Archive for October, 2012


Se me han quedado los ojos
titánicos
al oír cómo cerrabas la puerta
para marcharte.
Ojos cual proa de un barco
con muy poquitos botes salvavidas.
Se me han quedado
los ojos
como violines flotando
sobre el Atlántico Norte.
Desde que tú te has ido
no hago más que perseguir
los tiempos
del crepúsculo,
mudos estallidos
de colores desorbitados
que se engullen a sí mismos,
como un paraíso sin hogar.
Desde que tú te has ido
nunca acierto
con la llave en la cerradura.
Desde que tú te has ido
el felpudo es un buen sitio
para sentarse a pensar.

Llueve.

Gracias a dios,
llueve
exponencialmente.
Llueve
sin sentido común,
llueve
como tornillos desenroscados.
Aves de otro mundo cruzan el cielo largamente
(qué inverosímiles son siempre los cielos)
y convierten la autopista en una gran serpiente onírica.
Llueve
como un anciano
indeciso
que hace balance
encerrado en el cuarto de baño
de una casa
esquinada de recuerdos.
Llueve a pecho descubierto.
Llueve
como si dios nos amara
y odiara
a partes iguales.
Y gracias a esta lluvia
consigo que esta muerte
parezca la vida.
Un abrazo tuyo,
así de pie,
junto a la puerta de casa,
con la gata maullando
entre las piernas.
Y las nubes flotando irrepetibles,
y en las tiendas todos los artículos de oferta,
y los parques iluminados de mujeres y hombres leyendo libros incandescentes,
y cabañas con niños en las ramas de los bosques,
y los políticos actuando como si tuviesen
el corazón
en su sitio,
y nadie pisando hormigas,
y en todos los cementerios una flamante sensación
de calma y suavidad.
Un abrazo tuyo,
así de pie,
junto a la puerta de casa,
con la gata maullando
entre las piernas.
 (Del libro de poemas “Amor con lobo al fondo” Paco Bello)

Dejo escapar la mirada
a través de los ventanales
del aeropuerto.
Sólo se distingue un envoltorio de niebla
y aviones
que deambulan por las pistas
como ángeles
deprimidos.
Mañana otra vez a la oficina
en lugar de a la montaña.
Mañana otra vez
al ruido cansado de las trincheras
y no a la despierta nitidez de tu rostro alcanzable.
Tú y yo
nos quisimos reinterpretar
a través de la nostalgia y el secreto
de tanto amor incuestionable
que duró y nos mató de tanto no morir.
Tú y yo quisimos.
Pero no supimos aceptar
que al tiempo no hay cielo azul que lo detenga.
Que todo es un vendaval de hojas y de piedras,
de repente.
 Pido la cuenta de los cafés
y tú me dices ‘pago yo’, pero me adelanto.
‘Pues toma la mitad’.
La mitad, qué palabra tan severa.
Veo el billete a la mitad,
tu gesto a la mitad,
su fondo a la mitad,
y el dolor tan entero y descomunal.
Adiós. Escóndete ya,
pero no en este
último beso.
Dentro de unas horas
tú te desnudarás en soledad
–supongo–
y yo me desvestiré
sin nadie
–supones bien–,
y cada pensamiento
será una bola de fuego,
como aquel sol de verano
que selló mi saliva sobre tu cuerpo,
ese cuerpo tuyo, deleitoso y palpitante.
Evoco tu calor,
no sé qué decirme / qué llorarte.
A estas horas ya queda
poca gente
en el aeropuerto.
Aquel viajero durmiendo
abrazado a sus pertenencias,
y ese operario insomne
que limpia los ventanales
dibujando transparencias
indescifrables.

(Del libro de poemas “Amor con lobo al fondo” Paco Bello)


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