escritor

Poesía

I

Amarga lloraba la luna
A Federico García Lorca

Amarga lloraba la luna
sobre sábanas de plata.
De amapola vistieron su cuerpo,
sin sangre quedaron las barcas.

Se oyó un disparo. Después, silencio.
Temblorosa la nieve avanzaba
tejiendo de blanco los yugos,
durmió en la escalera del agua.

¡Traed un caballo de nubes
con su galope de nata!
¡Dejad que corra hasta el río,
dejad que beba del alba!

Mataron a su jinete
y con el alma ensangrentada
murieron de pronto las madres
en las calles de Granada.

No permitan las alondras,
(batiendo sus alas de nácar)
que sueñe más la serpiente
que envenenó la cebada.

Por ninguna calleja del aire
permitieron que anidaran
ni los mirlos, ni las sombras,
ni el vuelo de las guitarras.

Amarga imploraba la luna
dejando su tez en la espada.
Los filos de todas las hoces
tras los jazmines brillaban.

Aliento gris de barrotes,
marchita la luz anhelada,
llevaba clavada en los ojos
cien mil lirios de Granada.

 

VII

Aguacero

Me conmueven los silencios
de una foto antigua
que guardo entre los pliegues
de la memoria.

Tomé esa imagen prestada
hace lustros o quizá siglos,
con la perfecta luz de la noche
como único testigo.

El cielo supo ver que a la ciudad
le bastaba con un poco de lluvia
para convertirse en el perfecto paisaje
que anhelaba mi pecho.

Ansiaba ver tus pasos
embelleciendo la memoria
de avenidas sin sueño ni cobijo,
como un libro escapando de las llamas,
como ese eterno segundo bailando en el aguacero,
convirtiendo en milagro
nuestro sol de cada día.

XII

Solos

Perdidos entre la gente, solos, completamente solos
bajo la atenta mirada de las azoteas
y los coches que nos salpican con su prisa.
Supiste distinguirme entre millones de rostros.
Supe distinguirte, a ti, luz pequeña,
entre las ruinas de fríos continentes.
Los jardines recuperaron su antiguo aroma,
se vistieron de gala cedros y olivos,
álamos y encinas.
Se desnudó la ciudad para guarecernos
en su eterno regazo, a nosotros,
tan insignificantes pero ungidos
con la dicha de los que vuelven,
de los que son esperados.
Para dejarnos solos hice que el estruendoso silencio
inundara la tarde y cubriera de ceniza las miradas y los ecos
de un bullicio agonizante.
Sin pretender hacerlo, hoy paramos el tiempo,
detuvimos el camino insomne de los astros,
cambiamos el designio de los dioses
durante el breve instante que duró nuestro abrazo.

XXI

Reloj parado

Quisiera caminar por tu cuerpo de agua
mientras centellean ajadas sombras,
vencidas todas, por la claridad de este día.
Mientras transcurren vientos y mareas,
pasos y caminos,
pueblos y ciudades.
Lentos segundos incapaces de seguir adelante,
ahogados,
muertos por una suave caricia en el olvido,
sabedores de que existen
sólo porque tú los nombras…
por una bondad que nace y muere de tus manos.
Los astros se enfilan para preguntar al alba
cómo una mujer puede asir en su tiempo
la eterna promesa de un reloj parado.

XXIV

No podrá la lluvia convertirse en mar

No podrá la lluvia convertirse en mar,
ni la espera hacerse el camino
que transita el horizonte,
para después volverse olvido.

Los cielos se han hecho jirones,
llorando la certeza de no haber sido
la luz de las amapolas
y un oasis bajo el silencio frío.

Terminará de andar por este empedrado suelo
el tiempo que amontona las hojas,
dejando surcos en la arena,
y la penumbra,
triste, desnudará su cuerpo de sombra.

XXXVIII

Como un árbol caído

Como un árbol caído,
haciendo leña de sus propias ramas.
Como un camino al olvido
lleno de sombras y palabras gastadas.
Como la noche,
el vacío recubre las horas de esta madrugada.
Como el silencio,
cautivo, preso en el tiempo de una voz apagada.
Como el viento en la tormenta
el mar sacude con violencia sus manos cansadas.
Como después de la niebla,
sus aguas tras la locura tornan a ser mansas.