Poemas

Cuando seamos viejos

 

“Cuando seamos viejos”,

decimos,

ahora que no lo somos,

ahora que falta tanto.

Veremos venir los años,

triunfales, desfilando ante nosotros,

con trompetas y timbales,

como ejército de días sin calendario.

Pero llegará la hora victoriosa,

el día del cansancio señalado…

Y llegará el miedo

y el tiempo de negar al tiempo

y cerrar las puertas de la edad al cuerpo,

sin querer saber, sin entender siquiera,

que el hombre viejo del que tanto huía

hacía ya años que vivía aquí dentro.

 

Un 18 de julio

 

Dejó de crecer la hierba

y el sol castigó a la tierra.

Este agua que sangra,

no riega,

solo cuartea y agrieta.

Si la tocas, el fuego te arrasa,

arrasa la sombra que cuelga del árbol.

Vete chicharra, que quema,

ya no te duermen los sueños debajo.

Si acaso, quedaba una higuera

que ayer la arrancó el insomnio.

Ya vuelve a tronar de nuevo

y vuelve a sudarme el miedo.

Esconderé el alma en la trinchera

que no se pierda,

y yo con ella,

entre tanto polvo,

entre tanta arena.

Así me contó mi abuelo

que sucedió un verano,

de esos que vienen secos,

de esos que traen el fuego.

 

La noche

 

Sobre la oquedad negra del cielo

corazones de plata suspendidos,

rescoldos de amor iluminados.

Alzo la mirada proyectada de mi mano

y acaricio el bordado contorno de mi sueño,

y sobre ti, sobre mi sueño,

mi plegaria.

Pero tú siempre respondes

callada,

con el eco infinito del silencio.

Mientras,

la tensa espera del mañana.

 

Amor de otoño

 

Comenzaba a caer la cromática

tarde de tus colores de otoño.

Siempre un café

y un no saber qué hacer a su llegada.

Todavía queda tiempo, pensó,

para disfrazar el cuerpo imaginado,

sin ser cierto,

con aquel vestido último

de su último piropo recibido.

Y ensayó semblanzas,

frases hechas y ocurrentes

que hicieran inolvidable cada gesto,

ya pasado, de un presente forzado.

Insinuantes guiños femeninos,

aprendidos de rancia novela trasnochada,

amores de cartón amarillentos

para amantes sin amantes

y mujeres engañadas.

Ya no queda apenas nada…

Hiciste bien en tapar ese espejo,

que dejó de quererte hace mucho

y que jamás te miró por dentro.

Quizás la que él recuerde sea esa,

quizás la que él recuerde

no se vea en ese espejo.

Creo que ha pasado el tiempo,

mi tiempo de espera,

igual que pasó la tarde

y me llevó con ella.

Ahora siempre duermo

acompañada de un sueño,

el que tú llegaras con flores

y un te quiero, como llegabas,

tan joven…

Me besaras y te quedaras para siempre.

Fue mentira que jamás vinieras.

 

El lugar donde habito

 

Es un lugar que me habita, donde habito,

donde desvisto lo poco que poseo

y echo a correr mi conciencia,

desnuda.

Me han visto llorar sus rincones

y hacer el amor sus paredes.

Es el lugar donde muero mis noches,

el lugar que vela mis sueños

y arropa mis miedos.

El lugar donde nazco a diario.

Tengo el techo por cielo

de piel blanca estrellada

y por paisaje su mirada

siempre abierta, despierta.

Es mi vientre de madre

al que vuelvo seguro,

exhausto, a su cuidado.

Lleva mi nombre escrito

en sus labios,

los labios que abro y que beso

cada vez que regreso

de nuevo,

cada vez que me adentro en su cuerpo.

 

Mis horas del día

 

Ya volvió a nacer el día,

lo sé porque trae las horas.

Esta vez me levanto

y no se me escapa ni una.

Ya estoy corriendo tras ellas,

aunque se fue la primera,

la segunda y la tercera.

A este paso, vuelvo a perder el día.

¿Dónde estarán las horas

del mediodía?

Ayer pasó lo mismo.

Deben de estar escondidas.

Las voy a dejar jugando,

porque ahí viene la tarde empujando

y trae las horas más chicas.

¡Qué lástima, si vienen todas dormidas!

Da pena coger alguna.

Bueno, mañana será otro día.

 

De mi madre a mi padre.

 

“Aquellos fueron mis tiempos”…

Bajo el frescor de la parra,

mil racimos colgaban de grana y plata.

Junto al pozo, sentado,

yo a tu lado,

toda la vida quedaba.

Aquellos tiempos dorados

de tanto sol y tanta era,

piel planchada y almidonada,

mil paseos de la mano

y algún beso en la ribera.

Y también el hambre,

mucha hambre en la mirada,

de aceituna rayada y gazpacho majado.

Corría el tiempo sin horas…

El perro ladra y me espanta,

me espanta el sueño cansado.

Yo no quiero este tiempo,

si ya no te veo sentado.

 

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