad y hacerla consciente de los daños que producen no sólo las drogas, sino también la corrupción, la incompetencia, la ignorancia, la avaricia, etcétera, entonces la sociedad (y los jóvenes, principalmente) sabría tomar la mejor de las decisiones a la hora de elegir entre comprar una micha de ice o, si se quiere, una paleta de la Villa. Por otro lado, y para cerrar con broche de oro, digo que cuando el ex gobernador Fernando Moreno Peña se jacta de que durante su gobierno no había la violencia que se vive hoy en Colima, yo le digo que no sea tan bobo (él o quienes lo asesoran) porque con eso no hace sino confirmar que su pacto con el narcotráfico era una verdad como la estatua del Rey Colimán. De otro modo, volviendo al sentido común, ¿cómo un hombre tan honesto, como se dice él, posee una riqueza que, por decir lo menos, intimida a cualquiera?

Ecos de la Costa

El otro día un amigo escritor me pedía mi lista de mejores novelas de este año, que después publicaría (junto con otras listas) en su revista. La petición me cortó en cuatro mitades porque desde hace algunos seis años (tiempo que tengo ya viviendo al sur de la isla sur neozelandesa) no he hecho otra cosa que leer sistemáticamente a los clásicos grecolatinos, desde Laercio hasta Séneca, pasando por Cicerón, Plutarco, Plauto, Apuleyo, Aristófanes, Esquilo, Platón, etcétera. Es verdad que meto las narices aquí y allá en lo que se escribe ahora (algunas novelas que realmente me gusten –Diario de un jubilado, por ejemplo, de Delibes-, poemas, diarios o ensayos), pero sólo son flechazos en fuga, amores de una noche. Justo cuando le confesé a mi amigo escritor que yo en realidad no estaba al día con las novedades editoriales, y justo cuando mi amigo escritor me dijo que por lo que yo escribía no le parecía que estuviera “tan ausente de la realidad”, caí en la cuenta de algo que me había pasado desapercibido: la actualidad de los clásicos. Hice un repaso veloz a mis lecturas (Fedón o del alma, Las aves, Electra, Tratados morales) y me di cuenta que los nombres eran diferentes pero los problemas seguían siendo los mismos: el miedo a la muerte, los imperialismos y las guerras, las crisis de la culpa, los crímenes de la envidia y la avaricia. Entonces me empecé a sentir otra vez en compañía, como si esos autores tuvieran los nombres de los escritores y poetas que aparecen hoy en los periódicos o revistas, o dando entrevistas en la televisión, o consejos a los escritores que, como lo dijo Sócrates, no saben muy bien que lo que es grande es pequeño a un mismo tiempo; y lo malo, bueno; y lo clásico, contemporáneo; y que, al final del día, no son tan importantes ni los nombres ni las situaciones sino la manera en que modifican el alma de aquel que las lee.

Ecos de la Costa

Yo estoy de acuerdo en que se legalicen las drogas y lo que se les ocurra, siempre y cuando antes se reforme el sistema educativo mexicano y haya educación de calidad para todos, contando con verdaderos rectores- académicos y no venderifas , dirigentes sindicales que protejan los bienes de los maestros que se baten en las aulas, profesores bien capacitados y con sueldos de envidia y presupuestos al sector educativo mayor que a cualquier otro sector, que es la educación la única vía posible que puede salvar a mi país. Yo estoy de acuerdo en que se legalicen las drogas y lo que se les ocurra, siempre y cuando, antes, los que más tienen, paguen los impuestos que les corresponden, los que menos tienen no paguen por los que más tienen y los que recaudan los impuestos apliquen los impuestos como debe ser en los bienes y servicios que beneficien a la sociedad y no se los metan todos a sus bolsillos. Yo estoy de acuerdo en que se legalicen las drogas y lo que se les ocurra, siempre y cuando, antes, haya leyes reales que protejan a los indígenas, los discapacitados, los ancianos y a todas esas minorías en peligro de extinción, y que, por otro lado, castiguen a los políticos corruptos, los servidores públicos que no sirven, los medios de comunicación que malinforman y los extranjeros que sólo utilizan nuestra agua para regar en su milpita. Yo estoy de acuerdo en que se legalicen las drogas y lo que se les ocurra, siempre y cuando, antes, tengamos una sociedad civil bien informada y educada (como en otros países), un estado de Derecho y un sistema político que se respete aunque sea a sí mismo, una política pública que no improvise y un proyecto de país que deje de disparar al aire. Yo estoy de acuerdo en que se legalicen las drogas y lo que se les ocurra, sólo entonces. De veras: sólo entonces.

