Que sola está la dehesa

La senda que lleva cada mañana a la dehesa, esta escarchada y blanca, retorcida en la ladera como siempre, más estrecha y más dura sobre las aristas de cantera que asoman y cortan hace siglos.

Ni  una sola pisada ni huella que atestigüe el tránsito de otro ser vivo durante la noche anterior, otra vez virgen como cada día, otra vez sencillamente  abandonada, porque su único fin es llevar silenciosamente a la dehesa.

El viento que baja de recorrer el páramo a sus anchas, y hacerse bravo y valiente, porque ningún obstáculo le planta cara, ni lo detiene. Aquí, en la dehesa silba, ulula y chilla, entre las cárcavas donde anida el búho, por la copa de los quejigos y los chaparros, se queja y se estrella contra las laderas y las lomas que atraviesa, buscando un mástil y una bandera de una patria que aquí no existe, para desgarrar. Y seguir el viaje en la mañana, hasta dar dulcemente en la mejilla de los colegiales antes de entrar en la escuela, en la mejilla de una mujer, y ascender después hasta las antenas de los teléfonos que mandaran mensajes de amor de ellas a ellos, de ellos a ellas, de todos a todos, sin que nadie sepa que el mismo viento que se afila en las cornisas de los edificios, antes se hizo fiero en el páramo,  manso en la dehesa y dulce en la carita de los niños. Y quien sabe si buscara algún puerto, de espuma y veleros, y se hará a la mar y buscara la proa o la popa de algún buque o fragata, o más allá todavía, otra bandera que desgarrar en otra frontera y volver a acariciar la carita infantil de otro color.

A la mitad del día, cuando el sol alcanza la cúspide, y el humo de los tejados lejanos sale a su búsqueda con parsimonia, la dehesa tiene sabores viejos, a queso, tajadas y vino en bota, a lumbre de leña, piñas y cuchillo.

Las grullas, pasaron antes de las escarchas, dibujando uves y cordones de ruido y bullicio inconfundible, hacia otra tierra, hacia otros parajes, con otras gentes, con otras culturas. Y como el viento, tampoco preguntaron cuál era el color de la bandera, ni el color de las gentes.

El águila atraviesa la dehesa de parte a parte, buscando, escudriñando con los ojos y acechando con las garras desde lo más alto. Como el día que cayó desde arriba, sin que nada ni nadie la viese en lo alto, y al poco, ascendía en círculos pesados, con un zorrillo osado, que se retorcía en el aire, y despiadadamente, lo dejo caer cuando estaba tan alto que en un parpadeo acabo la escena, cruel y cotidiana en los campos.

Los colores, austeros, usados, donde se camuflan unos entre otros, y casan como piezas de puzzle, sin que nada resalte entre las demás cosas. Ni siquiera el color rojo de las bayas del escaramujo destacan sobre nada y parece que estuvieron ahí siempre, decorando en cada otoño. Y cuando la tarde avanza, todo desde lejos parece que tiene color de aceite, claro primero, más oscuro después, y al final, color de vino cubre todo, oscuro.

Y otra vez en la misma senda, con el mismo silencio, volviendo la vista hacia atrás por última vez, con la luna del color de los colmillos, y con una ráfaga helada de viento afilado en la cara, que recorrerá una vez más el páramo y toda la dehesa y seguirá su viaje dando la vuelta al mundo  y volviendo en otra época o en otra estación para susurrar otra vez como ahora, “la dehesa no está sola, tu eres el que ha estado solo.”

La bandera del mundo

Tengo recuerdos de mi infancia,

diminuta, casi inexistente.

En tierras de  castilla eterna,

que da nombre a la lengua del mundo.

Donde la ropa limpia, inmaculada,

ondea, al sol sobre un prado verde.

Crecí, y seguí viendo, la ropa siempre,

tendida al sol y al viento en otra tierra.

Viajé al sur y encontré  ropa  lavada,

de las gentes, de otro color y otros ojos.

Viajé al norte y la ropa del hombre,

también se seca, colgada al sol.

Recorrí el mundo, y hallé siempre,

la segunda piel, tejida, del ser humano.

Extendida, como el hombre de vitruvio,

ondeando, al viento que rodea el orbe,

sin preguntar a quien seca.

Libre al sol, que da la vuelta al planeta,

sin preguntar a quien calienta,

secando las banderas recién lavadas,

sin mástil, sin patria y sin tierra,

La ropa que cubre a los humanos.

Esa es la bandera del mundo.

Tiende sin vergüenza, tú ropa al sol,

y ondeara en tu casa la bandera universal.

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