Después de un día feliz
caemos rendidos.
Yo aún tenía ganas de continuar la fiesta:
salir a bailar, ir a un concierto,
tomar una copa.
Si quieres te dejo en la puerta
del Búho Real, me dices
medio en broma, medio en serio.
Y qué iba a hacer yo sin ti, tonta.
Así que nos vamos a casa
y nos metemos directamente en la cama.
Como siempre, yo digo
no tengo ni pizca de sueño
y acto seguido me quedo dormido.

Una noche más
entro en una de esas pesadillas
de las que sólo me saca la angustia.
Siempre distintas situaciones
pero siempre la misma angustia:
desesperadamente, intento conseguir
algo imposible.

Cuando despierto siento alivio.
Pienso que debo estar expiando mis culpas
con esos sueños horribles.
Te abrazo, como si pudieras protegerme,
como si nuestro maravilloso amor
sirviera para escapar de la pesadilla
que me espera con los brazos abiertos.
En cuanto que me vuelva a dormir
entraré en un escenario simbólico
para intentar cumplir instrucciones imposibles.
Quizá pague con las torturas nocturnas
una vida feliz
que no termino de creer merecer.


Desvelado,
leo Poemas
de la última noche de la tierra,
de Charles Bukowski.

No podía dormirme
y ella estaba cansada.
Imagina, le dije
que es tu última noche,
que si te duermes
ya no despertarás más.
A ella le molestó la idea
o simplemente estaba cansada
y le molestó que no la dejara
dormir en paz.
Así que me callé
y ella se pudo dormir
y yo también conseguí dormirme.
Pero no encontré descanso
ni siquiera en el sueño.

Soñé algo triste
y me desperté enseguida
con la sensación de estar desperdiciando
mi última noche sobre la tierra.

Quizá sea mañana mi última noche.
Quién puede saberlo.
Tarde o temprano
tiene que llegar lo ineludible.
Seguramente mañana será un día más,
como el día de ayer
y ésta no será
mi última noche sobre la tierra.

Pero por si acaso
voy a hacer algo
que me gusta mucho,
leer a Bukowski,
después de terminar de escribir
este poema.


Después de la discusión de anoche
no he podido dormir.
Los números del reloj digital
iban cambiando mecánicamente
en sucesión lenta y monótona.
Intentando relajarme,
me imaginé en una playa,
tumbado en la arena tibia
bajo el sol.
Tu cuerpo, tendido a mi lado,
era el sol que calentaba,
tu respiración, el rumor de las olas.
Me imaginé después sumergido en el agua,
flotando entre peces y algas.
Me rodeaba un vasto azul,
casi infinito,
y la luz verdosa
que llegaba desde arriba,
filtrándose hasta mi alma.
Sentí la paz eterna del mar.
Despacio, muy despacio,
algo se fue desprendiendo de mí.
Lo sentí hundirse lentamente
hasta el fondo abisal.
Mi cuerpo, ya más ligero,
ascendió hacia la atmósfera diáfana.
Volví a la playa,
donde aún estabas tú,
esperándome dulce y tranquila.
Y, al fin, el sueño
llegando,
y el amor
cerrándome los ojos.


Ayer bebí mucha cerveza.
Horas y horas bebiendo cerveza.
La gente también fumaba marihuana.
Pero yo sólo bebí cerveza.
Horas y horas.

Un montón de gente risueña
en una vieja fábrica destartalada
reconvertida en centro social.
Música. Risas.
Una pareja bailando
maravillosamente.
Dos o tres montados en bicicleta,
dando vueltas
en medio de la nave.
Cervezas y cervezas y cervezas.
El humo de la marihuana
flotando en el ambiente.

No he tenido hijos,
me decía la norteamericana.
Me he dedicado a viajar
en bicicleta por el mundo.
Pero siempre vuelvo a Colorado.
Algo me ata allí.
Entre viaje y viaje
vendo productos ecológicos
cultivados por mí misma.
En el último año
he viajado en bicicleta
desde China a Madrid.
Libertad. Aventura.
La tierra seduciéndome el espíritu…
No he tenido hijos, decía,
y sé que me he perdido
algo importante de la vida.
Pero hay que elegir.
Perder. Ganar.
El destino.
La vida…

Le di otro trago a mi cerveza
mientras pensaba
en todo lo importante de la vida
que yo también me había perdido.
Y ni siquiera tenía la sensación
de haber sido yo el que elegía.
.
( De Nuevos poemas )


Tú, amor mío,
no eres el pasado.
Eres el futuro
y sobre todo el presente.
Apenas tengo que asomarme a la vida
para encontrar que estás aquí,
a mi lado,
amaneciéndome
como un día luminoso de abril.
Apenas dos años, o dos días
dura nuestra historia.
Parece tan poco…
pero es tanto…
Son tantos los recuerdos ya,
y todos tan necesarios:
la sierra de Aracena y tú
aquel día de excursión,
las noches en el bar
de aquel pueblo de montaña,
bailando y riéndonos
hasta la madrugada,
el dulce despertar por vez primera
a tu lado, el placer de vivir
inundándonos el alma…
Y después tantos hermosos recuerdos
compartidos, tantas experiencias
juntos. La vida familiar
también y el deseo
de seguir siempre juntos,
caminando al paso,
como aquellos días de montaña
en la sierra de Aracena.