Ecos de la Costa

Estoy escribiendo solo con la mano izquierda.
Mi mano derecha descansa, herida, en el antebrazo de la silla.
Escribo solo con mi mano izxquierda, justamente lenta,
no sabe cómo colocar los acentos ni los signos de interroigsación.
Lo ves.
Escribe mi mano izquierda incluso con faltas de ortografia,
errores de dedo,
cielos que le caen encima, retardados de tanto extrañar
la mano compañera.
Escribir con la mano iozquierdsa solamente,
dolida del esfuerzo, incompleta,
es como ir por la calle sin el brazo de la mujer amada,
su sonrisa a saber,
o estar acaso en mitad del silencio que dice y no dice,
que habla y no hasbla, tiritando siempre a falta de pan o sol.
Nada se puede hacer con la mano izquierda incompletamente,
pajarillo roto que balbuce,
su tonta nostalgia de mano compañera lo lleva a ninguna parte,
tal como los países partidos por la mitad, como mi páis,
con una mitad que fue a veces mucho siempre
y con la otra que ya jamás será.

Un ejercicio en solitario que reclama la concentración en sí mismo, que no dialoga y se vierte sin reclamar un análisis sobre su naturaleza, ¿es eso la poesía? ¿es lo contrario? ¿Qué matices separan a la poesía de la poética? ¿Cuál es el estado de la crítica sobre la poesía en México entre los autores jóvenes? ¿Cuáles las tendencias más recientes en esta materia?

Habría que escarbar un buen rato entre libros para comenzar a responder a estas preguntas, y a muchas más que se van derivando como ecuaciones de cálculo diferencial, sobre todo en lo relacionado con autores jóvenes y sus contextos.

Una convergencia de escasa crítica de la poesía (aunque haya una tradición de análisis en la que se suman Alfonso Reyes, Octavio Paz, Gabriel Zaid, José Emilio Pacheco, etc.) y espacios y tirajes exiguos para publicar estos textos, le da al libro A contraluz. Poéticas y reflexiones de la poesía mexicana reciente, un valor que merece subrayarse, tanto porque responde de muchas maneras a una gran diversidad de preguntas, como por su vocación de ser un espacio para que jóvenes poetas y críticos de la poesía expongan sus situaciones particulares, sus tesis, sus métodos.

A contraluz es una reunión de quince textos compilados por Jair Cortés (1977) y Rogelio Guedea (1974), poetas que han sobresalido ya con su propia obra, y que en esta plaza de papel reúnen una muestra representativa de los autores jóvenes en México y sus recensiones.

El libro entrega al lector un rompecabezas de textos que contiene el escenario de la poesía de sur a norte en el país en esta primera década del siglo, desde sus aristas cruentas en materia de mafias literarias hasta su resplandor inmanente en el silencio de la creación.

En estas páginas confluyen Jorge Fernández Granados, Jorge Ortega, Ofelia Pérez Sepúlveda, Pablo Molinet, Ricardo Venegas, Roxana Elvridge-Thomas, Benjamín Valdivia, Javier España, Daniel Téllez, Cristina Rivera-Garza, Luis Armenta Malpica, Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal, Julián Herbert, Mario Bojórquez y Heriberto Yépez (en el orden en el que aparecen en el libro). Autores nacidos entre 1960 y 1975, en tierras tan distantes y cercanas como son la Ciudad de México, Quintana Roo, Baja California, San Luis Potosí, Nuevo León, Guerrero, Aguascalientes, Tamaulipas y Sinaloa.

