No os traigo

el pan nuestro de cada día,

ni nada útil fabrico

con mis pequeñas manos.

Muchas veces sobrevivo

como hacéis vosotros,

pero eso nunca fue motivo

de unión duradera entre los hombres.

Siempre pudo más el olvido,

los asuntos del ego.

Fieles y dóciles como rebaños,

sustentadores de banales creencias,

las calles infectan con su monótono eco,

el hedor de su filosofía a mercadería barata.

Hermanos de las moscas y demás seres inofensivos,

nobles y amigables, honorables y santos,

en bailes de disfraces y fiestas de carnavales

narcotizados por músicas de olvido

mírales resguardados, mírales bien:

su dardo envenenado ocultan, disfrazados de bondad,

para lanzarlo con su cobarde miedo al extraño,

aquel que les recuerda su bajeza, su sumisa competencia.

He sembrado de sorpresas tu día y tu noche,

de novedad tu rutina, de evocaciones la ausencia,

de imaginación estratégica tu horario laboral,

de disciplina ociosa mi tiempo,

de materia el recuerdo, de olvidos el olvido.

He dejado mis huellas en tu camino,

visitado tus espacios, decorado tus cajones,

eliminado la soledad de tu buzón,

degustado una excusa con olor a café.

He canjeado billetes por ilusiones,

amor por objetos y comida por regalos,

transformado a un camarero en Cupido,

a un miércoles en domingo.

Presente e invisible, he urdido la trama

con la milimétrica fidelidad de la mentira

y la labor incansable de la vanidad.

Vigilante, expectante, agazapado, paciente,

te he inoculado el aguijón de la conquista,

la sublime droga del imprevisible detalle.

He llegado hasta el final, tu cama, y al final, tú,

y estoy leyéndote. He recogido la cosecha.

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