Al despertar una mañana
tú también te habías convertido
en un monstruoso insecto.
La vida es esa extraña ficción.
Es como si cada día
fueras a la biblioteca
y te prestaran el libro
de tu propia existencia.
Un día eres un extranjero en el mundo,
otro, un lobo estepario
y algún otro sientes la nausea de estar vivo.
Sigue leyendo esa clase de libros.
Está bien. A tu edad
es normal sentirse un bicho raro.
¿El arte de amar?
¿El miedo a la libertad?…
Sí, lee también libros como esos.
Puede que te ayuden un poco en tu búsqueda.
Pero quiero decirte algo:
en los libros no encontrarás
el sentido de la existencia.
Y un consejo más,
un poco tarde, lo sé,
pero aún así, es bueno
que lo escuches:
ten siempre fe en ti.
Algún día serás poeta.


Estamos enfadados.
Algo nos ha puesto de mal humor
pero no sé muy bien qué.
Desde luego, puedo repasar mentalmente
cada una de las cosas
que hemos dicho y hecho
en la última hora.
A ella le ha sentado mal
algo que he dicho
y a mí algo que ella ha hecho.
Después ha habido malos modos,
tono duro y cortante como un cuchillo
y, finalmente, un silencio metálico.
A ella no le apetecía discutir
y, por supuesto, tiene razón.
Mejor no discutir.
Al menos, no ahora.
Más tarde,
seguro que nos damos cuenta
de la suerte que tenemos,
recordamos que hay miles de cosas
que agradecernos el uno al otro,
también que agradecer a la vida,
y que es realmente estúpido
estar enfadados.
Seguro que un poco más tarde
recordamos cuánto nos amamos.

Anochece.
El cielo se ha teñido
de tonos violetas.
Ella está al otro lado de la casa,
sola.
Me pregunto
cómo acabará el día.
.
( de Nuevos poemas )


Alguna vez recuerdo
aquel tiempo en el que fantaseaba con ir a la cárcel.
Supongo que no debía sentirme
muy bien conmigo mismo
pues aunque no había motivos,
imaginaba con frecuencia
cómo sería mi vida
en un ambiente carcelario.
Solía empezar sintiendo
una vaga inquietud
viéndome rodeado de inadaptados
como yo, pero un poco más violentos.
Me imaginaba,
asocial entre los asociales,
aislado en una celda
la mayor parte del tiempo,
tumbado en un jergón,
despierto, con los ojos cerrados,
soñando con el mar,
los bosques, las montañas
o los valles.
Y me veía también
leyendo libros prestados
o tal vez releyendo una y otra vez
la misma obra maestra.
En esa tranquila y extrañamente bella
vida carcelaria
yo sería feliz.

Un día, sin embargo,
no recuerdo muy bien cuándo,
descubrí que la vida
no era una cárcel
y pude al fin reconciliarme
con los hombres, sentirme
en paz conmigo mismo
e ir en busca de una vida más noble.


Sentado en el sofá
con las piernas cruzadas,
la habitación en penumbra
y el teléfono desconectado
para que no me moleste nadie,
emprendo el regreso
a mis dieciséis años.
Sendero abajo,
allá en el fondo de mi mente,
voy encontrando el recuerdo,
ya casi olvidado,
de esa edad difícil
en la que asomaba por primera vez
a la vida.

Vuelvo a la casa de unos padres
que no parecían muy felices
y parecían vivir el matrimonio
como una guerra indigna.
Yo también viví una guerra…
No fue la de mi padre
que perdió a su padre, el republicano,
cuando sólo tenía cinco años.
la mía no fue tan cruel,
pero de todas formas, me hizo
infeliz.
De noche, cuando me despertaban sus broncas,
sentía en el corazón resentimiento
y ganas de morir
y dejarles a ellos solos
amargándose la vida.
Recuerdo intensamente
el placer de la soledad.
Soñaba muchas veces
con estar solo en el mundo…
El viejo sueño de la adolescencia
de vivir en libertad.
Y estaban también
los libros, con sus mundos inventados
que me daban envidia
y me exaltaban a la aventura
y a la rebelión.
El mundo real, indiscutiblemente,
no estaba hecho
para que yo viviera en él.
Si al menos
me hubiera ido bien en el colegio.
pero, ¿qué me importaban a mí
todos esos conocimientos
que los profesores se empeñaban
en hacerme comprender?

Aquel invierno,
yo también me escapé de casa,
también odié a mi padre,
busqué la comprensión
de algún amigo
y grité de rabia.
De aquel rencor de entonces
me queda solo la vergüenza
de no haberlo sabido
hacer mejor.

Espero, con paciencia,
que mi hijo de dieciséis años
comprenda, con el paso de los años,
igual que yo hago ahora,
el profundo amor de su padre,
y se reconcilie con él,
aunque sea leyendo estas palabras
que escribo hoy
para decirle
que yo también lo siento.

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