Panoramas agrestes e innegables: “obtener el reconocimiento público no es proporcional a las virtudes estéticas de una obra, son necesarios otros ingredientes, por lo general fuera del alcance de los autores: habilidad en el trato con las personas, participación en un corporativo cultural…” (Mario Bojórquez), cohabitan con reflexiones del quehacer poético en solitario: “mi vocación de escritor ha sido, si acaso, sólo saber hacer de un ámbito interior un espacio compartido. Afirmar el significado que tiene lo particular, el individuo, en la medida que no hay otra cosa que nos sume a lo humano” (Jorge Fernández Granados).

Definiciones que delinean a la poesía como “…cien cosas y de ellas dos: un género literario, en efecto; también una cualidad que ciertos registros cultos de la lengua le asignan a toda clase de cosas –rostros, películas, acontecimientos. En su segunda acepción, poesía es como una frecuencia vibratoria. Una manera de caminar, cierta luz sobre cierta fachada, cierta mezcla culinaria despiden un resplandor poético” (Pablo Molinet). O la palabra poética como una herramienta que se aplica “tomando para sí el dominio de lo telúrico, lo aéreo, lo ígneo y lo acuoso, trasladándolo al ámbito de la inteligencia, de la sensibilidad, de la creación” (Roxana Elvridge Thomas).

Hay deslumbramiento y pasión por la poesía en estas páginas, pero también hay desencanto y (muchas) líneas incisivas acerca de los contextos y los mitos: “Tanto la novela como el poema se sirven de y problematizan la línea, el verso, el párrafo, la oración, la anécdota. No hay nada que les sea propio o intrínseco. No hay nada ineludible o natural. No existe esa zona de esencial pureza. No hay gracia” (Cristina Rivera-Garza).

Hay declaraciones a favor: “Yo creo en la ciudad de la poesía. En el país de la palabra. En el mundo del libro. No concibo más espacio geográfico que la mente del hombre, el corazón del hombre, su piel y la naturaleza” (Luis Armenta Malpica). Y declaraciones en contra: “Al querer conservar una estructura socioestética (y emotiva e intelectual y etcétera), una estructura que natural o culturalmente está muriendo (la poesía), la hacemos rehén. La mantenemos artificialmente “viva”. No aceptando la muerte de la poesía, no hemos aceptado su suprema sabiduría. Una sabiduría que ya en ningún sentido reconocemos, pues todas las sabidurías han sido descontextualizadas y nosotros vueltos inmunes a cada una de ellas” (Heriberto Yépez).

La convocatoria a estos poetas tiene la fortuna de haber considerado posiciones tanto equidistantes como contrarias, disquisiciones agudas acerca del estado de salud de la poesía, su permanencia o desaparición.

Interesante reunión de documentos de la época, estos textos serán en el futuro (lo son ya, pero sin la perspectiva y el enfoque preciso que da el tiempo) un retrato de las circunstancias que enfrentan los escritores en México en estos años, y las tendencias que están señalando los caminos que devendrán con este oficio-pasión-género en transición-delta de la expresión humana.

En este caso, el pecado de omisión será, más bien, un pecado de persuasión, pues lo que se busca en realidad es iniciar un debate de mayor radio sobre la situación de la poesía mexicana en la actualidad, siempre de cara y en correlación con su tradición e, incluso, con otras tradiciones menos exploradas y aparentemente ajenas.

Lo cierto es que la lectura en conjunto de las poéticas incluidas en este libro deja saldos que catalizan el estado y el ánimo del ejercicio poético actual en México.

