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    Archive for December 2009

    Mediterráneo

     

    El retorcido cuerpo de un olivo

    sus desgreñadas ramas

    su piel labrada, negra

    contra el estallido azul del cielo.

    O la estrecha sombra de una barca

    abandonada a la caída de la tarde,

    creciente refugio de una pareja

    empujada por la urgencia

    del deseo de aprender

    el alfabeto de la sal, el álgebra

    de la arena el uno en la piel del otro,

    su abrazo como el reflejo

    de su ropa entremezclada.

    O el estrépito de la espuma

    hecha añicos al paso de los niños

    que invaden las olas

    aullando como bárbaros

    lanzados al saqueo de Roma.

    O el entrechocar de fichas

    el naipe arrojado en triunfo

    las risas y los juramentos

    cuando el dinero cambia de manos:

    el vino fuerte, el café amargo

    con el que engañamos al tiempo

    burlando su imperio

    lo que dura un cigarro.

    O la charla entre amigos

    cuando la noche se hincha

    y la luna palidece,

    juntos por el placer de estar juntos,

    olvidándonos a veces

    en las palabras de otro

    o encontrándonos de pronto

    en la mirada y el abrazo.

    Y también esta silla que espera

    bajo el peral o la higuera

    el libro abierto, tendido boca abajo

    estímulo de la curiosidad lectora

    de los insectos;

    y en fin, el pan y el aceite,

    el queso y el vino,

    las barcas que van al calamar

    y otras muchas cosas

    que estuvieron aquí antes

    y estarán aquí después

    de que yo me vaya, repitiéndose

    siempre iguales a sí mismas:

    señales que me advierten

    en los umbrales del sueño

    que tal vez yo también

    estuve y estaré más veces,

    que fui y seré otros,

    que la eternidad es un tejido

    hecho de mil cosas pequeñas

    y que la muerte, tal vez,

    sea una cosa que viene y pasa

    lo mismo que yo, sentado

    bajo el peral o la higuera

    con un libro a medias sobre la hierba

    persiguiendo este poema

    que se esconde y se muestra

    en la casi siesta de una tarde

    que repite, fiel, todas las tardes.

    La melancolía de las grúas

    Así como las veis ahora, aquí y allá

    solitarias, cabizbajas, tristes de tan quietas,

    cuesta creer que fueran en su día

    orgullosas torres de metal más preciosas que el oro.

     

    Hendían entonces los cielos con furia

    subiendo, trayendo, llevando y dejando,

    cual férreo brazo de un titán que desconociese

    la fatiga, la duda, el miedo o el arrepentimiento.

     

    Cuando dejaron de darles lo que comían

    —el cemento, las vigas, las maderas y el ladrillo—

    enfermaron de quietud y ensimismamiento

    palidecieron de orín y enmudecieron de pena.

     

    Como animales sorprendidos por un cataclismo

    fósiles apresurados reducidos a su esquema

    también podría mostraros yo en ellas

    la angustia reunida en un puñado de hierro.

    Los peces muertos

    Atónitos con los ojos abiertos

    sorprendidos en plena conversación

    exánimes en sus corazas y mallas

    como caballeros yacentes

    dan testimonio de la fugacidad del tiempo

    del valor del oxígeno y de la trascendencia

    de pequeños actos como morder el anzuelo

    o recoger el carrete.

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