Trends, suplemento cultural de El Financiero

Todo libro, en mayor o menor medida, significa para mí y otros cuantos aficionados a la lectura una ventana desde donde se concreta la posibilidad de observar a través de diferentes perspectivas; son éstas visiones a las que uno se acerca y que pueden, o no, coincidir con las propias opiniones y concepciones del mundo que atestiguamos, como quien desde la ventana practica el viejo hábito de “ver llover”.
Cuando se lee un libro cuyo tema central tiene que ver con “el libro”, esa literatura sobre la literatura, el entramado de ventanas que se abren y cierran tiende a tornarse infinito. Es como la visión que se obtiene cuando a un espejo se le pone en frente otro de igual tamaño y somos capaces de observar una secuencia ilimitada de reflejos que a su vez reflejan y son reflejados. Los libros sobre los libros, cuanto a fomento y promoción literaria, han sido abordados antes por muchas plumas, de seguro existe toda una ciencia al respecto dentro la reflexión sobre la cultura que se transmite por la palabra, pero no es aquí mi interés (por lo menos en este momento) hablar al respecto. Me he encontrado con una extraordinaria ventana con la cual apreciar “el paisaje” y deseo compartir lo que a partir de dicho marco puedo observar; me limitaré, esperando ser sencillo y claro, a invitar a quien esto lea a que se mire a sí mismo en la secuencia ilimitada de los espejos multitudinarios.
Se nos ha hablado siempre de los escritores…todos quienes practicamos la lectura de las palabras de otros hemos hablado de quienes están detrás de la tablilla de arcilla, de la pluma, de la máquina de escribir y, ahora, de la computadora. Hablamos y conversamos de aquellos renombrados que nos gustan y de aquellos que no, amén de los motivos de cada uno para clasificarles. Algunas veces, cuando conversamos de quienes escriben, gustamos encauzar la plática a las influencias que motivaron a los “consumados”. Por ejemplo, supongamos que tal por cual escritor de renombrado prestigio es buscado por un suplemento cultural de cualquier medio de comunicación actual. Si el autor accede a la conversación que seguramente se hará pública, recibirá, en donde le plazca, a algún emisario que buscará entrevistarlo; como regla general de estas ocasiones, éste indagará sobre sus autores favoritos y aquél hablará encantado de la vida mencionando a quienes él considera que debe su prestigio y fama. Eso lo hemos visto todos, lo reconocemos como escena constante, y aprendemos a vivir con ello ya como parte obligada de cualquier entrevista que se precie de serlo frente a alguna “vaca sagrada” de la literatura. Vaya, es parte del número.
Pocas veces reparamos en cómo tal o cual escritor fue influencia de tal y cual otro, y viceversa (si se da el caso), o bien no auguramos mucho éxito a la disquisición que podamos emprender sobre qué hizo que X fuera influencia para Y. Hasta hoy, esta escena recurrente ilustrada burdamente en el ejemplo nunca había contradicho mi posición de lector. Me bastaba saber que X fue influencia de Y y punto. Y es que tradicionalmente el proceso de asimilación de la palabra escrita a pocos importa, incluído el caso de uno mismo. Buscamos el resultado y no reparamos en el proceso; volver sobre sí mismo, no está ahora muy de moda que digamos. Y entonces, curiosos como somos, deseamos saber cómo es X escritor cuando lee y nos olvidamos de nosotros al leer en la mayoría de las ocasiones.
Hoy, al terminar la lectura del texto que me ha envuelto los últimos días, terminé confundido. Pero con la extraña sensación de que la confusión redundará en algo bueno, aunque de suyo suene contradictorio. Un pequeño texto ha provocado un desencadenamiento de ideas, sueños, percepciones, opiniones, consideraciones, aseveraciones, risas y preocupaciones que se han conglomerado en el marco de una ventana pequeña pero con una vista impresionante. Desde ese limitado marco he podido apreciar gran parte de lo que he leído, y cómo lo he hecho, frente a todo aquello, que aunque deseándolo, no podré leer.
Acompañar las cavilaciones y rumiaciones de Rogelio Guedea, ha sido pie para acompañarme a mí mismo en reflexiones similares en especie pero diversas en significado. Meditando sobre lo que ocurre en mí al poner los ojos sobre el papel, no en cuanto proceso fisiológico y convención de neuronas y sinápsis, sino como ejercicio que humaniza y conecta conmigo mismo y con el mundo, he podido percatarme un poco más de aquellas virtudes y defectos que configuran el que yo soy cuando leo.
El ansia de compartir aquél panorama que representa la literatura para este novedoso autor (por lo menos es novedoso para mí), se acopla a mi anhelo de dar a conocer lo que en mí, y también en otros, ocurre cuando nos perdemos en páginas, letras, líneas y puntos. No sé a ciencia cierta si abrir esta experiencia apoya la promoción de la lectura, puedo suponerlo, pero existe en nosotros los lectores una tendencia innegable a compartir un oficio, un arte, un estilo de ver las cosas. Incluso, la lectura como oficio, alcanza un horizonte diferente y complementario al del escritor. Como bien relata el autor no todos los lectores son escritores, pero todo escritor si debería ser lector. Me quedo con la máxima extraída de su texto “No leas para mañana lo que puedas leer hoy”.
No sé si sobre decir que cada una de estas palabras ha intendado ser una recomendación de algo nuevo, diferente e interesante. Espero por lo menos haber articulado esa idea y haberlo hecho adecuadamente. Tú sabrás decirme si lo logre.

Haga el siguiente ejercicio: no lea los periódicos, no vea las noticias en el televisor, no escuche la radio. No lo haga por una semana, al menos. Haga de cuenta que está usted en una isla desierta, sin periódico del día, sin noticiario de la noche, sin radio al atardecer. Nada. Salga entonces a su trabajo con la firme intención, también, de no escuchar a su compañero de oficina, que seguramente le dará el resumen de las tragedias del día, leídas en el periódico, vistas en el noticiario o escuchadas en la radio.
Antes de que abra el pico su compañero de oficina, háblele de cualquier otra cosa: el espejo retrovisor de su vehículo, sus nuevos zapatos blancos, la hermosa lluvia que cae afuera. Resista un día, dos, tres días así. Le reprocharán, seguramente, que usted es de esas personas que evaden la realidad, pero usted les replicará: ¿y quién dice que la realidad está en los periódicos del día, los noticiarios de la noche, la radio del atardecer?
Pronto se dará cuenta que la vida está más allá de los horrores consuetudinarios que nos presentan éstos y otros medios aquí y allá. Verá que en las calles o avenidas, en las plazas o centros comerciales, en los andadores, no todo es un asunto de balas y narcotraficantes, ni de políticos corruptos o empresarios amontona riquezas, como tampoco es un asunto de medios de comunicación que olvidan que en la vida real (e incluso literaria) no todo es negro ni todo blanco.
Hable con el vendedor de fruta del jardín o deambule por el tianguis o el mercado, y verá que le sobrarán buenas noticias que los periódicos, o las televisoras, o la radio podrían anunciar a los cuatro vientos, tal como anuncian desapariciones, levantados, acribillados, etcétera. Pero que no anuncian. Y no lo hacen porque en estos tiempos lo bueno, lo que realmente vale la pena, es (y lo ha sido siempre) moneda devaluada, artículo de última necesidad. Pero, le digo, haga el ejercicio, y ya verá usted que ningún medio de comunicación, ni un Paracaídas como éste, son más importantes que lo que la vida, más allá de su ventana, nos ofrece cada día.

Ecos de la Costa

Para José Ángel Zapatero

Hablando de libros y escritores con mi editor español en un restorán de Palencia, mientras comemos un cordero de sabor indecible, suave, se deshace en el paladar. Mi editor español habla de la cantidad de originales que recibe al día, a la semana, al mes. Se siente abrumado, dice, con tanto compromiso, al tiempo que da cifras de la enorme cantidad de libros que se publican al año, setenta mil, o al mes, sesenta mil, o al día, cincuenta mil. Imposible saberlo. No sabe qué hacer incluso con tanto manuscrito intentando ser publicado por su editorial. Mientras habla lo escucho con expectación, un poco abrumado también: incontables libros, tantos autores y tan escasos lectores, y la vida fluyendo a una velocidad inalcanzable, arrastrada por una marea de polvo y viento y gente. Y cuando apenas quiero encogerme de hombros, y desaparecer como el humo en la boquilla de una botella, me doy cuenta de súbito de que las pruebas de mi libro Cruce de vías, que aparecerán en breve bajo el sello de su editorial y que acaba de entregarme, deberían hacerme sentir dichoso, o por lo menos complacido, o quizá menos triste, no importa que también mi libro esté a un paso de convertirse en esos setenta, o sesenta o cincuenta mil libros que se publican al año, y que seguramente nadie leerá, o tal vez sí, o no, o qué importa ya si también me doy cuenta que no sólo me he ganado a un buen editor sino, lo que es mejor, a un excelente amigo. Y estamos brindando.

Afmedios

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